Novedades en la categoría Ficción

Leer la mano

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En un día extraño, en el que el ayuntamiento-fama decide cambiar el sentido de la calle de tu casa, y repentinamente encuentras una fila de coches-cronopio en sentido contrario, uno a lo mejor siente necesidad de que lean su mano y adivinen el futuro: ¿volverá a cambiar el ayuntamiento el sentido de la calle? Aloysius Bertrand leyó lo siguiente:

El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de temperamento socarrón y procaz, que fuma delante de su puerta bajo el letro de la doble cerveza de marzo.

El índice es su mujer, una arpía seca como un bacalao que, desde que se levanta por la mañana no hace sino abofetear a su sirvienta, de la que está celosa, y acariciar la botella, de la que está enamorada.

El dedo corazón es el hijo, compañero mal desbastado, que sería soldado de no ser cervecero y que sería caballo de no ser hombre.

El dedo anular es la hija, ágil e irritante Zerbina, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros.

Y el dedo meñique es el benjamín de la familia, mocoso llorón que siempre va agarrado a la cintura de su madre, como un niño colgado del colmillo de una ogresa.

Los cinco dedos de la mano son el más mirífico alhelí de cinco hojas que jamás haya bordado los parterres de la noble ciudad de Haarlem.

Creo haber leído en algún lugar que este libro sirvió de inspiración a Baudeleire. Y no es de extrañar. Lean si no la poética que colgué hace unos días.

(Gaspard de la Nuit; Artemisa Ediciones; Aut: Aloysius Bertrand; Traducción de Maryse Privat y Fátima Sáinz)

¡Nadie sabe nada!

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-¡Nadie sabe nada! -dijo el carcelero, preparándose la última pipa de la noche-. Tú no sabes por qué tienes una vaca manchada, yo no sé por qué soy carcelero, la muchedumbre no sabe por qué pide pena de muerte y la tierra no sabe por qué da vueltas. -Y encendió su pipa, que fumó en silencio.

(Fragmento de "La vaca manchada"; Octave Mirbeau; Antología del Decandentismo; Traducción de Claudio Iglesias; Ed. Caja Negra)

El culo redondo de la prostituta

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Cada estilo artístico es, naturalmente, hijo de su tiempo y ciertas épocas, hombres o descubrimientos marcan un punto de inflexión a partir del cual ya no se puede escribir como si nada hubiera pasado. Freud, por ejemplo. No se puede escribir como si Freud no hubiera existido. Por eso se suele quedar vieja e ingenua ese tipo de literatura bestselleriana que ignora, por ejemplo, las pasiones egoístas y los cruelísimos impulsos que a menudo motivan hasta los actos que creemos más generosos (y es que, en general, solemos pensar que somos tipos de lo más geniales).

"En el espacio", de Jean Lorrain, se habla precisamente de uno de estos bellos puntos de inflexión. En este cuento o artículo, contenido en la "Antología del Decandentismo", en cuidada edición de Caja Negra, y con prólogo, selección y traducción de Claudio Iglesias (en definitiva, un libro altamente recomendable), y que os copio por puro disfrute egoísta (y porque es una manera de hacerlo mío) se transparenta con meridiana claridad esa atmósfera histérica de fin de siglo que se dio entre 1880 y 1900, el fin de la confianza en el progreso, el desdén y rabia contra la vida pequeño burguesa y, sobre todo, esa voluptuosidad en la caída (lo dijo Nietzsche muy claro: la decadencia no es la enfermedad sino el deseo de enfermedad).

Allá va. El texo arranca con un poema de Louis Le Cardonnel:

Arrancadas al aquellare loco de París,
Tomando vuelo desde lo alto de negras chimenea,
Allá lejos van las vírgenes, las rosas bajo el cielo blanco.

Así las ha cantado el poeta Louis Le Cardonnel, mientras, desde la otra ribera del río helado, donde sueña Notre-Dame en cuclillas, el París de los tugurios y de los burdeles responde al París de los bailes públicos y de los restaurantes de modo:



Sobreponiéndose a gritos y abucheos
El culo redondo de la prostituta
Brilla para ser visto.
Por los siglos venideros.

¡Modernidad, modernidad!

¿Modernidad? ¿Y a través de la una fantasmal y azulada, cuyo disco gigante agujerea un cielo en grisallas, se trasluce y gesticula una cabeza cortada?

