La vida es sueño

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Esta vida es sueño:

Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; (...) sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.

Qué serenidad se siente cuando uno advierte, sorprendido, que después de unos años de búsqueda personal, ha llegado a ese grado de lucidez desde el que se comprende que la vida es absurda y desordenada. Qué serenidad. Cuando uno deja de buscarle a la vida un sentido o una finalidad y, por lo tanto, acepta que le sea arrancado lo que más quiere y acepta que las cosas empiecen y acaben sin más razón de ser que ellas mismas. Entonces las cosas se aman mientras duran y se aman en su fugacidad. Se mira el dolor con otra perspectiva. Uno aprende incluso a vivir sin angustia ni desesperanza el dolor porque sabe que el dolor es vida.

Estoy enamorado de esta vida sueño. Y como estoy enamorado de ella, me siento posibilidad pura, construcción, ser-en-marcha. Me siento vivo. Y feliz. He llegado a un lugar desde el que, incluso en el tormento, puedo llegar a ser feliz.

De qué hablamos cuando hablamos de... El espectáculo

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En el seno del Espectáculo, como en el de la metrópoli, los hombres nunca tienen la experiencia de acontecimientos concretos sino tan sólo de convenciones, de reglas, de una segunda naturaleza enteramente simbolizada, enteramente construida.

(Teoría del Bloom; Tiqqun; Ed. Melusina; Trad. de Mónica Silvia Nasi)

Leer la mano

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En un día extraño, en el que el ayuntamiento-fama decide cambiar el sentido de la calle de tu casa, y repentinamente encuentras una fila de coches-cronopio en sentido contrario, uno a lo mejor siente necesidad de que lean su mano y adivinen el futuro: ¿volverá a cambiar el ayuntamiento el sentido de la calle? Aloysius Bertrand leyó lo siguiente:

El pulgar es ese gordo tabernero flamenco, de temperamento socarrón y procaz, que fuma delante de su puerta bajo el letro de la doble cerveza de marzo.

El índice es su mujer, una arpía seca como un bacalao que, desde que se levanta por la mañana no hace sino abofetear a su sirvienta, de la que está celosa, y acariciar la botella, de la que está enamorada.

El dedo corazón es el hijo, compañero mal desbastado, que sería soldado de no ser cervecero y que sería caballo de no ser hombre.

El dedo anular es la hija, ágil e irritante Zerbina, que vende encajes a las damas y no vende sus sonrisas a los caballeros.

Y el dedo meñique es el benjamín de la familia, mocoso llorón que siempre va agarrado a la cintura de su madre, como un niño colgado del colmillo de una ogresa.

Los cinco dedos de la mano son el más mirífico alhelí de cinco hojas que jamás haya bordado los parterres de la noble ciudad de Haarlem.

Creo haber leído en algún lugar que este libro sirvió de inspiración a Baudeleire. Y no es de extrañar. Lean si no la poética que colgué hace unos días.

(Gaspard de la Nuit; Artemisa Ediciones; Aut: Aloysius Bertrand; Traducción de Maryse Privat y Fátima Sáinz)

¿De qué hablamos cuando hablamos de... Ricos y pobres?

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Hace pocos días paseaba con una persona que, después de mostrar su admiración por el millonario presidente de un millonario club de fútbol que ha estafado a su ciudad una millonaria cantidad gracias a una millonaria recalificación de terrenos realizada por un millonario -en deudas- ayuntamiento, comenzó a criticar con dureza a los grafiteros porque pintan en las calles sin permiso. Y decía: es que una cosa no tiene que ver con la otra. Y tenía razón, en realidad, porque una cosa no tiene que ver con la otra. Pero he aquí que, unos días después, leo esto de Conrad, quien pone negro sobre blanco lo que yo andaba rumiando:

Después de todo hay algo en el mundo que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar un ronzal. Robar un caballo sin remilgos, muy bien. Hecho está. Quizá pueda montarlo. Pero hay una forma de mirar un ronzal que provocaría la indignación del más caritativo de los santos.

(El corazón de las tinieblas; Joseph Conrad; trad. de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo; Alianza Editorial; 2006)
Leí "La muerte de Ivan Ilich" por primera vez en septiembre de 2007. Curiosamente, tal vez porque mi vida se asemejaba a la del protagonista, me pareció una obra de lo más corriente.  Supongo que me resistía a entender la novela y que prefería pasar por alto un mensaje, en el fondo, tan duro. Sí, me había divertido leyéndola; eso es todo; ya está; punto y final; a otra cosa; a otra novela. Era cuando llevaba un lista de todo lo que leía y me dominaba la idea de alimentar geométricamente esa lista (luego la hice pedazos que fui tirando allá por donde pasaba, pero eso es otro asunto).

El caso es que hace pocos meses, en abril de 2010, después de tres años intensos, los mejores, los más dolorosos, los más emocionantes, los más libres, la volví a leer. Y entonces me produjo pánico. Sí. No exagero. Fue como un puñetazo en plena cara. Lo que se dice una buena ostia. Me invadió un pánico profundo, pero muy íntimo, y verdadero, a la posibilidad -cierta, realmente- de haber estado viviendo hasta entonces la vida según el dictado de los otros, de no haber querido vivir mi vida, en definitiva, y de haber estado -aun siendo tan joven- tan cerca de un final como el de Ilich. Ahora utilizo la novela como una suerte de manual al que recurro esporádicamente, cuando me entran dudas, como un faro que, en su amargura, alumbra:

Se le ocurrió ahora que lo que antes le parecía de todo punto imposible, a saber, que no había vivido su vida como la debía haber vivido, podía en fin de cuentas ser verdad. Se le ocurrió que sus tentativas casi imperceptibles de bregar contra lo que la gente de alta posición social consideraba bueno -tentativas casi imperceptibles que había rechazado inmediatamente- hubieran podido ser genuinas y las otras falsas. Y que su carrera oficial, junto con su estilo de vida, su familia, sus intereses sociales y oficiales... todo eso podía haber sido fraudulento. Trataba de defender todo ello ante su conciencia. Y de pronto se dio cuenta de la debilidad de lo que defendía. No había nada que defender.


Qué horror. Tener la sensación, ya a punto de morir, de no haber vivido tu propia vida. No sé me ocurre una muerte más cruel. Ivan Ilich (¿lo dije antes?) debiera ser un libro de lectura obligatoria en la juventud, cuando uno elige, como escribió Ángel Zapata, entre los propios sueños y los de su familia (y más tarde los del mundo). Creo que también, a este respecto, Lacan dijo algo así: "si tú no deseas, el otro deseará por ti". Pues eso, que después de estos tres años, decía, siento, creo, espero, confío, suplico, haber dejado atrás ese impulso de Ilich, y haber alcanzado algo más parecido al impulso de Marlow:

¡Yo estaba en un error! ¡Ah! Pero algo era poder al menos elegir las propias pesadillas.

Tal vez el impulso de Ilich es una especie de lado oscuro que tenemos todo: ese deseo de dejarse caer, de dejar que los otros deseen por ti, de llevar una vida cómoda, sin complicaciones, sin afrontar los propios deseos. Tal vez es un impulso irrefrenable ante el que solo cabe estar en permanente guardia. "¿Qué significa ser?" "¿Qué significa vivir?" escribí el otro día en la primera página de un libro. No lo sé. Llevo tres años desviviéndome (y desviviendo a otros, algunas veces) por responder a esa pregunta. Y no tiene respuesta, claro que no la tiene. ¿Qué significa ser? Otra vez. ¿Qué significa ser? Nada. Todo. Hoy siento que el ser es al mismo tiempo una inmensidad y un vacío. Se es y no se es simultáneamente. El ser es una intermitencia. Una llama que arde en una habitación cerrada y que un día un débil ráfaga de viento extingue.

Termino. Hay una frase de Beckett que, al leerla, supe que la utilizaría de cita el día que termine mi libro de cuentos. Es de Fin de partida y dice: "¿no estamos a punto de... de... significar algo?" Pues eso, creo que en el fondo toda mi escritura no es sino ese deseo imposible de alcanzar un significado. Escribir tiene que ver con mi identidad y con mi ser. Con mi deseo de ser.

