La literatura y el mal. George Bataille realiza en este libro un recorrido por algunos de los autores que han abordado brillantemente el tema del Mal y, entre otros, como no podía ser de otra manera, Baudelaire. En línea con esa cita con la que comenzábamos este articulito, escribe Bataille: “esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una hipermoral”. Y luego, en un magnífico estudio de Cumbres Borrascosas (qué bello título, por cierto, no me había dado cuenta hasta ahora), señala que, mientras que el bien tiene que ver con el interés común, con el cálculo, con la duración, con el porvenir, el mal, el Mal con mayúsculas, es el “arrebato de pura embriaguez”, el puro presente, el goce, el impulso espontáneo de la infancia que arrastra a Heathcliff, el sexo que conjura la muerte, la libertad más radical.
Una persona que cumple irremediablemente con todas las normas no está viva. En psicoanálisis a esa gente se le conoce como normópatas. Claro. ¿Quién no siente cierta empatía con quien se sitúa fuera de la ley? (la hostilidad que a veces sentimos hacia un fuera de la ley tiene que ver mucho más con nuestra propia frustración por falta de atrevimiento). El mal es el signo del instante, dice Bataille, y escribo esto recordando “La pianista”, una grandiosa película de un tal Haneke (disculpen la ignorancia, lo conocí ayer) donde se habla valientemente de temas de los que no se suele hablar. Haneke habla de esa pulsión sádica que –a unos más, a otros menos- arrastra al ser humano, mal que nos pese. Habla de ese deseo de mal, de ese disfrute del mal por el mal. Haneke es una película que como Baudelaire, habla de verdad y no “como si”.


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