Novedades en la categoría Sueños

Nocturnos

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Llevaba años frente a una puerta. Yo deseaba cruzarla pero estaba prohibido. Eso pensaba. Un día descubría que era tan sólo mi deseo de entrar lo que me asustaba de ella.

Nocturnos (III)

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Estaba en el campo. Había dejado atrás el salón de actos donde un momento antes celebraba mi graduación. No corría brisa y hacía un día soleado. Pero yo incendiaba una pila de heno.

Nocturnos (II)

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Estaba en una plaza del centro de la ciudad. Alguien soltaba centenares de globos azules, blancos y rojos. Miles de ellos. Yo me había parado en mitad de la calle para verlos subir. Los globos se juntaban y volaban hacia arriba y poco a poco se iban transformando en un rascacielos. Uno con los colores de la bandera francesa. 

Nocturnos (I)

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Esperaba mi turno en una comisaría llena de gente. Estaba sentado en un banco de hormigón y a mis pies tenía una maleta oscura. Una familia se había colocado a mi lado y me daba cuenta el hijo adolescente llevaba una maleta parecida a la mía. La familia venía de un largo viaje y, al levantarse, corría yo hacia el hijo adolescente porque sospechaba que había cogido mi maleta en vez de la suya. Pero él miraba ambas y decía: “es imposible. Tú maleta es más pequeña y, además, está vacía”.

La voz de Holden Caufield

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Hace unos días soñé que era una voz. La voz de Holden Caufield; ya saben, el protagonista de El guardián entre el centeno. No es que soñase que hablaba como él, sino simplemente que era su voz. Umbral decía en Mortal y Rosa que todas las mañanas, al despertar, le dolía el ojo derecho "pues la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Bueno, pues algo parecido. Hay palabras, hay frases y hay voces que te atraviesan como un cuchillo y se te quedan colgando de un hilacho de un cuerpo. Nunca te deshaces del todo de ellas. Beckett, por ejemplo. La primera vez que lees a Beckett te quedas raro. Sí, raro. Porque no sabes qué coño es eso que has leído y que no eres capaz de olvidarlo ni siquiera en el autobús. Si lees a Beckett prepárate para llevarlo a todas partes.

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Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.

(El guardían entre el centeno; 1945; J.D. Salinger; Traducción de Carmen Criado; Alianza editorial)
 



¡El pez, el pez!

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