(La muerte de Ivan Ilich; Leon Tolstoi; trad. de Juan López-Morillas; Alianza Editorial; 1995)

(El corazón de las tinieblas; Joseph Conrad; trad. de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo; Alianza Editorial; 2006)

De qué hablamos cuando hablamos de... Morir

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Una de las misiones -¿misiones? no, digamos presupuestos- del artista es su voluntad de ir más allá de los tópicos y de emprenderla, a machetazos si es necesario, contra esas ideas comunes que oscurecen la realidad. Pues bien, miren aquí a Conrad en acción. Miren cómo describe en una pasaje de su novela más famosa la lucha de un hombre con la muerte. Como diría Carver: sin heroísmos, por favor.

Yo he luchado a brazo partido con la muerte. Es la disputa menos emocionante que podáis imaginar. Tiene lugar en una indiferencia impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin el gran deseo de la victoria, sin el gran miedo de la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en tu propio derecho, y todavía menos en el del adversario.

Unas páginas antes, había descrito la selva del siguiente modo:

He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente; pero, ¡por todas las estrellas!, eran demonios fuertes, vigorosos, con los ojos inyectados, que dominaban y manejaban hombres; hombres, os digo. Pero cuando estaba de pie en aquella ladera presentí que, bajo la luz cegadera de aquella tierra, iba a conocer un demonio flácido, pretencioso y de ojos apagados, de una locura rapaz y despiadada.

(El corazón de las tinieblas; Joseph Conrad; trad. de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo; Alianza Editorial; 2006)

Poética de... Aloysius Bertrand

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El arte siempre tiene dos caras antitéticas; es como una medalla que por un lado acusa el parecido con Rembrandt y por el reverso se parece a Jacques Callot. Rembrandt  es el filósofo de barba blanca que se enroolla en su rincón como el caracol, permanece absorto en la meditación y en la oración, cierra los ojos para abstraerse mejor, conversa con espíritus acerca de la belleza, de la ciencia, la sabiduría y el amor, y se consume profundizando en los misteriosos símbolos de la naturaleza. Callot, al contrario, es el lasquenete fanfarrón y procaz que se pavonea en la plaza, arma jaleo en la taberna, acaricia a las hijas de los gitanos, no sabe sino de espadas y escopetas, y cuya única preocupación es lustrarse el bigote.

(Gaspard de la Nuit; Artemisa Ediciones; Aut: Aloysius Bertrand; Traducción de Maryse Privat y Fátima Sáinz)

En defensa de los ociosos

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Hace unos pocos días leí un brevísimo ensayo de Stevenson en el que se elogiaba la ociosidad. Sí. La ociosidad. No la pereza de los indolentes -a los que la vida no les produce nada más que indiferencia-, sino esa sana ociosidad que permite permanecer, sin sentir el menor rastro de inquietud, toda una tarde echado en el Retiro. Siendo. O estando. Y nada más que siendo o estando. Viviendo. Y punto.

Es un texto amable, que se lee tumbado en la cama, y una oda, pienso, a la vida:

"En estos tiempos en los que, por un decreto ley que condena los delitos de lesa-respetabilidad, todos están forzados a entrar en alguna profesión lucrativa y trabajar en ella con un mínimo de entusiasmo, las quejas de la parte opuesta, la que se contenta con tener lo suficiente y que, entretanto, gusta de mirar y disfrutar, tienen un ligero gusto a bravuconada y gasconada. Y, sin embargo, no debería ser así. La así llamada ociosidad, que no consiste en no hacer nada sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes, tiene tanto derecho a mantener su lugar como la laboriosidad misma (...) No hay deber que infravaloremos más que el deber de ser felices. (...) Observad a alguno de vuestros laboriosos colegas durante un momento, os lo ruego. Siembra prisa y recoge indigestión; invierta una gran cantidad de actividad y recibe a cambio, en intereses, unos nervios desquiciados (...) Existe una suerte de muertos en vida, de gente grises, apenas conscientes de estar viviendo de no ser por el ejercicio de alguna ocupación convencional. Dejad a estos hombres en medio del campo o subidlos a bordo de un barco y veréis cómo añoran su escritorio y su despacho. Carecen de curiosidad. No saben abandonarse a las provocaciones del azar; no obtienen placer en el mero ejercicio de sus facultades y, a menos que la necesidad les muela a palos, permanecerán donde ya estén. Es inútil hablar con gente así: jamás podrán estar ociosos, su naturaleza no es lo suficientemente generosas"