Una cabeza cortada... Aun así hubo algunos osados que vincularon los nombres de Antoine Watteau y Adolphe Willette, osados al punto de comparar la sonrisa estirada de las marquesas del primero, su exquisita indiferencia de grandes damas veneradas, ahítas de homenajes y de galanterías insulsas, con el perfil rígido y el moderno cinismo de suburbio del segundo... Como si entre la melancolía a medias sentida ya medias afectada y la delicadeza de actitud de las peregrinas del Peregrinaje, entre estas payasadas tristes y el rictus nervioso, la mirada fija, los cabellos hirsutos, los contoneos locos y el torbellino de las faldas de las bailarinas del Requiem no mediara toda la fiebre y todo el aliento cadavérico de una civilización carcomida por la neurastenia, todos los estertores de locura de un fin de siglo histérico y hedonista, sediento de oro y de confort, pero a la vez exhausto de lasitud y vencido por la lujuria, cansado de la vida, pero con prisa por vivir, aterrorizado por la sola idea de la muerte.

En efecto, entre las dama pensativa, esbelta e indolente de Watteau y la pequeña montmartresa demacrada de Willete median todos los males enfermizos de nuestro tiempo: Saint-Lazare y la prostitución industrializada, Charcot y la Salpêtrière, Schopenhauer y el pesimismo.

Sin mañana (Vivant Denon)

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Maravilloso el principio de este relato, publicado en Francia en 1777, al que por ahora sólo he podido echar un vistazo a la primera frase (para Milan Kundera, la más bella de la prosa francesa). La traducción es de Anne-Hélène Suárez Girard y lo ha editado Atalanta.

"Amaba perdidamente a la condesa de...; yo tenía veinte años, y era ingenuo; ella me engañó, yo me enfadé, ella me abandonó. Yo era ingenuo, la añoré. Yo tenía veinte años, ella me perdonó; y como tenía veinte años, y era ingenuo, todavía engañado, pero aún no abandonado, me creía el amante más amado, por tanto el más feliz de todos los hombres"

Y hoy, ahora, unos días después, hoy y ahora, ahora que lo he leído, no puedo sino confirmar que, no sólo esa primera frase, sino el relato completo es una auténtico tesoro. Una pequeña obra maestra. Uno termina de leerlo y, como no acaba de creer la maravilla que acaba de encontrar -brilla demasiado-, dice: voy a leerlo otra vez, ¡seguro que no es tan bueno! Pero sí. Lo es. Y de hecho podría leerse una docena de veces más porque el relato crece con cada lectura. Porque "Sin mañana", además de ser un deleite en cada párrafo, deja en el cuerpo, al cerrar el libro, la sensación de haber asistido a un escritura única. "Sin mañana"  es como una de esas inolvidables noches de verano que uno vive sin ser consciente de su misterio hasta el momento de la despedida, cuando llega el mañana, el sol, los primeros rayos, y uno de pronto se da cuenta de que tardará tiempo en olvidar esas horas de errancia -acompañado, si es el caso- que acaba de vivir. Y es que así tienen que suceder las cosas. Ser consciente del misterio rompe de inmediato el hechizo de los momentos más intensos de nuestra vida. Cuando uno se pregunta por la vida constamente, no alcanza a vivir del todo.

No escribió mucho más Denon pero ¿y qué? Después de haber escrito un diamante como éste, ¿qué más da? Vivant Denon ardió en este cuento. Leánlo. Léanlo y opinen. Yo ardo con Denon. Envidio a Denon. Admiro a Denon.


A la sombra de las muchachas en flor (Proust)

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Pero si antes hizo juramento de que en cuanto no quisiera a la que entonces él no podía figurarse que sería su mujer le manifestaría implacablemente su indiferencia, sincera al fin, para vengar su orgullo, por tanto tiempo humillado, ahora esas represalias, que podrían efectuarse sin riesgo (porque ¿qué se le daba a él que Odette le cogiera la palabra y le privara de aquellos momentos de intimidad que antes le eran tan necesarios?), ya no le importaban nada: con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor. Y Swann, que cuando sufría por amor de Odette tanto habría deseado hacerle ver que se había enamorado de otra, ahora que podía llevar a logro su deseo tomaba mil precauciones para que su mujer no sospechara de su enamoramiento nuevo.

