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En defensa de los ociosos

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Hace unos pocos días leí un brevísimo ensayo de Stevenson en el que se elogiaba la ociosidad. Sí. La ociosidad. No la pereza de los indolentes -a los que la vida no les produce nada más que indiferencia-, sino esa sana ociosidad que permite permanecer, sin sentir el menor rastro de inquietud, toda una tarde echado en el Retiro. Siendo. O estando. Y nada más que siendo o estando. Viviendo. Y punto.

Es un texto amable, que se lee tumbado en la cama, y una oda, pienso, a la vida:

"En estos tiempos en los que, por un decreto ley que condena los delitos de lesa-respetabilidad, todos están forzados a entrar en alguna profesión lucrativa y trabajar en ella con un mínimo de entusiasmo, las quejas de la parte opuesta, la que se contenta con tener lo suficiente y que, entretanto, gusta de mirar y disfrutar, tienen un ligero gusto a bravuconada y gasconada. Y, sin embargo, no debería ser así. La así llamada ociosidad, que no consiste en no hacer nada sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes, tiene tanto derecho a mantener su lugar como la laboriosidad misma (...) No hay deber que infravaloremos más que el deber de ser felices. (...) Observad a alguno de vuestros laboriosos colegas durante un momento, os lo ruego. Siembra prisa y recoge indigestión; invierta una gran cantidad de actividad y recibe a cambio, en intereses, unos nervios desquiciados (...) Existe una suerte de muertos en vida, de gente grises, apenas conscientes de estar viviendo de no ser por el ejercicio de alguna ocupación convencional. Dejad a estos hombres en medio del campo o subidlos a bordo de un barco y veréis cómo añoran su escritorio y su despacho. Carecen de curiosidad. No saben abandonarse a las provocaciones del azar; no obtienen placer en el mero ejercicio de sus facultades y, a menos que la necesidad les muela a palos, permanecerán donde ya estén. Es inútil hablar con gente así: jamás podrán estar ociosos, su naturaleza no es lo suficientemente generosas"

Al terminar, me he acordado de un cuento de Hipólito G. Navarro, llamado Inspiración, donde dice:

El hijo entretiene su mirada en el alegre bailoteo de las llamas en el fuego del hogar.  Esa contemplación ensimismada le ocupa todas las horas; hay poco colegio por esas latitudes. No se trata de perder el tiempo, aunque lo parezca, como no se pierde el tiempo si se observa toda una tarde el vaivén del mar golpeando en la costa o el resto de la noche el cuerpo desnudo de la mujer que hemos amado.

Y entonces me he dado cuenta de lo lejos que estamos la mayoría de esa forma de vivir el tiempo -¿o somos unos pocos?- y de lo que cuesta aprender una actitud que, curiosamente, es la más natural de todas.

Hace unos meses fui con mi tío a Marruecos, a Fez, y recuerdo que dijo: "los europeos tenemos relojes; ellos, los marroquíes, el tiempo". Y viendo los rostros de los marroquíes, en una estación de tren perdida en algún lugar, la indiferencia que les producía que el tren llegase con cuatro horas de retraso, y comparándola con el gesto de absoluta incredulidad de tres japoneses desorientados, me dí cuenta de cuánto razón tenía.

Algo hemos perdido por el camino. Algo he perdido yo, al menos. Este ensayo de Stevenson es una crítica tranquila de aquellos que somos incapaces de sentarnos y mirar la vida. Y tal vez por eso me ha sabido un poco amargo.

(En defensa de los ociosos; Robert Louis Stevenson; Gadir; 2009; Traducción de Carlos García Simón)

(Los últimos percances; Hipólito G. Navarro; Seix Barral; 2005)

Ir de viaje

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No hay que confundir los libros que uno lee en un viaje con los que hacen viajar (Breton)

La literatura y el mal (George Bataille)

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Escribió Baudeleire, en sus poemas en prosa, que he terminado de leer estos días: “nunca hay excusas para la maldad, pero hay cierto mérito en saber que se es malo, y el más irreparable de todos los vicios es hacer el mal por bobería”. Baudelaire inauguró el Mal en la literatura –le dio carta de naturaleza- y a partir de su obra, ya no es posible escribir con ingenuidad. Ya no es posible escribir “como si” el ser humano fuera esencialmente bueno y el amor fuera esencialmente amor. Y un cuerno. Baudelaire fue, sobre todo, una actitud y una tormenta de honestidad que nos hizo ver que el mal no es ajeno al hombre o un impulso venido de fuera sino un elemento constitutivo de su naturaleza.

La literatura y el mal. George Bataille realiza en este libro un recorrido por algunos de los autores que han abordado brillantemente el tema del Mal y, entre otros, como no podía ser de otra manera, Baudelaire. En línea con esa cita con la que comenzábamos este articulito, escribe Bataille: “esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una hipermoral”. Y luego, en un magnífico estudio de Cumbres Borrascosas (qué bello título, por cierto, no me había dado cuenta hasta ahora), señala que, mientras que el bien tiene que ver con el interés común, con el cálculo, con la duración, con el porvenir, el mal, el Mal con mayúsculas, es el “arrebato de pura embriaguez”, el puro presente, el goce, el impulso espontáneo de la infancia que arrastra a Heathcliff, el sexo que conjura la muerte, la libertad más radical.

Una persona que cumple irremediablemente con todas las normas no está viva. En psicoanálisis a esa gente se le conoce como normópatas. Claro. ¿Quién no siente cierta empatía con quien se sitúa fuera de la ley? (la hostilidad que a veces sentimos hacia un fuera de la ley tiene que ver mucho más con nuestra propia frustración por falta de atrevimiento). El mal es el signo del instante, dice Bataille, y escribo esto recordando “La pianista”, una grandiosa película de un tal Haneke (disculpen la ignorancia, lo conocí ayer) donde se habla valientemente de temas de los que no se suele hablar. Haneke habla de esa pulsión sádica que –a unos más, a otros menos- arrastra al ser humano, mal que nos pese. Habla de ese deseo de mal, de ese disfrute del mal por el mal. Haneke es una película que como Baudelaire, habla de verdad y no “como si”.

Un francés revolucionario

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Hablo de Descartes. Hoy es moneda frecuente, cuando se quiere denigrar un pensamiento, describirlo como cartesiano. Tú dices: "Vaya tío más cuadriculado. Menudo cartesiano" y como que ya tienes media discusión ganada. Pero lo cierto es que hoy, muchos de nosotros, de Descartes, no tenemos más que una caricatura.

Descartes fue un revolucionario. Se puede leer lo siguiente en la carta que precede a sus meditaciones metafísicas, dirigida a los decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París, y que tenía por finalidad el que la Iglesia aprobara su libro:

" (...) que aunque sea absolutamente verdadero que debe creerse en Dios proque así se enseña en las santas Escrituras, y, aunque por otra parte, se deban creer las santas Escrituras que vienen de Dios (porque siendo la fe un don de Dios, aquello que da la gracia para hacer creer las demás cosas, la puede dar también para hacernos creer que existe), no se podrá, sin embargo, proponer esto a los infieles, que podrán imaginar que se comete en esto la falta que los lógicos llaman círculo vicioso".

Pero la carta fracasó. A la Iglesia no le gusto su libro. Creyó Descartes que la Iglesia iba a aprobar su libro porque demostraba racionalmente la existencia de Dios, lo que suponía, según él mismo justificaba, añadir más cemento a la institución eclesiástico, reforzarla, asegurándose mediante la razón la posibilidad de convencer a los infieles de la existencia de Dios. Porque a los infieles que no creían en las Escrituras, decía Descartes, se les podía convencer de la existencia de Dios con la razón.

