Archivos Febrero 2010

Incendios

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De incendio en incendio. Ése fue mi padre. Una mecánica de arder.
En el verano del 74 se inscribió en un cuerpo voluntario de bomberos. Era un cuerpo que organizaba el ayuntamiento para ocupar a los desempleados de la zona. Se encargaban de inspeccionar los bosques de la sierra por turnos.
Ese verano ni siquiera fuimos de vacaciones. A mi padre se le encendían los ojos en cuanto hablaba de los incendios que se iban a producir.
―Nos han dicho que vamos a hacer falta ―comentaba.
Pero que yo recuerde aquél fue el único verano sin incendios. No hubo uno solo. En la radio dijeron que era algo excepcional y, poco a poco, mi padre empezó a saltarse algunos turnos.
Así que un año después enviaron una carta a casa para decirle que había sido expulsado. Fue el año que llegaron juntos todos los incendios. Parecía que la tierra se había puesto de acuerdo para arder. Recuerdo que una madrugada íbamos en coche y a la vuelta de una curva nos encontramos con uno. El incendio estaba en el costado de una montaña cuyos bordes, a causa de la oscuridad, apenas se distinguían del cielo. Era tan pequeño y estaba todo tan negro que allí solo parecía una llamada de auxilio.
―¿Quieres echar un vistazo? ―me preguntó.
Salimos del coche y nos quedamos unos minutos a contemplarlo. Me hubiera gustado escuchar el ruido que hace un incendio pero aquel estaba demasiado lejos. No corría viento. Era algo así como ver arder la propia oscuridad.
―Ponle un nombre ―dijo de repente mi padre.  Las llamas se le reflejaron en los ojos.
―¿Qué?
―Ponle un nombre.
No respondí.
Pero a aquel incendio le puse el nombre de mi padre.
Tardaron varios días en apagarlo.

Un francés revolucionario

| 1 comentario | