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La vida es sueño

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Esta vida es sueño:

Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; (...) sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.

Qué serenidad se siente cuando uno advierte, sorprendido, que después de unos años de búsqueda personal, ha llegado a ese grado de lucidez desde el que se comprende que la vida es absurda y desordenada. Qué serenidad. Cuando uno deja de buscarle a la vida un sentido o una finalidad y, por lo tanto, acepta que le sea arrancado lo que más quiere y acepta que las cosas empiecen y acaben sin más razón de ser que ellas mismas. Entonces las cosas se aman mientras duran y se aman en su fugacidad. Se mira el dolor con otra perspectiva. Uno aprende incluso a vivir sin angustia ni desesperanza el dolor porque sabe que el dolor es vida.

Estoy enamorado de esta vida sueño. Y como estoy enamorado de ella, me siento posibilidad pura, construcción, ser-en-marcha. Me siento vivo. Y feliz. He llegado a un lugar desde el que, incluso en el tormento, puedo llegar a ser feliz.

¿Dónde?

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En la literatura, como en el amor, no cabe el término medio.
O se escribe y se ama con locura; o no se escribe y no se ama.
Quiero más vida. 
Más vida.
¿Dónde?

Tarjetas de visita

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De mi antiguo trabajo aún conservo las tarjetas de visita. Recuerdo ahora que un amigo dijo que en toda las casas hay algo que falta. Y es cierto. He cambiado varias veces de casa en los últimos años pero en todas ellas hay algo que dejé sin hacer. En una casa me olvidé de colocar mi nombre en el buzón (quería irme de allí pronto; odiaba aquella casa). En otra dejé al descubierto un par de cables que colgaba por encima de una puerta y que me había prometido ocultar. En la penúltima jamás compré el televisor. Y en la que hoy vivo llevo un par de meses sin lámparas. Lo curioso es que por alguna razón uno sabe que jamás va a hacer eso que se ha prometido. Sabe que antes se va a largar del lugar. Cuando me hice las tarjetas de visita en aquel trabajo, en el fondo sabía que pronto iba a abandonarlo. Pero, en fin, me hacía ilusión aquello de tener tarjetas de visita. Vaya. Tarjetas de visita. Soy yo el que aparece ahí. Sí. Soy yo. Hoy todavía guardo esos dos paquetes llenos de tarjetas. Nuevos los dos, todavía. Conservo cientos de tarjetas. Era un trabajo que, de seguir adelante, hubiera convertido la escritura en una simple afición. En un recreo. En una actividad de tiempo libre. Hoy utilizo todas esas tarjetas como marcapáginas y como papel donde apuntar las palabras que, cuando leo un libro, me llaman la atención. O para apuntar aquellas palabras que no sé qué diablos significan y que quiero buscar en el diccionario. Ahora son las doce de la noche. Cojo una tarjeta, en una cara leo mi nombre y en el reverso encuentro unas palabras que todavía desconozco. Y doy gracias.

Arthur Machen

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Este sábado visité la casa de mis padres. La visito de costumbre así que para mí no supone novedad alguna. Este sábado, sin embargo, entré, con la luz apagada, en la que había sid mi habitación de adolescente  y me dí de bruces, de pronto, con un montón de recuerdos. Me vino a la memoria la habitación tal y como había estado decoradada durante años. Ella ahora es el despacho de mi padre pero yo fui capaz de acordarme (con un grado de detalle que ignoraba) de donde tenía colocados la minicadena, los libros y la televisión. Me acordé de las voces del bar de abajo que llegaban hasta la habitación , cuando dejaba la ventana abierta, y de ese olor que tienen las noches en verano. Me acordaba de eso que no se puede fotografiar, ni grabar, ni escribir.  Y de pronto me vi tumbrado en la cama. Me vi todo el tiempo que estuve escayolado, de cuerpo entero, cuando tuve aquel accidente de coche. Y tiré del hilo con fuerza, tiré con fuerza de todos los deseos y miedos que atravesaron todos esos años, y llegué hasta ese sábado.