Pero nada más lejos. La revolución de Descartes -católico convencido, por cierto- consistió en abrir una primera brecha en el poder monopolístico de la Iglesia, cuyo instrumento de control de la vida pública eran las escrituras (al no existir la libre interpretación, se convertían -como se convierten en muchos países islámicos- en un extraordinaria y fácil control de las normas de conducta). Descartes abrió el camino hacia la libertad de pensamiento. Descartes fue un revolucionario. Nos guste o no somos hijos de él.

El amor según Constantino Bértolo

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No hay nada que le guste más a un enfermo que hablar de su enfermedad con otro enfermo. Si la enfermedad es la misma, la empatía que ambos sienten se parece al amor; las almas enfermas se sienten almas gemelas y el amor es mutuo.

(La cena de los notables; Constantino Bértolo; Ed. Periférica; 2008)

El académico según Cocteau

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El académico es un señor que al morir se convierte en sillón.

El tiempo propio

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Hay numerosos tabúes en el sistema familiar (...). Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propiedad soledad en el mundo. Al parecer no hay muchas madres dispuestas a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos. Se da siempre la necesidad de impedir la triste desesperación del otro, pero en beneficio propio, no del afectado. Ello lleva a una violación de la temporalización, es decir, de la elaboración personal del tiempo, como distinto del simple registro del tiempo del otro, de manera que el sistema necesidad-tiempo de la madre (que es el intermediario más o menos pasivo del sistema necesidad-tiempo de la sociedad global) se impone sobre el niño. Pero éste posiblemente necesite la experiencia en su tiempo o en el de ella, de la frustración, de la desesperación y, por último, de una experiencia de la depresión en toda su plenitud. Según mi experiencia, son muy raros los casos de respeto por el tiempo del otro o por el tiempo que éste necesita tomarse en su relación consigo mismo.

(David Cooper; La muerte de la familia; Ed. Ariel; 1976)

Felicidad: qué bonito nombre tienes.

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Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. (Freud)

Felisberto Hernández a la luz de Chéjov

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Chéjov escribió en una carta del 10 de mayo de 1886:

"En mi opinión, las descripciones de la naturaleza deben ser muy breves y tener carácter intencionado. Hay que huir de los lugares comunes del tipo: "El sol poniente, bañándose en las olas del mar que oscurecía, inundaba todo de oro bermejo", etc.; "las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, chillaban alegremente". En las descripciones de la naturaleza hay que recurrir a los pequeños detalles, agrupándolos de manera que después de leerlos, cuando cierres los ojos, surja un cuadro. Por ejemplo, tendrás una noche de luna si escribes que en la presa de un molino brillaba como una estrella un trozo de vidrio de una botella rota y rodaba como un globo la sombra negra de un perro o de un lobo, etc. La naturaleza se animará si no desdeñas usar comparaciones de sus fenómenos con las acciones humanas, etc".
Y hoy, justamente, andaba yo con Felisberto Hernández, cuando me he dado cuenta de que ese texto de Chéjov es la razón por la que la escritura de Felisberto me gusta tanto y me parece tan sensorial y tan plástica.

En el cuento de "El caballo perdido", Felisberto no se empeña en describir lo "oscura" que está la noche -como haría la inmensa mayoría de escritores mediocres- sino que habla de lo "blancas" que están las camisas de los vecinos a los que ve tomar el fresco:

"Cuando llegué a casa todavía se veían bajo los árboles torcidos y sin podar, las camisas blancas de vecinos que tomaban el fresco. Después de acostado y apagada la luz, daba gusto quejarse y ser pesimista, estirando lentamente el cuerpo entre sábanas más blancas que las camisas de los vecinos".
E,  igualmente, pienso que en ese texto de Chéjov se encuentra también la razón por la que los objetos en los cuentos de Felisberto cobran una vida extraña y enigmática -una vida que seguramente se acerque más a la verdadera vida-. Felisberto nos describe las cosas como si fuera la primera vez que las miramos, por eso siempre he pensado que su escritura tiene algo de infantil, de música infantil, todo lo cual me trae a la memoria a los formalistas rusos:

"La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el del extrañamiento de los objetos (...) El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado" (Víktor Shklovki)
Y por eso, Felisberto, en vez de describir aburridamente a un árboles que están están plantados en torno a los alcorques, describe a los árboles como esos seres que salen, perseguidos por unas cuantas losas, y que calculan hasta dónde van a subir para saber cuánto peso podrán aguantar:

"Antes de llegar a la casa de Celina había tenido que doblar, todavía, por una calle más bien silenciosa. Y ya venía pensando en cruzar la calle hacia unos grandes árboles. Casi siempre interrumpía bruscamente eeste pensmaiento para ver si venía algún vehículo. En seguida miraba las copas de los árboles sabiendo, antes de entrar en su sombra, cómo eran sus troncos, cómo salían de unos grandes cuadrados de tierra a los que tímidamente se acercaban algunas losas. Al empezar, los troncos eran muy gruesos, ellos ya habrían calculado hasta dónde iban a subir y el peso que tendrían que aguantar, pues las copas estaban cargadísimas de hojas oscuras y grandes flores blancas que llenaban todo de un olor muy fuerte porque eran magnolias".

Fin. ¿Me puse muy pedante?

Referencias:
1. Antón Chéjov: Consejos a un escritor; ed. Fuentetaja.
2. Felisberto Hernández: Cuentos reunidos; ed. Eterna Cadencia.
3. VVAA: Teorías literarias del siglo XX; Ed. Akal

Sobre el porqué la tragedia era tragedia (Roland Barthes)

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(Fragmento extraído de los "Ensayos críticos" de Roland Barthes)

Es cierto que los personajes trágicos manifiestan “sentimientos”; pero estos “sentimientos” (orgullo, celos, rencor, indignación) no son en modo alguno psicológicos, en el sentido moderno del término. No son pasiones individualistas nacidas en la soledad de un corazón romántico; el orgullo no es aquí un pecado, un mal maravilloso y complicado; es una falta contra la ciudad, es una desmesura política; el rencor nunca es otra cosa que la expresión de un derecho antiguo, el de la venganza, mientras que la indignación no es más que la reivindicación oratoria de un derecho nuevo, el acceso del pueblo al juicio reprobador de las antiguas leyes. Este contexto político de las pasiones heroicas rige toda su interpretación. El arte psicológico es en principio un arte del secreto, de la cosa a un tiempo oculta y confesada, pues forma parte de la ideología esencialista el representar al individuo como habitado inconscientemente por sus pasiones: de ahí un arte dramático tradicional, que consiste en hacer ver al espectador la interioridad asolada (…) Por el contrario, el arte trágico se funda en una palabra absolutamente literal: en él la pasión no tiene ningún espesor interior, está totalmente extravertida, dirigida hacia su contexto cívico. Un  personaje “psicológico” nunca dirá: “soy orgulloso”; Clitemenestra lo dice, y toda la diferencia radica ahí. 

Las fronteras del lenguaje (Roland Barthes)

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(Roland Barthes; En el prefacio a "Ensayos críticos"; Editorial Seix Barral)

El escritor no tiene en absoluto que arrancar un verbo al silencio, como se dice en piadosas hagiografías literarias, sino que a la inversa, y cuanto más difícilmente, más cruelmente y menos gloriosamente, tiene que arrancar una palabra segunda del enviscamiento de las palabras primeras que le proporcionan el mundo, la historia, su existencia, en otros términos, un inteligible preexistente a él, ya que él viene a un mundo lleno de lenguaje, y no queda nada real que no esté clasificado por los hombres: nacer no es más que encontrar ese código ya enteramente hecho y tener que adaptarse a él. A menudo se oye decir que el arte tiene por misión expresar lo inexpresable: habría que decir lo contrario (sin ninguna intención de paradoja): toda la tarea del arte consiste en inexpresar lo expresable, arrebatar a la lengua del mundo, que es la pobre y poderosa lengua de las pasiones, una palabra distinta, una palabra exacta (…) Quien quiera escribir con exactitud debe pues trasladarse a las fronteras del lenguaje, y así es como escribirá verdaderamente para los demás. Las escuelas y las épocas fijan en la comunicación literaria una zona vigilada, limitada de un lado por la obligación de un lenguaje variado y del otro por el cerramiento de esta variación bajo formad de un cuerpo reconocido de figuras; esta zona –vital- se llama la retórica.

Top five de Clandestino Menéndez

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Aquí tenéis una pequeña recopilación de los "Cuadernos críticos" de Clandestino Menéndez. Para que os echéis unas risas. El libro no lleva prospecto médico pero es altamente recomendable porque funciona como vacuna contra toda la vazofia cultural que algunos empresarios intentan inocular. Eso sí que es gripe porcina y lo demás son tonterías. Podría, el Ministerio de Sanidad y Política Social, incluir estos Cuadernos críticos entre sus publicaciones oficiales. O alguna fundación. O la obra social de alguna Caja de Ahorros.

- EL CÓDIGO DA VINCI (Dan Brown)

... Allá va, mientras, Langdon el Hermoso (pág. 27) rumbo al Louvre a bordo de un Citroen ZX, momento que aprovecha Dan Brown para describirnos París al modo turista, pero además turista de viaje organizado, con imágenes de postal y descripciones sosas como pocas (dice, tal que muy emocionado, que allá estaba la Torre Eiffel, <<apuntando al cielo>>, y se le asemeja un falo de trescientos metros de altura). A destacar esta reflexión (pág. 29) que el autor, un poco gabachófobo, hace sobre Francia, <<un país conocido por sus machistas, sus mujeriegos y sus líderes bajitos y con complejo de inferioridad, como Napoleón o Pipino el Breve>>. Ah, claro, Pipino el Breve, ese símbolo universal de lo francés.

- EL ALQUIMISTA (Paulo Coelho)

... La caravana echa a andar y, según no explica Coelho, <<en el desierto sólo se oía el viento perpetuo, el silencio y los cascos de los animales>>. Sería un desierto empedrado.

-
VELÓDROMO DE INVIERNO (Juana Salabert)

... Tal también en aquella ocasión en que, atravesando unos niños huidos de los nazis, clandestina y nocturnamente, los Pirineos, a uno de ellos le dio un ataque de pánico y uno de los resistentes que les guiaba <<logró calmarlo recitándole al oído lo poco que recordaba de la Chanson de Roland>>. Sin poner en duda los valores literarios de la Chanson de Roland, obra cumbre de la lírica medieval francesa, no creo yo, sinceramente, que esa extraordinaria epopeya a rebosar de sangre, espadas, lanzazos, armaduras abolladas, brazos tajados, cráneos hendido y cabezas rebanadas, sea la recitación más adecuada para tranquilizar a un niño al que le persigue la Gestapo.

- DOS MUJERES EN PRAGA (Juan José Millás)

... <<Me fascináis los zurdos, de verdad>>, dice la chica, <<porque tenéis que aprender a vivir en un mundo hecho por diestros>>, y a continuación cita varisos ejemplos de artículos de la vida cotidiano que suponen un obstáculo para los zocatos... ¡Y no da ni una! Es increíble. Cito: <<Los interruptores de la luz, las manilllas de las puertas, los cajones de las mesas, los grifos de los lavabos...>> (los puntos suspensivos son de Millás, al que no se le ocurrían más cosas). Nada de esto, en verdad, tiene importancia, pero es sólo un ejemplo de adónde lleva escribir a lo transilvano y solidario. Porque los tiradores de los cajones, generalmente, suele estar en el centro; respecto a los grifos es cierto que los zurdos pueden tener alguna desventaja a la hora de abrir el agua fría, pero se ve compensada con la facilitadad que tienen sobre los diestros para dar paso al agua caliente, y, por último, suponiendo que al ir a entrar en una habitación TODOS los interruptores de la luz y pomos de puertas se hallen a la derecha... dime, lector ubicuo, ¿dónde estarán esos mismos interruptores y pomos a la hora de salir?

