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Hace años que no se convocan oposiciones a fareros.
Según parece, ya no se necesita a una persona para mover la bombillita de la luz o lo que sea. Claro. Ahora la luz la arroja una máquina que va repitiendo el mismo movimiento una y otra vez con una exactitud de péndulo. Tal y como está el panorama, es incluso posible que la maquinita ésta de las narices sea controlada desde una rectángulo sin ventanas llamado oficina. Con un poco de suerte podría ser supervisada por uno de esos seres humanos que no se pierden un capítulo de Gran Hermano.
Honestamente: a mí, todo esto, me jode un poco. No es tanto una cuestión de romanticismo o de cachondeo -bueno, aquí tal vez mienta-. Es simplemente que tengo un tío que siempre ha soñado con vivir en un faro. Me lo contó durante un café. Me dijo que ése era su sueño. La gente desea descapotables pero mi tío -al que quiero tanto- sueña, simplemente, con vivir en un faro. Allí sería bien feliz.
Así que oigo hablar de la extinción de los faros y no puedo evitar acordarme de él.
Y de esta cita de Guillaume de Poitiers, que aprovecho para colar: "El Paraíso Perdido nunca estuvo atrás. Quedó adelante"
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