La adolescencia, o la juventud, dijo Umbral, es una divina vulgaridad. La adolescencia es una aurora, sí, pero también una herida. Hay una dolorosa frustración en esa apertura al mundo que es la adolescencia. Hay un deseo irreprimible, pero imposible de satisfacer, de alcanzar una vida más auténtica. ¿Pero de dónde viene esa idea de una vida más auténtica? Lo ignoro. Sé tan sólo que en mi caso la certeza de que hay una vida que todavía no he alcanzado ha sido y es tan real como la vibración que deja un miembro mutilado. Unos dirán que viene de los orígenes. Algunos psicoanalisistas dirán que el deseo tiene por condición la pérdida y que, por lo tanto, ese deseo tuvo que gozarse en ese tiempo mítico que fue el vientre materno ―ese paraíso perdido― y, así, remitirán a lo umbilical. Yo pienso, con Guillaume de Poitiers, que el paraíso perdido nunca estuvo atrás sino que quedó adelante. Hoy quería escribir de esa violencia sorda que tiene lo ausente. Lo mutilado. Sobre esa sombra de nostalgia que llega a la mirada adulta, cuando nos llenamos de la peor realidad, la realidad más real, como si la hubiésemos metido en un bote de pintura.

Y no he encontrado mejor forma que copiar un maravilloso fragmento de "Un fragmento de vida", de Arthur Machen.

Espero que os guste.

"Así, día tras día, seguía [Darnell] viviendo en ese mundo gris y fantasmal, análogo a la muerte, que de algún modo ha conseguido que le llamemos vida la mayoría de nosotros. A Darnell la verdadera vida le habría parecido una locura y cuando, alguna vez, vagas imágenes y sombras de su esplendor se cruzaban por su camino, él se asustaba y se refugiaba, como él mismo habría dicho, en la sensata "realidad" de los incidentes e intereses comunes y usuales. El absurdo resultaba tal vez más llamativo, porque, en su caso, la "realidad era cosa de cocinas y de ahorrar unos pocos chelines; pero la verdad es que el disparate habría mayor si hubiera tenidoque ver con cuadras de carreras, yates de vapor y muchos miles de libras.

Pero así seguía Darnell un día tras otro, tomando la muerte por vida, la locura por cordura y a fantasmas vagos y errabundos por seres reales. Estaba sinceramente persuadido de que él era un empleado de la City que vivía en Sheperd´s Bush. Y había olvidado los misterios y esplendores del reino que era suyo por legítima herencia".

Pequeños rituales

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Tengo una manía que, de tan ridícula, he acabado enamorándome de ella. Consiste en escoger los libros que me llevo a la cama cuando llega la noche. Tardo, sin exagerar, unos quince minutos en hacerlo. Y debe de ser que soy de natural optimista porque siempre acabo con bastantes entre las manos. O tal vez es que tengo una especie de miedo a que me falten de repente. Sea por lo que sea, acabo siempre con uno de poesía (esta noche, Rilke), con uno de pensamiento (esta noche, Northon Frye), un par de libros de cuentos porque siempre ha de haber antes de dormir (esta noche, Felisberto y Matute) y una novela por si me da por ahí (esta noche, Dickens). Lo más normal es que la cabeza no me dé más que para echar un vistazo a la mitad, y que a partir de la media hora los párpados empiecen a coger peso y caer, pero por alguna razón, noche tras noche, vuelvo a la cama con una buena montaña de libros. Como que me duermo más a gusto sabiendo que los tengo al lado. No sé si la lectura, como dicen, te hace más culto, más libre, o más qué se yo. A mí todo eso me da igual. Me he dado cuenta dado de que todo es tan fácil y misterioso como que los libros tienen que ver, de un modo que todavía desconozco, con mi propia identidad. No sé quién sería yo sin ellos.

Incendios

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De incendio en incendio. Ése fue mi padre. Una mecánica de arder.
En el verano del 74 se inscribió en un cuerpo voluntario de bomberos. Era un cuerpo que organizaba el ayuntamiento para ocupar a los desempleados de la zona. Se encargaban de inspeccionar los bosques de la sierra por turnos.
Ese verano ni siquiera fuimos de vacaciones. A mi padre se le encendían los ojos en cuanto hablaba de los incendios que se iban a producir.
―Nos han dicho que vamos a hacer falta ―comentaba.
Pero que yo recuerde aquél fue el único verano sin incendios. No hubo uno solo. En la radio dijeron que era algo excepcional y, poco a poco, mi padre empezó a saltarse algunos turnos.
Así que un año después enviaron una carta a casa para decirle que había sido expulsado. Fue el año que llegaron juntos todos los incendios. Parecía que la tierra se había puesto de acuerdo para arder. Recuerdo que una madrugada íbamos en coche y a la vuelta de una curva nos encontramos con uno. El incendio estaba en el costado de una montaña cuyos bordes, a causa de la oscuridad, apenas se distinguían del cielo. Era tan pequeño y estaba todo tan negro que allí solo parecía una llamada de auxilio.
―¿Quieres echar un vistazo? ―me preguntó.
Salimos del coche y nos quedamos unos minutos a contemplarlo. Me hubiera gustado escuchar el ruido que hace un incendio pero aquel estaba demasiado lejos. No corría viento. Era algo así como ver arder la propia oscuridad.
―Ponle un nombre ―dijo de repente mi padre.  Las llamas se le reflejaron en los ojos.
―¿Qué?
―Ponle un nombre.
No respondí.
Pero a aquel incendio le puse el nombre de mi padre.
Tardaron varios días en apagarlo.