Al terminar, me he acordado de un cuento de Hipólito G. Navarro, llamado Inspiración, donde dice:

El hijo entretiene su mirada en el alegre bailoteo de las llamas en el fuego del hogar.  Esa contemplación ensimismada le ocupa todas las horas; hay poco colegio por esas latitudes. No se trata de perder el tiempo, aunque lo parezca, como no se pierde el tiempo si se observa toda una tarde el vaivén del mar golpeando en la costa o el resto de la noche el cuerpo desnudo de la mujer que hemos amado.

Y entonces me he dado cuenta de lo lejos que estamos la mayoría de esa forma de vivir el tiempo -¿o somos unos pocos?- y de lo que cuesta aprender una actitud que, curiosamente, es la más natural de todas.

Hace unos meses fui con mi tío a Marruecos, a Fez, y recuerdo que dijo: "los europeos tenemos relojes; ellos, los marroquíes, el tiempo". Y viendo los rostros de los marroquíes, en una estación de tren perdida en algún lugar, la indiferencia que les producía que el tren llegase con cuatro horas de retraso, y comparándola con el gesto de absoluta incredulidad de tres japoneses desorientados, me dí cuenta de cuánto razón tenía.

Algo hemos perdido por el camino. Algo he perdido yo, al menos. Este ensayo de Stevenson es una crítica tranquila de aquellos que somos incapaces de sentarnos y mirar la vida. Y tal vez por eso me ha sabido un poco amargo.

(En defensa de los ociosos; Robert Louis Stevenson; Gadir; 2009; Traducción de Carlos García Simón)

(Los últimos percances; Hipólito G. Navarro; Seix Barral; 2005)

¡Nadie sabe nada!

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-¡Nadie sabe nada! -dijo el carcelero, preparándose la última pipa de la noche-. Tú no sabes por qué tienes una vaca manchada, yo no sé por qué soy carcelero, la muchedumbre no sabe por qué pide pena de muerte y la tierra no sabe por qué da vueltas. -Y encendió su pipa, que fumó en silencio.

(Fragmento de "La vaca manchada"; Octave Mirbeau; Antología del Decandentismo; Traducción de Claudio Iglesias; Ed. Caja Negra)

El culo redondo de la prostituta

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Cada estilo artístico es, naturalmente, hijo de su tiempo y ciertas épocas, hombres o descubrimientos marcan un punto de inflexión a partir del cual ya no se puede escribir como si nada hubiera pasado. Freud, por ejemplo. No se puede escribir como si Freud no hubiera existido. Por eso se suele quedar vieja e ingenua ese tipo de literatura bestselleriana que ignora, por ejemplo, las pasiones egoístas y los cruelísimos impulsos que a menudo motivan hasta los actos que creemos más generosos (y es que, en general, solemos pensar que somos tipos de lo más geniales).

"En el espacio", de Jean Lorrain, se habla precisamente de uno de estos bellos puntos de inflexión. En este cuento o artículo, contenido en la "Antología del Decandentismo", en cuidada edición de Caja Negra, y con prólogo, selección y traducción de Claudio Iglesias (en definitiva, un libro altamente recomendable), y que os copio por puro disfrute egoísta (y porque es una manera de hacerlo mío) se transparenta con meridiana claridad esa atmósfera histérica de fin de siglo que se dio entre 1880 y 1900, el fin de la confianza en el progreso, el desdén y rabia contra la vida pequeño burguesa y, sobre todo, esa voluptuosidad en la caída (lo dijo Nietzsche muy claro: la decadencia no es la enfermedad sino el deseo de enfermedad).

Allá va. El texo arranca con un poema de Louis Le Cardonnel:

Arrancadas al aquellare loco de París,
Tomando vuelo desde lo alto de negras chimenea,
Allá lejos van las vírgenes, las rosas bajo el cielo blanco.

Así las ha cantado el poeta Louis Le Cardonnel, mientras, desde la otra ribera del río helado, donde sueña Notre-Dame en cuclillas, el París de los tugurios y de los burdeles responde al París de los bailes públicos y de los restaurantes de modo:



Sobreponiéndose a gritos y abucheos
El culo redondo de la prostituta
Brilla para ser visto.
Por los siglos venideros.

¡Modernidad, modernidad!

¿Modernidad? ¿Y a través de la una fantasmal y azulada, cuyo disco gigante agujerea un cielo en grisallas, se trasluce y gesticula una cabeza cortada?

Una cabeza cortada... Aun así hubo algunos osados que vincularon los nombres de Antoine Watteau y Adolphe Willette, osados al punto de comparar la sonrisa estirada de las marquesas del primero, su exquisita indiferencia de grandes damas veneradas, ahítas de homenajes y de galanterías insulsas, con el perfil rígido y el moderno cinismo de suburbio del segundo... Como si entre la melancolía a medias sentida ya medias afectada y la delicadeza de actitud de las peregrinas del Peregrinaje, entre estas payasadas tristes y el rictus nervioso, la mirada fija, los cabellos hirsutos, los contoneos locos y el torbellino de las faldas de las bailarinas del Requiem no mediara toda la fiebre y todo el aliento cadavérico de una civilización carcomida por la neurastenia, todos los estertores de locura de un fin de siglo histérico y hedonista, sediento de oro y de confort, pero a la vez exhausto de lasitud y vencido por la lujuria, cansado de la vida, pero con prisa por vivir, aterrorizado por la sola idea de la muerte.

En efecto, entre las dama pensativa, esbelta e indolente de Watteau y la pequeña montmartresa demacrada de Willete median todos los males enfermizos de nuestro tiempo: Saint-Lazare y la prostitución industrializada, Charcot y la Salpêtrière, Schopenhauer y el pesimismo.

Sin mañana (Vivant Denon)

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Maravilloso el principio de este relato, publicado en Francia en 1777, al que por ahora sólo he podido echar un vistazo a la primera frase (para Milan Kundera, la más bella de la prosa francesa). La traducción es de Anne-Hélène Suárez Girard y lo ha editado Atalanta.

"Amaba perdidamente a la condesa de...; yo tenía veinte años, y era ingenuo; ella me engañó, yo me enfadé, ella me abandonó. Yo era ingenuo, la añoré. Yo tenía veinte años, ella me perdonó; y como tenía veinte años, y era ingenuo, todavía engañado, pero aún no abandonado, me creía el amante más amado, por tanto el más feliz de todos los hombres"

Y hoy, ahora, unos días después, hoy y ahora, ahora que lo he leído, no puedo sino confirmar que, no sólo esa primera frase, sino el relato completo es una auténtico tesoro. Una pequeña obra maestra. Uno termina de leerlo y, como no acaba de creer la maravilla que acaba de encontrar -brilla demasiado-, dice: voy a leerlo otra vez, ¡seguro que no es tan bueno! Pero sí. Lo es. Y de hecho podría leerse una docena de veces más porque el relato crece con cada lectura. Porque "Sin mañana", además de ser un deleite en cada párrafo, deja en el cuerpo, al cerrar el libro, la sensación de haber asistido a un escritura única. "Sin mañana"  es como una de esas inolvidables noches de verano que uno vive sin ser consciente de su misterio hasta el momento de la despedida, cuando llega el mañana, el sol, los primeros rayos, y uno de pronto se da cuenta de que tardará tiempo en olvidar esas horas de errancia -acompañado, si es el caso- que acaba de vivir. Y es que así tienen que suceder las cosas. Ser consciente del misterio rompe de inmediato el hechizo de los momentos más intensos de nuestra vida. Cuando uno se pregunta por la vida constamente, no alcanza a vivir del todo.

No escribió mucho más Denon pero ¿y qué? Después de haber escrito un diamante como éste, ¿qué más da? Vivant Denon ardió en este cuento. Leánlo. Léanlo y opinen. Yo ardo con Denon. Envidio a Denon. Admiro a Denon.