El sobrino de Wittgenstein (de Thomas Berhard)

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(...) Como el noventa por ciento de los hombres, en el fondo quiero estar siempre donde no estoy, allá de donde acabo de huir. Esa fatalidad ha empeorado en los últimos años en lugar de mejorar, y con intervalos cada vez más cortos voy a Viena y vuelvo otra vez a Nathal y desde Nathal a alguna otra ciudad, a Venecia a Roma, y otra de vuelta, a Praga y otra vez de vuelta. Y la verdad es que sólo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz, sólo en el auto y en el viaje soy feliz, soy el más infeliz de los recién llegados que puede imaginarse, llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Soy una de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que van. Hace sólo unos años creía que esa fatalidad enfermiza tendría que conducirme muy pronto, forzosamente, a una locura total, pero no me ha llevado a esa locura total, me ha guardado realmente de esa locura total, de la que durante toda mi vida he tenido el mayor miedo.

(Traducción de Miguel Sáenz; Editorial Anagrama; 1982)

El brigadier y la viuda del golf

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Leí los relatos de Cheever hace dos o tres años. Acababa de alquilar un ático con mi pareja de entonces y recuerdo haber leído los dos tomos sobre una tumbona más bien cutre, al aire libre, y con los pies descalzos sobre una áspera alfombra de césped artificial que habíamos comprado. Ah, y una copita de licor de manzana al alcance. La convivencia duró dos meses; lo que tardé en leer, más o menos, todos los cuentos de Cheever.

Cheever no me entusiasmó así que supongo que tiene poca explicación que estos días haya vuelto a él. O no. Hay libros que no nos gustan y punto y hay libros, por el contrario, que aun sin gustarnos, o aburriéndonos, volvemos a ellos porque algo en la intuición nos dice que perdimos un diamante por el camino. Curiosamente, también hay libros que nos gustan y nos deleitan pero a los que sabemos que no vamos a volver. Son libros que, muy a nuestro pesar, no resisten una segunda lectura. La prueba del algodón.

Ayer leí “La geometría del amor” y esta tarde me puse con “El brigadier y la viuda del golf”. Hago una marca en los relatos que más me gustan para volver a ellos al cabo del tiempo pero éste último ni siquiera tenía un asterisco. Nada de nada. Lo he cogido al azar (me ha gustado el título) y me ha parecido una maravilla.

Dice Cheever en sus diarios (y recuerda Rodrigo Fresán en su prólogo): “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi visión y tomo mi disfraces demasiado en serio”.

Y eso es lo que hace Cheever en este relato (inundado de  soledad, como el resto). Es lo que hace en esa magistral descripción de los tejados de Shady Hill (debajo de cada cual vive una señora consagrada a la caridad y a obtener fondos para la lucha de una enfermedad distinta) y del conglomerado de mentiras que teje y desteje la vida de ese barrio residencial (en donde la infidelidad se permite siempre que no se nombre). Y, sobre todo, me ha fascinado ese refugio antiatómico que el matrimonio Parsten decide construir dentro de su jardín, endeudándose hasta acabar embargados, y que trata de disimular rodeándolo de plantas y enanitos de jardín. Es paradójico ese miedo a la muerte en un matrimonio de mediana edad que ya está, en realidad, desde hace mucho tiempo, muerto. Ese refugio que resulta ser no solo la comidilla sino también la envidia de sus vecinos. Como si todos estuviesen, dentro de su soledad, esperando y deseando el fin del mundo.

Se sentía derrotado. ¿Qué había sido su vida sentimental en aquellos últimos años, excepto una serie de aventuras de una noche, muchas veces deprimentes por añadidura? Pero sin ellas su vida hubiera sido insoportable.

(Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea; Ed. Planeta)

La balada del café triste (Carson McCullers)

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Hoy me he acordado de cuánto me gustó "La balada del café triste" de Carson McCullers. Lo leí en septiembre del año pasado y hay dos relatos en el libro, uno el que da nombre al conjunto, y otro llamado "Un árbol. Una roca. Una nueva", absolutamente fantásticos. Gigantes. Suelo copiar los fragmentos que más me gustan de los libros así que aquí os dejo uno de ellos, perteneciente a la balada. Por cierto, podéis echar un vistazo a lo que Medardo Fraile dice sobre el segundo de los cuentos que he citado aquí: http://www.tresrosasamarillas.com/index.php?id=158.

