Novedades en la categoría Lecturas - Otras peceras

Leer la mano

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En un día extraño, en el que el ayuntamiento-fama decide cambiar el sentido de la calle de tu casa, y repentinamente encuentras una fila de coches-cronopio en sentido contrario, uno a lo mejor siente necesidad de que lean su mano y adivinen el futuro: ¿volverá a cambiar el ayuntamiento el sentido de la calle? Aloysius Bertrand leyó lo siguiente:

El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de temperamento socarrón y procaz, que fuma delante de su puerta bajo el letro de la doble cerveza de marzo.

El índice es su mujer, una arpía seca como un bacalao que, desde que se levanta por la mañana no hace sino abofetear a su sirvienta, de la que está celosa, y acariciar la botella, de la que está enamorada.

El dedo corazón es el hijo, compañero mal desbastado, que sería soldado de no ser cervecero y que sería caballo de no ser hombre.

El dedo anular es la hija, ágil e irritante Zerbina, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros.

Y el dedo meñique es el benjamín de la familia, mocoso llorón que siempre va agarrado a la cintura de su madre, como un niño colgado del colmillo de una ogresa.

Los cinco dedos de la mano son el más mirífico alhelí de cinco hojas que jamás haya bordado los parterres de la noble ciudad de Haarlem.

Creo haber leído en algún lugar que este libro sirvió de inspiración a Baudeleire. Y no es de extrañar. Lean si no la poética que colgué hace unos días.

(Gaspard de la Nuit; Artemisa Ediciones; Aut: Aloysius Bertrand; Traducción de Maryse Privat y Fátima Sáinz)

Poética de... Aloysius Bertrand

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El arte siempre tiene dos caras antitéticas; es como una medalla que por un lado acusa el parecido con Rembrandt y por el reverso se parece a Jacques Callot. Rembrandt  es el filósofo de barba blanca que se enroolla en su rincón como el caracol, permanece absorto en la meditación y en la oración, cierra los ojos para abstraerse mejor, conversa con espíritus acerca de la belleza, de la ciencia, la sabiduría y el amor, y se consume profundizando en los misteriosos símbolos de la naturaleza. Callot, al contrario, es el lasquenete fanfarrón y procaz que se pavonea en la plaza, arma jaleo en la taberna, acaricia a las hijas de los gitanos, no sabe sino de espadas y escopetas, y cuya única preocupación es lustrarse el bigote.

(Gaspard de la Nuit; Artemisa Ediciones; Aut: Aloysius Bertrand; Traducción de Maryse Privat y Fátima Sáinz)

En defensa de los ociosos

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Hace unos pocos días leí un brevísimo ensayo de Stevenson en el que se elogiaba la ociosidad. Sí. La ociosidad. No la pereza de los indolentes -a los que la vida no les produce nada más que indiferencia-, sino esa sana ociosidad que permite permanecer, sin sentir el menor rastro de inquietud, toda una tarde echado en el Retiro. Siendo. O estando. Y nada más que siendo o estando. Viviendo. Y punto.

Es un texto amable, que se lee tumbado en la cama, y una oda, pienso, a la vida:

"En estos tiempos en los que, por un decreto ley que condena los delitos de lesa-respetabilidad, todos están forzados a entrar en alguna profesión lucrativa y trabajar en ella con un mínimo de entusiasmo, las quejas de la parte opuesta, la que se contenta con tener lo suficiente y que, entretanto, gusta de mirar y disfrutar, tienen un ligero gusto a bravuconada y gasconada. Y, sin embargo, no debería ser así. La así llamada ociosidad, que no consiste en no hacer nada sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes, tiene tanto derecho a mantener su lugar como la laboriosidad misma (...) No hay deber que infravaloremos más que el deber de ser felices. (...) Observad a alguno de vuestros laboriosos colegas durante un momento, os lo ruego. Siembra prisa y recoge indigestión; invierta una gran cantidad de actividad y recibe a cambio, en intereses, unos nervios desquiciados (...) Existe una suerte de muertos en vida, de gente grises, apenas conscientes de estar viviendo de no ser por el ejercicio de alguna ocupación convencional. Dejad a estos hombres en medio del campo o subidlos a bordo de un barco y veréis cómo añoran su escritorio y su despacho. Carecen de curiosidad. No saben abandonarse a las provocaciones del azar; no obtienen placer en el mero ejercicio de sus facultades y, a menos que la necesidad les muela a palos, permanecerán donde ya estén. Es inútil hablar con gente así: jamás podrán estar ociosos, su naturaleza no es lo suficientemente generosas"