A la sombra de las muchachas en flor (Proust)

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Pero si antes hizo juramento de que en cuanto no quisiera a la que entonces él no podía figurarse que sería su mujer le manifestaría implacablemente su indiferencia, sincera al fin, para vengar su orgullo, por tanto tiempo humillado, ahora esas represalias, que podrían efectuarse sin riesgo (porque ¿qué se le daba a él que Odette le cogiera la palabra y le privara de aquellos momentos de intimidad que antes le eran tan necesarios?), ya no le importaban nada: con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor. Y Swann, que cuando sufría por amor de Odette tanto habría deseado hacerle ver que se había enamorado de otra, ahora que podía llevar a logro su deseo tomaba mil precauciones para que su mujer no sospechara de su enamoramiento nuevo.

Ir de viaje

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No hay que confundir los libros que uno lee en un viaje con los que hacen viajar (Breton)

¿Dónde?

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En la literatura, como en el amor, no cabe el término medio.
O se escribe y se ama con locura; o no se escribe y no se ama.
Quiero más vida. 
Más vida.
¿Dónde?

El sobrino de Wittgenstein (de Thomas Berhard)

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(...) Como el noventa por ciento de los hombres, en el fondo quiero estar siempre donde no estoy, allá de donde acabo de huir. Esa fatalidad ha empeorado en los últimos años en lugar de mejorar, y con intervalos cada vez más cortos voy a Viena y vuelvo otra vez a Nathal y desde Nathal a alguna otra ciudad, a Venecia a Roma, y otra de vuelta, a Praga y otra vez de vuelta. Y la verdad es que sólo sentado en el coche, entre el lugar que acabo de dejar y el otro al que me dirijo, soy feliz, sólo en el auto y en el viaje soy feliz, soy el más infeliz de los recién llegados que puede imaginarse, llegue a donde llegue, en cuanto llego, soy infeliz. Soy una de esas personas que, en el fondo, no soportan ningún lugar del mundo y sólo son felices entre los lugares de donde se marchan o a los que van. Hace sólo unos años creía que esa fatalidad enfermiza tendría que conducirme muy pronto, forzosamente, a una locura total, pero no me ha llevado a esa locura total, me ha guardado realmente de esa locura total, de la que durante toda mi vida he tenido el mayor miedo.

(Traducción de Miguel Sáenz; Editorial Anagrama; 1982)

El brigadier y la viuda del golf

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Leí los relatos de Cheever hace dos o tres años. Acababa de alquilar un ático con mi pareja de entonces y recuerdo haber leído los dos tomos sobre una tumbona más bien cutre, al aire libre, y con los pies descalzos sobre una áspera alfombra de césped artificial que habíamos comprado. Ah, y una copita de licor de manzana al alcance. La convivencia duró dos meses; lo que tardé en leer, más o menos, todos los cuentos de Cheever.

Cheever no me entusiasmó así que supongo que tiene poca explicación que estos días haya vuelto a él. O no. Hay libros que no nos gustan y punto y hay libros, por el contrario, que aun sin gustarnos, o aburriéndonos, volvemos a ellos porque algo en la intuición nos dice que perdimos un diamante por el camino. Curiosamente, también hay libros que nos gustan y nos deleitan pero a los que sabemos que no vamos a volver. Son libros que, muy a nuestro pesar, no resisten una segunda lectura. La prueba del algodón.

Ayer leí “La geometría del amor” y esta tarde me puse con “El brigadier y la viuda del golf”. Hago una marca en los relatos que más me gustan para volver a ellos al cabo del tiempo pero éste último ni siquiera tenía un asterisco. Nada de nada. Lo he cogido al azar (me ha gustado el título) y me ha parecido una maravilla.

Dice Cheever en sus diarios (y recuerda Rodrigo Fresán en su prólogo): “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi visión y tomo mi disfraces demasiado en serio”.

Y eso es lo que hace Cheever en este relato (inundado de  soledad, como el resto). Es lo que hace en esa magistral descripción de los tejados de Shady Hill (debajo de cada cual vive una señora consagrada a la caridad y a obtener fondos para la lucha de una enfermedad distinta) y del conglomerado de mentiras que teje y desteje la vida de ese barrio residencial (en donde la infidelidad se permite siempre que no se nombre). Y, sobre todo, me ha fascinado ese refugio antiatómico que el matrimonio Parsten decide construir dentro de su jardín, endeudándose hasta acabar embargados, y que trata de disimular rodeándolo de plantas y enanitos de jardín. Es paradójico ese miedo a la muerte en un matrimonio de mediana edad que ya está, en realidad, desde hace mucho tiempo, muerto. Ese refugio que resulta ser no solo la comidilla sino también la envidia de sus vecinos. Como si todos estuviesen, dentro de su soledad, esperando y deseando el fin del mundo.

