Mi marido tiene insomnio. Eso dice el médico. Dice que tengo que ayudarle. Y te lo dice con una serenidad y un buen corazón que te entran ganas, como poco, de estrangularle allí mismo. Porque lo que no comprende el señor-médico es que, aunque mi marido tiene insomnio, a mí, en realidad, lo que me preocupa es su afición a los programas de televenta. Estos programas en que un par de chicas jóvenes y con el vientre liso te anuncian un juego de cuchillos inoxidables. Mi marido se pasa las horas, con los ojos como platos, tragándose uno tras otro. Se los sabe de memoria. Y, claro, a veces, pues compra. Qué se yo. Compra una plancha de última generación o uno de esos tostadores digitales. Y hasta ahí, vale. Le sigo la corriente. Utilizo la plancha, el tostador o lo que se precie. Porque aunque el médico no me crea, yo, a mi modo, intento ayudarle con esto del insomnio. O, por lo menos, lo intentaba. Porque lo que ahora ocurre es que ha sintonizado con la parábolica un programa de televenta de algún país árabe y se ha aficionado a comprar cosas de allá. ¿Qué cosas? Pregunta el médico. Pues cosas, hijo mío, como un tablón de clavos. Uno de esos tablones que utilizan los faquires para impresionar a los
mirones. Con cerca de cuarenta clavos. Todos ellos más afilados
que una jeringuilla. Mi marido insiste en dormir sobre él pero en esto, de una vez, que lo ayude el médico.
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A las mujeres les entusiasman los paraguas. Qué buen corazón tienen los paraguas. Bajo la lluvia las mujeres caminan con una suavidad de mantequilla y se dejan cubrir los hombros porque tienen los huesos finos. No saben que está mal regalar algo de brisa y al mismo tiempo reconocer que sienten nostalgia de las playas.
Las corrientes dependen de las mujeres que se ponen carmín en los labios y por eso llueve a mares. En verano, en cambio, se olvidan de llenar la bañera y guardan los paraguas junto a los abrigos de invierno. Cuando se marchan las mujeres dejan en casa un olor a leche agria.
Algunas mujeres mueren en los rascacielos y los paraguas se culpan porque no pueden protegerlas de los cocodrilos que se ocultan en las ventanas.
Los agujeros son mamíferos a los que les cuesta separarse. Jamás el agujero de un bolsillo se deja caer en el agujero de una lavadora. Ni por asomo el agujero de un zapato permite que alguien lo cuele en el agujero de una cometa. Hay que ver. La cantidad de agujeros que hay alrededor. Todos los seres con una existencia difícil tienen huecos. Los hormigueros. Los huracanes. Las armas de fuego. Todos los agujeros del culo, sin excepción, tienen hueco. Cómo no, también un neumático. Un neumático se distingue de un bulto cualquiera por esa parte que no es ni neumático ni bulto. Que es el agujero. El agujero. ¿Y qué coño es un agujero? Pues eso, un agujero, nada, ni una cosa ni otra, una llamada de teléfono a mitad de noche, una madre sepultada, un beso no dado. Hay que joderse. Lo leales que son los agujeros. Ni por todo el dinero del mundo el hueco de una maleta se dejará incrustar en el hueco de un salvavidas.

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