Al terminar, me he acordado de un cuento de Hipólito G. Navarro, llamado Inspiración, donde dice:

El hijo entretiene su mirada en el alegre bailoteo de las llamas en el fuego del hogar.  Esa contemplación ensimismada le ocupa todas las horas; hay poco colegio por esas latitudes. No se trata de perder el tiempo, aunque lo parezca, como no se pierde el tiempo si se observa toda una tarde el vaivén del mar golpeando en la costa o el resto de la noche el cuerpo desnudo de la mujer que hemos amado.

Y entonces me he dado cuenta de lo lejos que estamos la mayoría de esa forma de vivir el tiempo -¿o somos unos pocos?- y de lo que cuesta aprender una actitud que, curiosamente, es la más natural de todas.

Hace unos meses fui con mi tío a Marruecos, a Fez, y recuerdo que dijo: "los europeos tenemos relojes; ellos, los marroquíes, el tiempo". Y viendo los rostros de los marroquíes, en una estación de tren perdida en algún lugar, la indiferencia que les producía que el tren llegase con cuatro horas de retraso, y comparándola con el gesto de absoluta incredulidad de tres japoneses desorientados, me dí cuenta de cuánto razón tenía.

Algo hemos perdido por el camino. Algo he perdido yo, al menos. Este ensayo de Stevenson es una crítica tranquila de aquellos que somos incapaces de sentarnos y mirar la vida. Y tal vez por eso me ha sabido un poco amargo.

(En defensa de los ociosos; Robert Louis Stevenson; Gadir; 2009; Traducción de Carlos García Simón)

(Los últimos percances; Hipólito G. Navarro; Seix Barral; 2005)

¡Nadie sabe nada!

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-¡Nadie sabe nada! -dijo el carcelero, preparándose la última pipa de la noche-. Tú no sabes por qué tienes una vaca manchada, yo no sé por qué soy carcelero, la muchedumbre no sabe por qué pide pena de muerte y la tierra no sabe por qué da vueltas. -Y encendió su pipa, que fumó en silencio.

(Fragmento de "La vaca manchada"; Octave Mirbeau; Antología del Decandentismo; Traducción de Claudio Iglesias; Ed. Caja Negra)

El culo redondo de la prostituta

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Cada estilo artístico es, naturalmente, hijo de su tiempo y ciertas épocas, hombres o descubrimientos marcan un punto de inflexión a partir del cual ya no se puede escribir como si nada hubiera pasado. Freud, por ejemplo. No se puede escribir como si Freud no hubiera existido. Por eso se suele quedar vieja e ingenua ese tipo de literatura bestselleriana que ignora, por ejemplo, las pasiones egoístas y los cruelísimos impulsos que a menudo motivan hasta los actos que creemos más generosos (y es que, en general, solemos pensar que somos tipos de lo más geniales).

"En el espacio", de Jean Lorrain, se habla precisamente de uno de estos bellos puntos de inflexión. En este cuento o artículo, contenido en la "Antología del Decandentismo", en cuidada edición de Caja Negra, y con prólogo, selección y traducción de Claudio Iglesias (en definitiva, un libro altamente recomendable), y que os copio por puro disfrute egoísta (y porque es una manera de hacerlo mío) se transparenta con meridiana claridad esa atmósfera histérica de fin de siglo que se dio entre 1880 y 1900, el fin de la confianza en el progreso, el desdén y rabia contra la vida pequeño burguesa y, sobre todo, esa voluptuosidad en la caída (lo dijo Nietzsche muy claro: la decadencia no es la enfermedad sino el deseo de enfermedad).

Allá va. El texo arranca con un poema de Louis Le Cardonnel:

Arrancadas al aquellare loco de París,
Tomando vuelo desde lo alto de negras chimenea,
Allá lejos van las vírgenes, las rosas bajo el cielo blanco.

Así las ha cantado el poeta Louis Le Cardonnel, mientras, desde la otra ribera del río helado, donde sueña Notre-Dame en cuclillas, el París de los tugurios y de los burdeles responde al París de los bailes públicos y de los restaurantes de modo:



Sobreponiéndose a gritos y abucheos
El culo redondo de la prostituta
Brilla para ser visto.
Por los siglos venideros.

¡Modernidad, modernidad!

¿Modernidad? ¿Y a través de la una fantasmal y azulada, cuyo disco gigante agujerea un cielo en grisallas, se trasluce y gesticula una cabeza cortada?

Una cabeza cortada... Aun así hubo algunos osados que vincularon los nombres de Antoine Watteau y Adolphe Willette, osados al punto de comparar la sonrisa estirada de las marquesas del primero, su exquisita indiferencia de grandes damas veneradas, ahítas de homenajes y de galanterías insulsas, con el perfil rígido y el moderno cinismo de suburbio del segundo... Como si entre la melancolía a medias sentida ya medias afectada y la delicadeza de actitud de las peregrinas del Peregrinaje, entre estas payasadas tristes y el rictus nervioso, la mirada fija, los cabellos hirsutos, los contoneos locos y el torbellino de las faldas de las bailarinas del Requiem no mediara toda la fiebre y todo el aliento cadavérico de una civilización carcomida por la neurastenia, todos los estertores de locura de un fin de siglo histérico y hedonista, sediento de oro y de confort, pero a la vez exhausto de lasitud y vencido por la lujuria, cansado de la vida, pero con prisa por vivir, aterrorizado por la sola idea de la muerte.

En efecto, entre las dama pensativa, esbelta e indolente de Watteau y la pequeña montmartresa demacrada de Willete median todos los males enfermizos de nuestro tiempo: Saint-Lazare y la prostitución industrializada, Charcot y la Salpêtrière, Schopenhauer y el pesimismo.

Sin mañana (Vivant Denon)

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Maravilloso el principio de este relato, publicado en Francia en 1777, al que por ahora sólo he podido echar un vistazo a la primera frase (para Milan Kundera, la más bella de la prosa francesa). La traducción es de Anne-Hélène Suárez Girard y lo ha editado Atalanta.

"Amaba perdidamente a la condesa de...; yo tenía veinte años, y era ingenuo; ella me engañó, yo me enfadé, ella me abandonó. Yo era ingenuo, la añoré. Yo tenía veinte años, ella me perdonó; y como tenía veinte años, y era ingenuo, todavía engañado, pero aún no abandonado, me creía el amante más amado, por tanto el más feliz de todos los hombres"

Y hoy, ahora, unos días después, hoy y ahora, ahora que lo he leído, no puedo sino confirmar que, no sólo esa primera frase, sino el relato completo es una auténtico tesoro. Una pequeña obra maestra. Uno termina de leerlo y, como no acaba de creer la maravilla que acaba de encontrar -brilla demasiado-, dice: voy a leerlo otra vez, ¡seguro que no es tan bueno! Pero sí. Lo es. Y de hecho podría leerse una docena de veces más porque el relato crece con cada lectura. Porque "Sin mañana", además de ser un deleite en cada párrafo, deja en el cuerpo, al cerrar el libro, la sensación de haber asistido a un escritura única. "Sin mañana"  es como una de esas inolvidables noches de verano que uno vive sin ser consciente de su misterio hasta el momento de la despedida, cuando llega el mañana, el sol, los primeros rayos, y uno de pronto se da cuenta de que tardará tiempo en olvidar esas horas de errancia -acompañado, si es el caso- que acaba de vivir. Y es que así tienen que suceder las cosas. Ser consciente del misterio rompe de inmediato el hechizo de los momentos más intensos de nuestra vida. Cuando uno se pregunta por la vida constamente, no alcanza a vivir del todo.