Ahorremos algo de papel

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Debiéramos repartir la estupidez con menos prodigalidad. Lo digo en serio. Tanta estupidez acaba por cansar. Como que ya tenemos bastante con nuestra estupidez propia para encima tener que cargar con la estupidez de otros. 

Ojito al parche. Entrevista de un "periodista" de Quimera a una "escritora" premiada con el Josep Pla (iba a omitir el nombre, pero no me da la gana: se llama Llucia Ramis y su novela se titula "Egosurfing", denominación que no sé qué iluminado ha inventado para referirse a esa actividad consistente en teclear tu nombre en el google para ver cuánto de famoso eres; fascinante).

- Periodista:

De la "generación IKEA" al egosurfing. ¿los treintañeros empiezan a tener conciencia de sí mismos?"

- Entrevista:

Empezamos a tener conciencia de nosotros mismos desde pequeños. También descubrimos de pequeños que debemos llamar la atención para que nos hagan caso. Internet es un escaparate donde se exponen las vanidades de quienes quieren provocar una reacción. La busqueda de uno mismo a través del reconocimiento en algo es nuevo, al contrario. Nos vendemos constantemente, y la Red es una desmotración explícita de ello. Somos muy infantiles y estamos orgullosos. Nos tomamos en serio, sin embargo, hacemos un montón de tonterías".

Efectivamente, la entrevistada dice un montón de tonterías. Tonterías decimos todos,  claro, yo el primero, pero me preocupa que los profesionales del discurso público sean casi tan prolíficos en estupideces como yo. Y también me sorprende que repartan su cuota de estupidez con tanta generosidad. Que no se sorprendan.

¿Pero no se debieran caracterizar los periodistas por una mirada algo sútil en vez de valerse en sus entrevistas de tópicos? (ahora el tópico es, ya digo, lo de egosurfing; de repente somos toda una generación de "egosurfings", y si no la somos, pues da igual, que decir en el periódico que los treinteañeros son "egosurfings" queda de lo más espontáneo -otro término sería pedante-)

Pero sobre todo me preocupa lo de la escritora. Reconozco que debe de ser difícil contestar a una pregunta así, pero la respuesta no tiene desperdicio. ¿A nadie más que a mí le llena de irritación que un escritora, profesión a la que se supone una profunda sensibilidad y conocimiento de la psicología y sociedad, describa a todos los treinteañeros como muy infantiles y orgullosos. ¿Ha realizado algún tipo de estudio sociológico? ¿ha preguntado a varios amigos y de ahí ha sacado la conclusión? ¿La ha sacado de los Gran Hermanos y las Operaciones Triunfos? A mí, (y a un par de amigos a los que he preguntado) desde luego, no me ha preguntado y, si me lo permite, la entrevista, le diré que ni soy infantil, ni estoy orgulloso. No me siento orgulloso ni de ella ni de mí mismo. Más bien lo contrario.

Mal vamos si los escritores premiados en nuestro país, lejos de destruir los tópicos y los prejuicios, enemigos mortales de la literatura, se sirven de ellos.  Entonces sí que nos quedamos sin literatura. O, peor, nos quedamos con un sucedáneo que se hace "pasar por". Lo dicho. Que estupideces decimos todos pero, por favor, seamos menos generosos. Quedémos con un poco de estupidez en casa. Ahorremos algo papel.

Reflexiones al calor de un agujero

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Los agujeros son mamíferos a los que les cuesta separarse. Hay que ver. La cantidad de agujeros que tenemos alrededor. Todos los seres con una existencia difícil tienen agujeros. Las lavadoras. Los neumáticos. Los huracanes. Todos estos seres no pueden vivir sin su correspondiente agujero. Hasta los culos tienen agujero. ¿Y qué coño es un agujero? Pues eso: un agujero. Nada. Ni una cosa ni otra.  Hay que joderse. Lo leales que son los agujeros. 

El jaguar

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Le regalaron un jaguar. A mi padre. Recuerdo que la noche anterior, de la emoción, ni siquiera pudo dormir. Estuvo toda la noche limpiando la cochera. Se frotaba las manos sólo de imaginar allí dentro al jaguar. A la mañana siguiente lo encontramos con su traje de los domingos. Estaba en la puerta de casa. Esperando. Nos dio tanta lástima cuando vimos llegar por fin al jaguar. Por no tener, aquél animalito no tenía ni dientes.