- LA CANCIÓN DE DOROTEA (Rosa Regas)

... Página 84: <<Y allí estaba otra vez el hombre del sombrero negro>>. Ocurre que, a lo largo de lo que llevamos de novela, la narradora-protagonista ha tenido varios encuentros y fugaces visiones de un hombre pues, lo dicho, con sombrero negro. Con varias quiero decir quince o dieciséis, a veces dos por página, de una manera tan frecuente y usual que todo el aire inquietante que Rosa pretendiera darle a esa figura acaba por diluirse. Porque, efectivamente, alguien debería explicarle a esta mujer que cuando uno se encuentra repetidas veces con un individuo en las inmediaciones de su casa no es un tipo misterioso y enigmático. Es un vecino.


La loca historia del mundo

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La loca historia del mundo
Michel Bounan
Ed. Melusina (SIC)



Ortega y Gasset diferenció entre ideas –que se tienen- y creencias –en las que se está-: “De las ideas podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas”. Lo que no ocurre con las creencias. Las creencias nos tienen. Están “en nosotros, pero no en forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento”. “Son nuestro mundo y nuestro ser”. Desde ellas, digamos, pensamos las ideas.



La idolatría del trabajo y la pasión por la acumulación –del progreso entendido como más y más y más- forman parte de ese invisible mundo de las creencias. Y son, además, creencias tan arraigadas en el individuo occidental (individuo al que el trabajo, supuestamente, hará libre; individuo que denomina a sus vecinos, con una soberbia y egocentrismo incomparable, países en vías de desarrollo) que el lector no puede menos que sorprenderse cuando a algún despistado y terrorista ideológico llamado Michel Bounan se le ocurre ponerlas en tela de juicio. Vaya. Como si la idea de la de aumentar la cuenta de beneficios y la de saber más inglés y la de conducir el coche más rápido y la de estar más guapo no tuviesen alcance universal.

¿Pero es que eso no vale para todos los pueblos? Pregunta la señora apoyada en la barra del bar.

Pues va a ser que no.

Se dice que uno de cada cuatro europeos padece de problemas mentales inconfundibles. Pues bien, en la loca historia del mundo, Michel Bounan relata, desde una perspectiva psiquiátrica, la trágica evolución de una Europa insaciable. De una Europa neurótica. De una Europa ávida de propiedades que llenen el vacío, obcecada por un progreso y una tecnología ciega. Y esta perspectiva psiquiátrica viene a cuento, sí. Se podría volver a Ortega, con aquello de verdad y perspectiva, pero me remito simplemente al autor: “la historia de la humanidad no versa solamente sobre su desarrollo técnico o su “progreso” en todos los ámbitos, ni siquiera incluso sobre instituciones y sus revoluciones. También versa sobre sus locuras colectivas, que son las que han permitido ese desarrollo y otras instituciones”.

Hoy el individuo es un átomo. Un consumidor despiadado, vigilante, desamparado.  Y la sociedad, desafortunadamente una acumulación de individuos. Por eso es tan complicado entender al hombre antiguo. Dice Bounan que las “condiciones de la muerte de Sócrates (…) ya son prácticamente incomprensibles para el espíritu moderno”. Pero qué decir del maravilloso párrafo de los ensayos de Montaigne en el que relata, con asombro, a raíz de una visita de tres amerindios a Francia, que en la lengua de esos indios a los hombres se les designa como mitades los unos de los otros.

Mitades los unos de los otros.

Qué lindo.

¡El pez, el pez!

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