Incendios

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De incendio en incendio. Ése fue mi padre. Una mecánica de arder.
En el verano del 74 se inscribió en un cuerpo voluntario de bomberos. Era un cuerpo que organizaba el ayuntamiento para ocupar a los desempleados de la zona. Se encargaban de inspeccionar los bosques de la sierra por turnos.
Ese verano ni siquiera fuimos de vacaciones. A mi padre se le encendían los ojos en cuanto hablaba de los incendios que se iban a producir.
―Nos han dicho que vamos a hacer falta ―comentaba.
Pero que yo recuerde aquél fue el único verano sin incendios. No hubo uno solo. En la radio dijeron que era algo excepcional y, poco a poco, mi padre empezó a saltarse algunos turnos.
Así que un año después enviaron una carta a casa para decirle que había sido expulsado. Fue el año que llegaron juntos todos los incendios. Parecía que la tierra se había puesto de acuerdo para arder. Recuerdo que una madrugada íbamos en coche y a la vuelta de una curva nos encontramos con uno. El incendio estaba en el costado de una montaña cuyos bordes, a causa de la oscuridad, apenas se distinguían del cielo. Era tan pequeño y estaba todo tan negro que allí solo parecía una llamada de auxilio.
―¿Quieres echar un vistazo? ―me preguntó.
Salimos del coche y nos quedamos unos minutos a contemplarlo. Me hubiera gustado escuchar el ruido que hace un incendio pero aquel estaba demasiado lejos. No corría viento. Era algo así como ver arder la propia oscuridad.
―Ponle un nombre ―dijo de repente mi padre.  Las llamas se le reflejaron en los ojos.
―¿Qué?
―Ponle un nombre.
No respondí.
Pero a aquel incendio le puse el nombre de mi padre.
Tardaron varios días en apagarlo.

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Yo ví un incendio de verdad una vez. Era de noche y el fuego pasaba de un lado a otro de la carretera por encima de nuestras cabezas. Era fascinante, las llamas parecían jugar, saltando de arbol en arbol. Los arboles crepitaban y siseaban.
Solo al día siguiente se es consciente de la desolación de deja tras de sí el fuego.

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