No escribió mucho más Denon pero ¿y qué? Después de haber escrito un diamante como éste, ¿qué más da? Vivant Denon ardió en este cuento. Leánlo. Léanlo y opinen. Yo ardo con Denon. Envidio a Denon. Admiro a Denon.


A la sombra de las muchachas en flor (Proust)

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Pero si antes hizo juramento de que en cuanto no quisiera a la que entonces él no podía figurarse que sería su mujer le manifestaría implacablemente su indiferencia, sincera al fin, para vengar su orgullo, por tanto tiempo humillado, ahora esas represalias, que podrían efectuarse sin riesgo (porque ¿qué se le daba a él que Odette le cogiera la palabra y le privara de aquellos momentos de intimidad que antes le eran tan necesarios?), ya no le importaban nada: con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor. Y Swann, que cuando sufría por amor de Odette tanto habría deseado hacerle ver que se había enamorado de otra, ahora que podía llevar a logro su deseo tomaba mil precauciones para que su mujer no sospechara de su enamoramiento nuevo.

Ir de viaje

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No hay que confundir los libros que uno lee en un viaje con los que hacen viajar (Breton)

El sobrino de Wittgenstein (de Thomas Berhard)

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(...) Como el noventa por ciento de los hombres, en el fondo quiero estar siempre donde no estoy, allá de donde acabo de huir. Esa fatalidad ha empeorado en los últimos años en lugar de mejorar, y con intervalos cada vez más cortos voy a Viena y vuelvo otra vez a Nathal y desde Nathal a alguna otra ciudad, a Venecia a Roma, y otra de vuelta, a Praga y otra vez de vuelta. Y la verdad es que sólo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz, sólo en el auto y en el viaje soy feliz, soy el más infeliz de los recién llegados que puede imaginarse, llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Soy una de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que van. Hace sólo unos años creía que esa fatalidad enfermiza tendría que conducirme muy pronto, forzosamente, a una locura total, pero no me ha llevado a esa locura total, me ha guardado realmente de esa locura total, de la que durante toda mi vida he tenido el mayor miedo.

(Traducción de Miguel Sáenz; Editorial Anagrama; 1982)

El brigadier y la viuda del golf

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Leí los relatos de Cheever hace dos o tres años. Acababa de alquilar un ático con mi pareja de entonces y recuerdo haber leído los dos tomos sobre una tumbona más bien cutre, al aire libre, y con los pies descalzos sobre una áspera alfombra de césped artificial que habíamos comprado. Ah, y una copita de licor de manzana al alcance. La convivencia duró dos meses; lo que tardé en leer, más o menos, todos los cuentos de Cheever.

Cheever no me entusiasmó así que supongo que tiene poca explicación que estos días haya vuelto a él. O no. Hay libros que no nos gustan y punto y hay libros, por el contrario, que aun sin gustarnos, o aburriéndonos, volvemos a ellos porque algo en la intuición nos dice que perdimos un diamante por el camino. Curiosamente, también hay libros que nos gustan y nos deleitan pero a los que sabemos que no vamos a volver. Son libros que, muy a nuestro pesar, no resisten una segunda lectura. La prueba del algodón.

Ayer leí “La geometría del amor” y esta tarde me puse con “El brigadier y la viuda del golf”. Hago una marca en los relatos que más me gustan para volver a ellos al cabo del tiempo pero éste último ni siquiera tenía un asterisco. Nada de nada. Lo he cogido al azar (me ha gustado el título) y me ha parecido una maravilla.

Dice Cheever en sus diarios (y recuerda Rodrigo Fresán en su prólogo): “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi visión y tomo mi disfraces demasiado en serio”.