Se sentía derrotado. ¿Qué había sido su vida sentimental en aquellos últimos años, excepto una serie de aventuras de una noche, muchas veces deprimentes por añadidura? Pero sin ellas su vida hubiera sido insoportable.

(Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea; Ed. Planeta)

Tarjetas de visita

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De mi antiguo trabajo aún conservo las tarjetas de visita. Recuerdo ahora que un amigo dijo que en toda las casas hay algo que falta. Y es cierto. He cambiado varias veces de casa en los últimos años pero en todas ellas hay algo que dejé sin hacer. En una casa me olvidé de colocar mi nombre en el buzón (quería irme de allí pronto; odiaba aquella casa). En otra dejé al descubierto un par de cables que colgaba por encima de una puerta y que me había prometido ocultar. En la penúltima jamás compré el televisor. Y en la que hoy vivo llevo un par de meses sin lámparas. Lo curioso es que por alguna razón uno sabe que jamás va a hacer eso que se ha prometido. Sabe que antes se va a largar del lugar. Cuando me hice las tarjetas de visita en aquel trabajo, en el fondo sabía que pronto iba a abandonarlo. Pero, en fin, me hacía ilusión aquello de tener tarjetas de visita. Vaya. Tarjetas de visita. Soy yo el que aparece ahí. Sí. Soy yo. Hoy todavía guardo esos dos paquetes llenos de tarjetas. Nuevos los dos, todavía. Conservo cientos de tarjetas. Era un trabajo que, de seguir adelante, hubiera convertido la escritura en una simple afición. En un recreo. En una actividad de tiempo libre. Hoy utilizo todas esas tarjetas como marcapáginas y como papel donde apuntar las palabras que, cuando leo un libro, me llaman la atención. O para apuntar aquellas palabras que no sé qué diablos significan y que quiero buscar en el diccionario. Ahora son las doce de la noche. Cojo una tarjeta, en una cara leo mi nombre y en el reverso encuentro unas palabras que todavía desconozco. Y doy gracias.

La balada del café triste (Carson McCullers)

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Hoy me he acordado de cuánto me gustó "La balada del café triste" de Carson McCullers. Lo leí en septiembre del año pasado y hay dos relatos en el libro, uno el que da nombre al conjunto, y otro llamado "Un árbol. Una roca. Una nueva", absolutamente fantásticos. Gigantes. Suelo copiar los fragmentos que más me gustan de los libros así que aquí os dejo uno de ellos, perteneciente a la balada. Por cierto, podéis echar un vistazo a lo que Medardo Fraile dice sobre el segundo de los cuentos que he citado aquí: http://www.tresrosasamarillas.com/index.php?id=158.

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en su corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante del que estamos hablando no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.

Arthur Machen

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Este sábado visité la casa de mis padres. La visito de costumbre así que para mí no supone novedad alguna. Este sábado, sin embargo, entré, con la luz apagada, en la que había sid mi habitación de adolescente  y me dí de bruces, de pronto, con un montón de recuerdos. Me vino a la memoria la habitación tal y como había estado decoradada durante años. Ella ahora es el despacho de mi padre pero yo fui capaz de acordarme (con un grado de detalle que ignoraba) de donde tenía colocados la minicadena, los libros y la televisión. Me acordé de las voces del bar de abajo que llegaban hasta la habitación , cuando dejaba la ventana abierta, y de ese olor que tienen las noches en verano. Me acordaba de eso que no se puede fotografiar, ni grabar, ni escribir.  Y de pronto me vi tumbrado en la cama. Me vi todo el tiempo que estuve escayolado, de cuerpo entero, cuando tuve aquel accidente de coche. Y tiré del hilo con fuerza, tiré con fuerza de todos los deseos y miedos que atravesaron todos esos años, y llegué hasta ese sábado.