Con el hocico torcido

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Gogol: "No culpes al espejo si tienes el hocico torcido".
Vaya. Pues apañados estamos.
(Manifesto mi profundo hastío: ahora me toca mirar dentro)

¿Qué queremos?

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En la fachada del patio maravillas está escrito: "Queremos el cielo".
Me gusta pasar por ahí.

El ídolo

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En uno de esos viajes que nuestros padres solían hacer al corazón de África, a lo más profundo de la selva, a papá le ofrecieron cambiar un tótem africano por mamá. Y, por supuesto, aceptó. Papá puso el tótem en el centro del salón y desde entonces tenemos la costumbre de hacer sacrificios. A los pies del tótem han ardido todos nuestros juguetes y varios gatos. ¿Qué será lo siguiente que ordene? Los siete hermanos comenzamos a sospechar que el tótem desea ver cómo enterramos a papá durante una semana.

Teoría del término medio

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El término medio me deprime. Hay a quien le deprimen los días nublados y hay a quien le deprime la televisión; a mí lo que me deprime (en el sentido de que me desgana) es eso que llamamos el término medio. Cuando alguien me dice: "hombre, ni tanto ni tan calvo" o, más claramente, "tenéis razón los dos" (lo que es imposible de pura lógica),  a mí todo eso me suena a mediocridad rampante y consciente, es decir: "tú al medio, que ahí pasas desapercibido".

El término medio es como esas conversaciones sobre el mal tiempo que mantenemos con un vecino en el ascensor. De tan fácil y tan a mano que viene para solucionar cualquier conflicto, del tipo que sea, suena a verdad y todo. Qué gran invento el término medio. ¿Que te viene un amigo a contarte que ha discutido con la mujer porque a uno le gusta la ensalada con aceite y a la otra con vinagre? Nada. Tú al término medio. Echadle un poco de cada cosa y ya está.

Pero es que una cosa es enriquecer la mirada, ser conscientes de los matices que tenemos todos, y otra bien distinta es no querer mojarse y no atreverse a comprometerse  con lo que uno dice. Yo me echo a dudar cuando le cuento a alguien un problema y me aconseja que encuentre el término medio. Ya está, pienso, acaba de soltarme la solución comodín: el término medio y a tomar por culo.

Y entonces me acuerdo de René Char: "lo que viene al mundo para no trastornar nada, no merece ni consideración ni paciencia"; o de Juan Larrea: "En lealtad sólo hay un modo de ser, el de la pasión".


Gasto, luego existo.

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Hace unas semanas fui a la Casa del Libro a comprar un ensayo sobre Proust. La vendedora me preguntó si podía deletrear el nombre de tan desconocido autor. Y luego, viendo en catálogo que el libro que pedía estaba agotado, me respondió que era un libro demasiado antiguo. La fecha de edición era de 1987.

Cada tres o cuatro días recibo un mensaje de texto de Orange. Me informan del número de puntos de que dispongo para renovar mi teléfono. El móvil lo adquirí con ellos, así que la compañía sabe que tiene menos de un año y medio. Se trata, según deduzco de sus llamadas, de un teléfono excesivamente antiguo que ya necesito renovar.

Han tirado abajo muchas aceras de Madrid. Después de una semana de obras, en lo que viene a ser una especie de cirugía estética del espacio urbano, es fácil darse cuenta de que lo único que han hecho es sustituir un pavimento que se conservaba bien por otro más nuevo. Han tirado abajo la Plaza de Callao pero, como en la Plaza de Luna, o en la plaza de Jacinto Benavente, no han puesto, ni creo que el alcalde tenga previsto poner, un banco donde sentarse. Al contrario, hay colocadas en los maceteros de los árboles unas pequeñas verjas para evitar que la gente se siente.

Todo esto viene a cuento de que ayer terminé de leer “Mentira romántica y verdad novelesca”, de René Girard. Dice Girard que el sujeto moderno ha renunciado a la prerrogativa de escoger su objeto de deseo. Nuestro deseo se encuentra mediado por el Otro. Pero es un tipo de mediación, la de hoy, además, interna. Es decir, que donde antes había una persona a la que se admiraba conscientemente, una persona que mediaba externamente en la elección de nuestros deseos, existiendo la posibilidad de renunciar a esa admiración y sustituirla por otra, hoy nuestros deseos son mediados internamente por el Otro sin que nosotros mismos seamos o queramos ser conscientes de ellos. Nos creemos libres y espontáneos y, al contrario, nuestros deseos en estas sociedades libres y democráticas se encuentran más condicionados que nunca.

Y qué mejor herramienta de mediación, hoy, que la publicidad. Se dice en “De la miseria en el medio publicitario”: el poder publicitario no pasa por la ley y la prohibición, sino por el modelo y la incitación. Influenciar a alguien es hacerle hacer algo de tal modo que tenga la impresión de hacerlo espontáneamente. Y es cierto. Qué duda cabe que, llamada tras llamada, uno cada vez se va convenciendo de que el teléfono que tiene es algo antiguo. El día que cambie de teléfono, lo haré convencido de que es una decisión espontánea y libre. Para Stendhal todo esto no era más que la vanidad del hombre moderno. Venía a decir: para que un vanidoso desee un objeto basta con convencerle de que este objeto es deseado por un tercero que tenga, a sus ojos prestigio.

Hace aproximadamente un año asistí a una reunión de trabajo en la que varias empresas nos presentaban a nosotros, funcionarios públicos, cómo debía funcionar la administración pública del siglo XXI. Cuando escuché que describían al hombre del siglo XXI como el “hombre consumidor”, me entraron náuseas y  me marché y hoy, cuando cierro las páginas de “De la miseria en el medio publicitario”, me quedo con las dos siguientes frases: “gasto, luego existo. Hoy las marcas se han convertido en vectores de identificación. Comprar un producto es comprar una identidad, tanto más, sin duda, que una utilidad”. Que quien compra unas zapatilla Nike compra algo más que unas zapatillas, de eso no cabe duda.

Pero, honestamente: tenemos que estar llenos de miedo, y sentir un asco inimaginable por nosotros mismos, para haber llegado hasta este extremo.

El título de la entrada está cogido del subtítulo de un periódico francés de principios de s. XX

Obras citadas:
1.Mentira romántica y verdad novelesca; René Girard; ed. Anagrama; 1985
2.De la miseria humana en el medio publicitario; Grupo Marcuse; Ed. Melusina; 2006



Ahora es de noche

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Termina el día. Ahora es de noche. Mi cabeza descansa sobre la almohada.Termina el día y cierro los ojos y trato de localizarme en la oscuridad. Primero trato de encontrarme dentro del cuerpo. Noto como el cansancio lo invade poco a poco. ¿Pero soy yo ese cansancio? ¿estoy realmente ahí? ¿En qué lugar exacto de mi cuerpo estoy? Tengo la sensación de que más bien he encontrado la inercia y la mecánica de una carne en la que reposo. Termina el día y entonces hago un breve repaso de lo hecho: las lecturas, algunos fragmentos de conversación, el trabajo. Todo ese fervor por el hacer. Es de noche, sí, y trato de figurarme en todas esas tareas.  Y entonces dudo: ¿Estaba yo en esas conversaciones que he mantenido? ¿He sido yo realmente el que disfrutaba con esas lecturas? ¿El del trabajo, acaso soy yo? ¿Estoy yo en esa conciencia que me piensa? Termina el día y, a decir verdad, no tengo ninguna seguridad de que hubiera alguien real en ese lugar en el que el suelo creerme.Termina el día -y ya son 28 años- y aún sigo sin saber qué deseo, qué necesito, quién soy y, sobre todo, dónde estoy.

Quinto con azotea

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Mi hermano me ha llamado para decirme que llegará tarde al cine. Según parece, a la escalera de su casa le ha dado por cambiar otra vez de sentido. Los escalones han vuelto a aparecer del revés. O baja por el techo -cosa harto improbable para un tipo gordo como mi hermano-, o nos quedamos, como tantos otros viernes, sin la película.

Hay escaleras que merecen ser plegadas a martillazos.

Ahí estoy

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Ahí estoy:
En el peso lento
de la pérdida.

En el alimento
del ruido.

En los vértices.

No hay nada.
Tan solo vibración
de lo ausente.

arder

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De incendio en incendio

ése soy yo

Una mecánica de arder

El espacio

entre dos ideas

Las grandes palabras

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Ahí tenemos a Joyce. Que dice, en el Ulises, por boca de Stephen: "me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices. Se fueron los grandes pero quedaron las grandes palabras". Eso Joyce. Proust, por su parte, a propósito de Madame Bovary, escribe "Seamos, pues, vulgares en la elección del asunto, dado que al elección de un asunto demasiado grande es una impertinencia para el lector del siglo XIX". Y luego tenemos Auschwitch. Ya se sabe. Adorno dixit. "No hay poesía después de Auschwitch".

Entonces, ¿qué nos queda?

Nos queda Richard Ford. Su relato "Great Falls".

¡El pez, el pez!

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