Y eso es lo que hace Cheever en este relato (inundado de  soledad, como el resto). Es lo que hace en esa magistral descripción de los tejados de Shady Hill (debajo de cada cual vive una señora consagrada a la caridad y a obtener fondos para la lucha de una enfermedad distinta) y del conglomerado de mentiras que teje y desteje la vida de ese barrio residencial (en donde la infidelidad se permite siempre que no se nombre). Y, sobre todo, me ha fascinado ese refugio antiatómico que el matrimonio Parsten decide construir dentro de su jardín, endeudándose hasta acabar embargados, y que trata de disimular rodeándolo de plantas y enanitos de jardín. Es paradójico ese miedo a la muerte en un matrimonio de mediana edad que ya está, en realidad, desde hace mucho tiempo, muerto. Ese refugio que resulta ser no solo la comidilla sino también la envidia de sus vecinos. Como si todos estuviesen, dentro de su soledad, esperando y deseando el fin del mundo.

Se sentía derrotado. ¿Qué había sido su vida sentimental en aquellos últimos años, excepto una serie de aventuras de una noche, muchas veces deprimentes por añadidura? Pero sin ellas su vida hubiera sido insoportable.

(Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea; Ed. Planeta)

La balada del café triste (Carson McCullers)

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Hoy me he acordado de cuánto me gustó "La balada del café triste" de Carson McCullers. Lo leí en septiembre del año pasado y hay dos relatos en el libro, uno el que da nombre al conjunto, y otro llamado "Un árbol. Una roca. Una nueva", absolutamente fantásticos. Gigantes. Suelo copiar los fragmentos que más me gustan de los libros así que aquí os dejo uno de ellos, perteneciente a la balada. Por cierto, podéis echar un vistazo a lo que Medardo Fraile dice sobre el segundo de los cuentos que he citado aquí: http://www.tresrosasamarillas.com/index.php?id=158.

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante del que estamos hablando no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.

La literatura y el mal (George Bataille)

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Escribió Baudeleire, en sus poemas en prosa, que he terminado de leer estos días: “nunca hay excusas para la maldad, pero hay cierto mérito en saber que se es malo, y el más irreparable de todos los vicios es hacer el mal por bobería”. Baudelaire inauguró el Mal en la literatura –le dio carta de naturaleza- y a partir de su obra, ya no es posible escribir con ingenuidad. Ya no es posible escribir “como si” el ser humano fuera esencialmente bueno y el amor fuera esencialmente amor. Y un cuerno. Baudelaire fue, sobre todo, una actitud y una tormenta de honestidad que nos hizo ver que el mal no es ajeno al hombre o un impulso venido de fuera sino un elemento constitutivo de su naturaleza.

La literatura y el mal. George Bataille realiza en este libro un recorrido por algunos de los autores que han abordado brillantemente el tema del Mal y, entre otros, como no podía ser de otra manera, Baudelaire. En línea con esa cita con la que comenzábamos este articulito, escribe Bataille: “esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una hipermoral”. Y luego, en un magnífico estudio de Cumbres Borrascosas (qué bello título, por cierto, no me había dado cuenta hasta ahora), señala que, mientras que el bien tiene que ver con el interés común, con el cálculo, con la duración, con el porvenir, el mal, el Mal con mayúsculas, es el “arrebato de pura embriaguez”, el puro presente, el goce, el impulso espontáneo de la infancia que arrastra a Heathcliff, el sexo que conjura la muerte, la libertad más radical.

Una persona que cumple irremediablemente con todas las normas no está viva. En psicoanálisis a esa gente se le conoce como normópatas. Claro. ¿Quién no siente cierta empatía con quien se sitúa fuera de la ley? (la hostilidad que a veces sentimos hacia un fuera de la ley tiene que ver mucho más con nuestra propia frustración por falta de atrevimiento). El mal es el signo del instante, dice Bataille, y escribo esto recordando “La pianista”, una grandiosa película de un tal Haneke (disculpen la ignorancia, lo conocí ayer) donde se habla valientemente de temas de los que no se suele hablar. Haneke habla de esa pulsión sádica que –a unos más, a otros menos- arrastra al ser humano, mal que nos pese. Habla de ese deseo de mal, de ese disfrute del mal por el mal. Haneke es una película que como Baudelaire, habla de verdad y no “como si”.