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante del que estamos hablando no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.

Diles que no me maten (de Juan Rulfo)

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Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

Mrs Caldwell habla con su hijo (de Cela)

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Este texto, para Ina. Que seguro que le encanta:

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.

-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.

Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.

Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.

(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)

Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

Más Proust

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Escribió Henry Miller en un apasionado estudio sobre Rimbaud titulado El tiempo de los asesinos que hay “hombres que parecen obligarnos a modificar nuestros métodos de percepción”. A mí me ocurre algo parecido con esa luminosa exploración del interior humano, corriente de música y perfume, que es En busca del tiempo perdido.

“Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Lo dijo el propio Marcel Proust. Y creo que está en lo cierto. Como también lo está, nuevamente, Miller: “un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento”. Un artista debe transparentarse. Sí. Debe constituirse en instrumento del lenguaje. Porque las palabras tienen alma además de sentido. Lo escribió Maupassant con motivo de la muerte de su íntimo amigo Flaubert. Cito de memoria: las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, y algunos escritores, tan sólo le piden un sentido.

La voz de Proust. Yo una vez soñé con esa voz. Fue el verano pasado. Había empezado a leer por segunda vez Por el camino de Swann, llevaba todo el fin de semana echado en el silencio del sofá. Creo que soñé con la escena de los campanarios pero de eso ya no estoy seguro. Antes no tenía la sana costumbre de escribir mis sueños. Y ahora deseo creer que soñé realmente que yo era su voz. Que no era nada más que pura voz ardiendo en un espacio vacío.

Se sueña con la voz de un autor porque, como Umbral decía en Mortal y Rosa, por la mañana, al despertar, le duele a uno el ojo derecho. Y es que “la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Es cierto. La voz de Proust tarda en pasar al cerebro. Es una voz que se queda en la mirada. Uno lee a Proust y antes de asimilarlo, necesariamente lo lleva cuajado en el ojo una larga temporada. Yo todavía miro a mi alrededor, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, con esa pasión exploradora, con esa música y perfume que atraviesa En busca del tiempo perdido, tratando de desvelar en todos ellos a la feroz Madame Verdurin, al estúpido doctor Cottard o al querido Swann.

Tempestades de acero (Ernst Jünger)

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"Por fin me había alcanzado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida (...). Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase".

(Ernst Jünguer; Tempestades de acero; Tusquets editores; trad. de Andrés Sánchez Pascual)

Felisberto Hernández a la luz de Chéjov

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Chéjov escribió en una carta del 10 de mayo de 1886:

"En mi opinión, las descripciones de la naturaleza deben ser muy breves y tener carácter intencionado. Hay que huir de los lugares comunes del tipo: "El sol poniente, bañándose en las olas del mar que oscurecía, inundaba todo de oro bermejo", etc.; "las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, chillaban alegremente". En las descripciones de la naturaleza hay que recurrir a los pequeños detalles, agrupándolos de manera que después de leerlos, cuando cierres los ojos, surja un cuadro. Por ejemplo, tendrás una noche de luna si escribes que en la presa de un molino brillaba como una estrella un trozo de vidrio de una botella rota y rodaba como un globo la sombra negra de un perro o de un lobo, etc. La naturaleza se animará si no desdeñas usar comparaciones de sus fenómenos con las acciones humanas, etc".
Y hoy, justamente, andaba yo con Felisberto Hernández, cuando me he dado cuenta de que ese texto de Chéjov es la razón por la que la escritura de Felisberto me gusta tanto y me parece tan sensorial y tan plástica.

En el cuento de "El caballo perdido", Felisberto no se empeña en describir lo "oscura" que está la noche -como haría la inmensa mayoría de escritores mediocres- sino que habla de lo "blancas" que están las camisas de los vecinos a los que ve tomar el fresco:

"Cuando llegué a casa todavía se veían bajo los árboles torcidos y sin podar, las camisas blancas de vecinos que tomaban el fresco. Después de acostado y apagada la luz, daba gusto quejarse y ser pesimista, estirando lentamente el cuerpo entre sábanas más blancas que las camisas de los vecinos".
E,  igualmente, pienso que en ese texto de Chéjov se encuentra también la razón por la que los objetos en los cuentos de Felisberto cobran una vida extraña y enigmática -una vida que seguramente se acerque más a la verdadera vida-. Felisberto nos describe las cosas como si fuera la primera vez que las miramos, por eso siempre he pensado que su escritura tiene algo de infantil, de música infantil, todo lo cual me trae a la memoria a los formalistas rusos:

"La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el del extrañamiento de los objetos (...) El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado" (Víktor Shklovki)
Y por eso, Felisberto, en vez de describir aburridamente a un árboles que están están plantados en torno a los alcorques, describe a los árboles como esos seres que salen, perseguidos por unas cuantas losas, y que calculan hasta dónde van a subir para saber cuánto peso podrán aguantar:

"Antes de llegar a la casa de Celina había tenido que doblar, todavía, por una calle más bien silenciosa. Y ya venía pensando en cruzar la calle hacia unos grandes árboles. Casi siempre interrumpía bruscamente eeste pensmaiento para ver si venía algún vehículo. En seguida miraba las copas de los árboles sabiendo, antes de entrar en su sombra, cómo eran sus troncos, cómo salían de unos grandes cuadrados de tierra a los que tímidamente se acercaban algunas losas. Al empezar, los troncos eran muy gruesos, ellos ya habrían calculado hasta dónde iban a subir y el peso que tendrían que aguantar, pues las copas estaban cargadísimas de hojas oscuras y grandes flores blancas que llenaban todo de un olor muy fuerte porque eran magnolias".

Fin. ¿Me puse muy pedante?

Referencias:
1. Antón Chéjov: Consejos a un escritor; ed. Fuentetaja.
2. Felisberto Hernández: Cuentos reunidos; ed. Eterna Cadencia.
3. VVAA: Teorías literarias del siglo XX; Ed. Akal

Grandes principios

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Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

Mortal y Rosa (Francisco Umbral)

Cuando el hombre en cuestión es tu padre (Richard Ford)

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Esta maravilla de texto, que he recordado a partir de un escrito de una amiga, es de Richard Ford. Lo podéis encontrar en el relato titulado "Resignación", dentro de su libro "Pecados sin cuento". Me emocioné cuando lo leí, me emociono cuando lo leo hoy y seguiré emocionándome cuando lo lea pasado mañana.

Nueva Orleáns produce hombres como mi padre, o los producía: hombres que frecuentan un club, deportistas de raqueta, diestros marineros en días tranquilos, episcopalianos tolerantes y progresistas, con buena educación y modales innatos, pero con sus secretos. Esos hombres, cuando te los encuentras por la calle o en alguna cena en los barrios altos, parecen los tipos más increíbles que has visto en tu vida. Te entran ganas de llamarlos al día siguiente y quedar con ellos. Parece que desde siempre hubieras sabido que existían, que hubieran estado siempre presentes en la ciudad, pero que hasta entonces no hubieras visto a muchos, sólo alguno aquí y allá. Parecen exóticos, y tu corazón se ensancha al pensar en el inicio de una larga amistad y en que tu vida mundana va a dar un giro inesperado, y para bien. De modo que los llamas y te ves con ellos. Te vas a pescar con mosca delante de Pointe a la Hache. Organizas una cena y conoces a sus bellas esposas. Almorzáis juntos, con calma, en Antoine´s o en Commander´s y decidís repetir la experiencia cada semana de por vida. Sin embargo, al final de uno de sus almuerzos, notas algo raro. De pronto, surge un silenico, y vuestras miradas se encuentran de una manera que podría indicar una profunda complicidad humana a la que nunca deberás referirte. Pero lo que ves, de repente —y es algo tan repentino como fugaz— es a ese hombre lejos, muy lejos de ti, tan lejos, de hecho, que ni siquiera es capaz de calcular la distancia que os separa. Puede que haya una sonrisa en su cara.  Puede que incluso acabe de hacer un comentario incisivo, agradable o halagador sobre ti. Pero entonces surge la conciencia de esa lejanía, de esa enorme lejanía, y sabes que no significas nada para él y que, probablemente, nunca volverás a verle,  no vale la pena ni molestarse. O, si le ves por casualidad, cruzarás la calle sin esperar a llegar al paso de peatones, buscarás una salida en algún comedor abarrotado, te quedarás sentado más de lo que te apetece en el asiento de tu coche para darle tiempo a doblar la esquina o desaparecer en el mismísimo edificio que he mencionado antes. Le evitarás. Y no es que haya en él nada malo, nada desagradable o imperfecto. Nada sexual. Es sólo que sabes que no es para ti. Y que eso es todo. Es muy sencillo. Aunque es más complicado cuando el hombre en cuestión es tu padre.

