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Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.
Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.
-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.
Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.
Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.
Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.
(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)
La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
Olía a fresas de mayo y a sol azul.
Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.
(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)
“Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Lo dijo el propio Marcel Proust. Y creo que está en lo cierto. Como también lo está, nuevamente, Miller: “un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento”. Un artista debe transparentarse. Sí. Debe constituirse en instrumento del lenguaje. Porque las palabras tienen alma además de sentido. Lo escribió Maupassant con motivo de la muerte de su íntimo amigo Flaubert. Cito de memoria: las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, y algunos escritores, tan sólo le piden un sentido.
La voz de Proust. Yo una vez soñé con esa voz. Fue el verano pasado. Había empezado a leer por segunda vez Por el camino de Swann, llevaba todo el fin de semana echado en el silencio del sofá. Creo que soñé con la escena de los campanarios pero de eso ya no estoy seguro. Antes no tenía la sana costumbre de escribir mis sueños. Y ahora deseo creer que soñé realmente que yo era su voz. Que no era nada más que pura voz ardiendo en un espacio vacío.
Se sueña con la voz de un autor porque, como Umbral decía en Mortal y Rosa, por la mañana, al despertar, le duele a uno el ojo derecho. Y es que “la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Es cierto. La voz de Proust tarda en pasar al cerebro. Es una voz que se queda en la mirada. Uno lee a Proust y antes de asimilarlo, necesariamente lo lleva cuajado en el ojo una larga temporada. Yo todavía miro a mi alrededor, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, con esa pasión exploradora, con esa música y perfume que atraviesa En busca del tiempo perdido, tratando de desvelar en todos ellos a la feroz Madame Verdurin, al estúpido doctor Cottard o al querido Swann.
(Ernst Jünguer; Tempestades de acero; Tusquets editores; trad. de Andrés Sánchez Pascual)
"En mi opinión, las descripciones de la naturaleza deben ser muy breves y tener carácter intencionado. Hay que huir de los lugares comunes del tipo: "El sol poniente, bañándose en las olas del mar que oscurecía, inundaba todo de oro bermejo", etc.; "las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, chillaban alegremente". En las descripciones de la naturaleza hay que recurrir a los pequeños detalles, agrupándolos de manera que después de leerlos, cuando cierres los ojos, surja un cuadro. Por ejemplo, tendrás una noche de luna si escribes que en la presa de un molino brillaba como una estrella un trozo de vidrio de una botella rota y rodaba como un globo la sombra negra de un perro o de un lobo, etc. La naturaleza se animará si no desdeñas usar comparaciones de sus fenómenos con las acciones humanas, etc".Y hoy, justamente, andaba yo con Felisberto Hernández, cuando me he dado cuenta de que ese texto de Chéjov es la razón por la que la escritura de Felisberto me gusta tanto y me parece tan sensorial y tan plástica.
En el cuento de "El caballo perdido", Felisberto no se empeña en describir lo "oscura" que está la noche -como haría la inmensa mayoría de escritores mediocres- sino que habla de lo "blancas" que están las camisas de los vecinos a los que ve tomar el fresco:
"Cuando llegué a casa todavía se veían bajo los árboles torcidos y sin podar, las camisas blancas de vecinos que tomaban el fresco. Después de acostado y apagada la luz, daba gusto quejarse y ser pesimista, estirando lentamente el cuerpo entre sábanas más blancas que las camisas de los vecinos".E, igualmente, pienso que en ese texto de Chéjov se encuentra también la razón por la que los objetos en los cuentos de Felisberto cobran una vida extraña y enigmática -una vida que seguramente se acerque más a la verdadera vida-. Felisberto nos describe las cosas como si fuera la primera vez que las miramos, por eso siempre he pensado que su escritura tiene algo de infantil, de música infantil, todo lo cual me trae a la memoria a los formalistas rusos:
"La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el del extrañamiento de los objetos (...) El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado" (Víktor Shklovki)Y por eso, Felisberto, en vez de describir aburridamente a un árboles que están están plantados en torno a los alcorques, describe a los árboles como esos seres que salen, perseguidos por unas cuantas losas, y que calculan hasta dónde van a subir para saber cuánto peso podrán aguantar:
"Antes de llegar a la casa de Celina había tenido que doblar, todavía, por una calle más bien silenciosa. Y ya venía pensando en cruzar la calle hacia unos grandes árboles. Casi siempre interrumpía bruscamente eeste pensmaiento para ver si venía algún vehículo. En seguida miraba las copas de los árboles sabiendo, antes de entrar en su sombra, cómo eran sus troncos, cómo salían de unos grandes cuadrados de tierra a los que tímidamente se acercaban algunas losas. Al empezar, los troncos eran muy gruesos, ellos ya habrían calculado hasta dónde iban a subir y el peso que tendrían que aguantar, pues las copas estaban cargadísimas de hojas oscuras y grandes flores blancas que llenaban todo de un olor muy fuerte porque eran magnolias".Fin. ¿Me puse muy pedante?