Un francés revolucionario

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Hablo de Descartes. Hoy es moneda frecuente, cuando se quiere denigrar un pensamiento, describirlo como cartesiano. Tú dices: "Vaya tío más cuadriculado. Menudo cartesiano" y como que ya tienes media discusión ganada. Pero lo cierto es que hoy, muchos de nosotros, de Descartes, no tenemos más que una caricatura.

Descartes fue un revolucionario. Se puede leer lo siguiente en la carta que precede a sus meditaciones metafísicas, dirigida a los decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París, y que tenía por finalidad el que la Iglesia aprobara su libro:

" (...) que aunque sea absolutamente verdadero que debe creerse en Dios proque así se enseña en las santas Escrituras, y, aunque por otra parte, se deban creer las santas Escrituras que vienen de Dios (porque siendo la fe un don de Dios, aquello que da la gracia para hacer creer las demás cosas, la puede dar también para hacernos creer que existe), no se podrá, sin embargo, proponer esto a los infieles, que podrán imaginar que se comete en esto la falta que los lógicos llaman círculo vicioso".

Pero la carta fracasó. A la Iglesia no le gusto su libro. Creyó Descartes que la Iglesia iba a aprobar su libro porque demostraba racionalmente la existencia de Dios, lo que suponía, según él mismo justificaba, añadir más cemento a la institución eclesiástico, reforzarla, asegurándose mediante la razón la posibilidad de convencer a los infieles de la existencia de Dios. Porque a los infieles que no creían en las Escrituras, decía Descartes, se les podía convencer de la existencia de Dios con la razón.

Pero nada más lejos. La revolución de Descartes -católico convencido, por cierto- consistió en abrir una primera brecha en el poder monopolístico de la Iglesia, cuyo instrumento de control de la vida pública eran las escrituras (al no existir la libre interpretación, se convertían -como se convierten en muchos países islámicos- en un extraordinaria y fácil control de las normas de conducta). Descartes abrió el camino hacia la libertad de pensamiento. Descartes fue un revolucionario. Nos guste o no somos hijos de él.

El amor según Constantino Bértolo

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No hay nada que le guste más a un enfermo que hablar de su enfermedad con otro enfermo. Si la enfermedad es la misma, la empatía que ambos sienten se parece al amor; las almas enfermas se sienten almas gemelas y el amor es mutuo.

(La cena de los notables; Constantino Bértolo; Ed. Periférica; 2008)

El académico según Cocteau

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El académico es un señor que al morir se convierte en sillón.

El tiempo propio

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Hay numerosos tabúes en el sistema familiar (...). Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propiedad soledad en el mundo. Al parecer no hay muchas madres dispuestas a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos. Se da siempre la necesidad de impedir la triste desesperación del otro, pero en beneficio propio, no del afectado. Ello lleva a una violación de la temporalización, es decir, de la elaboración personal del tiempo, como distinto del simple registro del tiempo del otro, de manera que el sistema necesidad-tiempo de la madre (que es el intermediario más o menos pasivo del sistema necesidad-tiempo de la sociedad global) se impone sobre el niño. Pero éste posiblemente necesite la experiencia en su tiempo o en el de ella, de la frustración, de la desesperación y, por último, de una experiencia de la depresión en toda su plenitud. Según mi experiencia, son muy raros los casos de respeto por el tiempo del otro o por el tiempo que éste necesita tomarse en su relación consigo mismo.

(David Cooper; La muerte de la familia; Ed. Ariel; 1976)

Felicidad: qué bonito nombre tienes.

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Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. (Freud)

Diles que no me maten (de Juan Rulfo)

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Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

Mrs Caldwell habla con su hijo (de Cela)

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Este texto, para Ina. Que seguro que le encanta:

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.

-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.

Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.

Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.

(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)

Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

¡El pez, el pez!

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Comentarios recientes

  • Javi: Sí. Justo. De eso trata el texto. Desgraciadamente, no son más
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  • Mariana: «[...] Todos somos, a nuestro modo, como Siddharta. Quizás no más
  • Natÿ: Genial(periòdico) más
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  • MonkeyA: Un comienzo intensamente sugerente, muy tentador, si el resto del más

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