Lo nunca dicho sobre Hansel y Gretel.

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¡Malditos hermanos Grimm! ¿Qué clase de monstruosa historia se atrevieron a contarnos cuando éramos niños? ¿Qué pretendían? ¿Llenarnos de angustia y de miedo hasta el día de nuestra muerte?

Albergo serias dudas sobre la versión que conocemos de Hansel y Gretel.

Vamos a ver, para empezar: ¿por qué el padre, si tanto quiere a sus hijos, se deja convencer por la madrastra? En serio: ¿es que un padre que adora a sus retoños, como trata de vendernos el cuento, es capaz de abandonarlos en el bosque simplemente porque su mujer se lo propone? Que una cosa es quedarse sin ver el partido del domingo para que la compañera no se enfade y otra bien distinta es abandonar a tus vástagos en un lugar lleno de lobos. Yo no me creo que haya nadie tan calzonazos. Además, vive en un bosque. Los bosques están llenos de animales. ¿Tan difícil es encontrar comida para cuatro? ¿Con tan poca habilidad se conduce un leñador en el bosque?

Lo más grave llega ahora. El muy veleta no sólo se deja convencer una vez sino dos. ¡Dos veces! La primera, vale, cuela, te puedes creer que el buen hombre se ha equivocado, se ha dejado convencer por la lengua de serpiente de su mujer, pero la segunda ¿qué? ¿Es que acaso la alegría que había mostrado cuando Hansel y Gretel encontraban la casa, gracias a lo de las migas de pan, era en realidad más falsa que un párrafo del Código da Vinci? El sujeto en cuestión los abraza y llora de alegría y poco tiempo después se vuelve a dejar convencer y les vuelve a abandonar. Hay que joderse. ¿Pero qué adulto se va a creer esto?

Por desgracia no termina ahí. Los niños acaban en la casa de aquella vieja bruja que pretende convertirlos en chocolate y devorarlos (esto vale por todos los litros de sangre que se derraman en los dibujos animados de hoy). Vale, supongamos que el padre no tiene nada que ver en todo esto. Que no tenía ninguna clase de trato con esa bruja. El cuento cuenta que los niños escapan, encuentran nuevamente su casa y todos contentos ¿Pero por qué? Porque llegan cargados de todo las piedras preciosas que le han robado a la pobre vieja. Vamos, que vuelven millonarios. El padre finge una alegría inmensa al verles pero ¿alguien tiene claro que se hubiera alegrado igualmente si sus hijos hubieran vuelto con las manos y los bolsillos vacíos? ¿No es lícito dudar de su honradez? Es más. Da la impresión de que en este punto del cuento falta un cacho. Sí, un cacho. De repente el padre cuenta que la madrastra ha muerto. ¿De qué? ¿Cuándo? Nadie sabe nada. Nadie cuenta nada. Da la impresión de que al padre se le acaba de ocurrir lo de su muerte. ¿No será que el padre, al ver de lejos a sus hijos aparecer con tanto dinero, ha llevado a su mujer a la parte de atrás de la casa para estrangularla y así no tener que compartir semejante fortuna? ¿No será que el padre mintió descaradamente cuando dijo que ella era madrastra? ¿No puede ser que era él el padrastro?

¡Ah, malditos hermanos Grimm! ¡Les arrancaría la piel a tiras!

¡El pez, el pez!

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Comentarios recientes

  • Javi: Sí. Justo. De eso trata el texto. Desgraciadamente, no son más
  • Javi: Pues te diré que tengo novedades que contarte. Y sirva más
  • alberto vicente: Hola Javi, cierto es lo que dices. Te recomiendo para más
  • Mariana: «[...] Todos somos, a nuestro modo, como Siddharta. Quizás no más
  • Natÿ: Genial(periòdico) más
  • Javi: Joder, ¡pero si casi tienes un cuento! Y cómo se más
  • EC: Muy de acuerdo, Javi. Hace unos días, gastando de esa más
  • Javi: Gracias por el "feed-back". Se agradece. Besos, Javi más
  • MonkeyA: Me encanta que hayas vuelto a escribir regularmente en el más
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