Referencias:
1. Antón Chéjov: Consejos a un escritor; ed. Fuentetaja.
2. Felisberto Hernández: Cuentos reunidos; ed. Eterna Cadencia.
3. VVAA: Teorías literarias del siglo XX; Ed. Akal
Mortal y Rosa (Francisco Umbral)
Nueva Orleáns produce hombres como mi padre, o los producía: hombres que frecuentan un club, deportistas de raqueta, diestros marineros en días tranquilos, episcopalianos tolerantes y progresistas, con buena educación y modales innatos, pero con sus secretos. Esos hombres, cuando te los encuentras por la calle o en alguna cena en los barrios altos, parecen los tipos más increíbles que has visto en tu vida. Te entran ganas de llamarlos al día siguiente y quedar con ellos. Parece que desde siempre hubieras sabido que existían, que hubieran estado siempre presentes en la ciudad, pero que hasta entonces no hubieras visto a muchos, sólo alguno aquí y allá. Parecen exóticos, y tu corazón se ensancha al pensar en el inicio de una larga amistad y en que tu vida mundana va a dar un giro inesperado, y para bien. De modo que los llamas y te ves con ellos. Te vas a pescar con mosca delante de Pointe a la Hache. Organizas una cena y conoces a sus bellas esposas. Almorzáis juntos, con calma, en Antoine´s o en Commander´s y decidís repetir la experiencia cada semana de por vida. Sin embargo, al final de uno de sus almuerzos, notas algo raro. De pronto, surge un silenico, y vuestras miradas se encuentran de una manera que podría indicar una profunda complicidad humana a la que nunca deberás referirte. Pero lo que ves, de repente —y es algo tan repentino como fugaz— es a ese hombre lejos, muy lejos de ti, tan lejos, de hecho, que ni siquiera es capaz de calcular la distancia que os separa. Puede que haya una sonrisa en su cara. Puede que incluso acabe de hacer un comentario incisivo, agradable o halagador sobre ti. Pero entonces surge la conciencia de esa lejanía, de esa enorme lejanía, y sabes que no significas nada para él y que, probablemente, nunca volverás a verle, no vale la pena ni molestarse. O, si le ves por casualidad, cruzarás la calle sin esperar a llegar al paso de peatones, buscarás una salida en algún comedor abarrotado, te quedarás sentado más de lo que te apetece en el asiento de tu coche para darle tiempo a doblar la esquina o desaparecer en el mismísimo edificio que he mencionado antes. Le evitarás. Y no es que haya en él nada malo, nada desagradable o imperfecto. Nada sexual. Es sólo que sabes que no es para ti. Y que eso es todo. Es muy sencillo. Aunque es más complicado cuando el hombre en cuestión es tu padre.
¡Malditos hermanos Grimm! ¿Qué clase de monstruosa historia se atrevieron a contarnos cuando éramos niños? ¿Qué pretendían? ¿Llenarnos de angustia y de miedo hasta el día de nuestra muerte?
Albergo serias dudas sobre la versión que conocemos de Hansel y Gretel.
Vamos a ver, para empezar: ¿por qué el padre, si tanto quiere a sus hijos, se deja convencer por la madrastra? En serio: ¿es que un padre que adora a sus retoños, como trata de vendernos el cuento, es capaz de abandonarlos en el bosque simplemente porque su mujer se lo propone? Que una cosa es quedarse sin ver el partido del domingo para que la compañera no se enfade y otra bien distinta es abandonar a tus vástagos en un lugar lleno de lobos. Yo no me creo que haya nadie tan calzonazos. Además, vive en un bosque. Los bosques están llenos de animales. ¿Tan difícil es encontrar comida para cuatro? ¿Con tan poca habilidad se conduce un leñador en el bosque?
Lo más grave llega ahora. El muy veleta no sólo se deja convencer una vez sino dos. ¡Dos veces! La primera, vale, cuela, te puedes creer que el buen hombre se ha equivocado, se ha dejado convencer por la lengua de serpiente de su mujer, pero la segunda ¿qué? ¿Es que acaso la alegría que había mostrado cuando Hansel y Gretel encontraban la casa, gracias a lo de las migas de pan, era en realidad más falsa que un párrafo del Código da Vinci? El sujeto en cuestión los abraza y llora de alegría y poco tiempo después se vuelve a dejar convencer y les vuelve a abandonar. Hay que joderse. ¿Pero qué adulto se va a creer esto?
Por desgracia no termina ahí. Los niños acaban en la casa de aquella vieja bruja que pretende convertirlos en chocolate y devorarlos (esto vale por todos los litros de sangre que se derraman en los dibujos animados de hoy). Vale, supongamos que el padre no tiene nada que ver en todo esto. Que no tenía ninguna clase de trato con esa bruja. El cuento cuenta que los niños escapan, encuentran nuevamente su casa y todos contentos ¿Pero por qué? Porque llegan cargados de todo las piedras preciosas que le han robado a la pobre vieja. Vamos, que vuelven millonarios. El padre finge una alegría inmensa al verles pero ¿alguien tiene claro que se hubiera alegrado igualmente si sus hijos hubieran vuelto con las manos y los bolsillos vacíos? ¿No es lícito dudar de su honradez? Es más. Da la impresión de que en este punto del cuento falta un cacho. Sí, un cacho. De repente el padre cuenta que la madrastra ha muerto. ¿De qué? ¿Cuándo? Nadie sabe nada. Nadie cuenta nada. Da la impresión de que al padre se le acaba de ocurrir lo de su muerte. ¿No será que el padre, al ver de lejos a sus hijos aparecer con tanto dinero, ha llevado a su mujer a la parte de atrás de la casa para estrangularla y así no tener que compartir semejante fortuna? ¿No será que el padre mintió descaradamente cuando dijo que ella era madrastra? ¿No puede ser que era él el padrastro?
¡Ah, malditos hermanos Grimm! ¡Les arrancaría la piel a tiras!

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