Novedades en la categoría Biografía

Nuestros dolores

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<<¿Ha observado usted cuánto amamos nuestros dolores? Usted se aferra a sus ideas religiosas y yo a mi quimera de estilo que me desgasta cuerpo y alma. Quizá sólo valgamos algo por nuestros sufrimientos, puesto que todos ellos son aspiraciones.

(Extracto de  una carta de Flaubert a Leroyer de Chantepie ; 4 de noviembre de 1857; Querida Maestra - Escritoras en la correspondenci a de Gustave Flaubert; Ed. El Olivo Azul; Nov. 2009)

Las lámparas de Flaubert

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El domingo compré en La Futigitiva, nueva librería-café en Madrid que recomiendo encarecidamente, Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert (ediciones Periférica). Es un libro que me apetecía leer desde que lo vi en el escaparte. De hecho, es un libro que ya había comprado meses atrás (en otra librería estupenda, Tres Rosas Amarillas, especializada en relato) pero que, por cuestiones del destino (me encontré en un cumpleaños con las manos vacías), tuve que regalar esa misma tarde. .

Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert es un pequeño tratado que reúne dos textos de Guy de Maupassant sobre su maestro. Ninnguno de los dos autores era partidario de la crítica biográfica tan de moda  entonces (recordemos que fueron coetáneos del reconocido crítico literario Saint Beuve, cuyo método de análisis literario consistía en el estudio de la vida de su autor) así que el libro nos desvela apenas un par de episodios de la vida íntima de Flaubert. Episodios, algunos, emocionantes. Como aquél en el que Flaubert conoce a Maupassant, sobrino de un viejo amigo suyo, muerto hace años. Maupassant llama a la puerta de la casa que Flaubert tiene en París y Flaubert al reconocer el extraordinario parecido que une al sobrino con su viejo amigo, se emociona y le pide que le abrace. O aquél otro episodio en que, viejo ya, Flaubert le pide a Maupassant ayuda. Maupassant viaja hasta la casa cerca de Rouen donde Flaubert vivía y allí ve cómo su maestro, después de echar un trago, se pone a quemar aquella parte de su correspondencia que no ha clasificado. Siéntate en el sillón y ponte a leer, le dice Flaubert a Maupassant. Y Maupassant pasa las horas en ese sillón y de vez en cuando escucha largos suspiros y advierte que entre la correspondencia más antigüa de Flaubert hay una cajita con una zapato de mujer y una flor dentro.

Pero episodios aparte, a mí me ha gustado el libro porque refleja perfectamente la pasión que atravesaba la vida de Flaubert. Maupassant describe a Flaubert como un tipo alegre y esencialmente bueno que sentía un amor desbordante y absoluto por las letras. Dice Maupassant: "Las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, e incluso de los escritores, le piden tan sólo un sentido". No era, desde luego, el caso de su maestro. Flaubert era de los que pedían alma a las palabras. Le apasionaba la búsqueda del ritmo y la sonoridad exacta de cada frase. Decía: "una frase es viable cuando se adecúa a todas las necesidades de la respiración. Sé que es buena cuando la he leído en voz alta (...) Las frases mal escritas no resisten esa prueba, oprimen el pecho, interfieren con los latidos del corazón y se encuentran de ese modo fuera de las condiciones de vida".

El libro cuenta también con una especie de borrador del diccionario de estupideces que Flaubert se encontraba elaborando (que yo sepa, tan sólo vio la luz el diccionario de tópicos, al cual echo un vistazo cuando ando necesitado de un poco de mala leche e ironía).  A Flaubert, lo dice Maupassant, le afecta profundamente la estupidez humana. Pero lo más bello -la verdadera causa por la que escribo esta entrada- para mí ha sido algo tan anecdótico como descubrir que Flaubert se quedaba escribiendo hasta altas horas de la madrugada, gracias a las dos pequeñas lámparas que había en su despacho,  y que los marineros que navegaban por el Sena utilizaban las ventanas iluminadas de su despacho como faro en la noche.

Como un faro en la noche.


Una oficina de contabilidad

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En el Coliseo le digo a Ben que los leones devoraban a los cristianos, aunque creo que no es verdad. Me asombran los inmensos arcos exteriores, aunque no me embarga la sensación del pasado como me sucedió en una oficina de contabilidad de Portsmouth. Nos esforzamos por sentir la presencia de los romanos y luego acariciamos a un gato callejero.

(Diarios; John Cheever; Editorial Emecé; pág. 106)

¡El pez, el pez!

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