La adolescencia, o la juventud, dijo Umbral, es una divina vulgaridad. La adolescencia es una aurora, sí, pero también una herida. Hay una dolorosa frustración en esa apertura al mundo que es la adolescencia. Hay un deseo irreprimible, pero imposible de satisfacer, de alcanzar una vida más auténtica. ¿Pero de dónde viene esa idea de una vida más auténtica? Lo ignoro. Sé tan sólo que en mi caso la certeza de que hay una vida que todavía no he alcanzado ha sido y es tan real como la vibración que deja un miembro mutilado. Unos dirán que viene de los orígenes. Algunos psicoanalisistas dirán que el deseo tiene por condición la pérdida y que, por lo tanto, ese deseo tuvo que gozarse en ese tiempo mítico que fue el vientre materno ―ese paraíso perdido― y, así, remitirán a lo umbilical. Yo pienso, con Guillaume de Poitiers, que el paraíso perdido nunca estuvo atrás sino que quedó adelante. Hoy quería escribir de esa violencia sorda que tiene lo ausente. Lo mutilado. Sobre esa sombra de nostalgia que llega a la mirada adulta, cuando nos llenamos de la peor realidad, la realidad más real, como si la hubiésemos metido en un bote de pintura.

Y no he encontrado mejor forma que copiar un maravilloso fragmento de "Un fragmento de vida", de Arthur Machen.

Espero que os guste.

"Así, día tras día, seguía [Darnell] viviendo en ese mundo gris y fantasmal, análogo a la muerte, que de algún modo ha conseguido que le llamemos vida la mayoría de nosotros. A Darnell la verdadera vida le habría parecido una locura y cuando, alguna vez, vagas imágenes y sombras de su esplendor se cruzaban por su camino, él se asustaba y se refugiaba, como él mismo habría dicho, en la sensata "realidad" de los incidentes e intereses comunes y usuales. El absurdo resultaba tal vez más llamativo, porque, en su caso, la "realidad era cosa de cocinas y de ahorrar unos pocos chelines; pero la verdad es que el disparate habría mayor si hubiera tenidoque ver con cuadras de carreras, yates de vapor y muchos miles de libras.

Pero así seguía Darnell un día tras otro, tomando la muerte por vida, la locura por cordura y a fantasmas vagos y errabundos por seres reales. Estaba sinceramente persuadido de que él era un empleado de la City que vivía en Sheperd´s Bush. Y había olvidado los misterios y esplendores del reino que era suyo por legítima herencia".

Pequeños rituales

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Tengo una manía que, de tan ridícula, he acabado enamorándome de ella. Consiste en escoger los libros que me llevo a la cama cuando llega la noche. Tardo, sin exagerar, unos quince minutos en hacerlo. Y debe de ser que soy de natural optimista porque siempre acabo con bastantes entre las manos. O tal vez es que tengo una especie de miedo a que me falten de repente. Sea por lo que sea, acabo siempre con uno de poesía (esta noche, Rilke), con uno de pensamiento (esta noche, Northon Frye), un par de libros de cuentos porque siempre ha de haber antes de dormir (esta noche, Felisberto y Matute) y una novela por si me da por ahí (esta noche, Dickens). Lo más normal es que la cabeza no me dé más que para echar un vistazo a la mitad, y que a partir de la media hora los párpados empiecen a coger peso y caer, pero por alguna razón, noche tras noche, vuelvo a la cama con una buena montaña de libros. Como que me duermo más a gusto sabiendo que los tengo al lado. No sé si la lectura, como dicen, te hace más culto, más libre, o más qué se yo. A mí todo eso me da igual. Me he dado cuenta dado de que todo es tan fácil y misterioso como que los libros tienen que ver, de un modo que todavía desconozco, con mi propia identidad. No sé quién sería yo sin ellos.

¡El pez, el pez!

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Comentarios recientes

  • Gaspard W.: Santo cielo! Tiqqun!!!! Insisto y me repito: Tiqqun!! Estás hecho más
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  • Fili: Sueño es pensar ser. Sueño es vestir traje de cronopio, más
  • uno: (...)No conozco el desierto, aunque he frecuentado su mundo, y más
  • .: (...)No conozco el desierto, aunque he frecuentado su mundo, y más
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  • Javi: Sí. Justo. De eso trata el texto. Desgraciadamente, no son más
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  • alberto vicente: Hola Javi, cierto es lo que dices. Te recomiendo para más
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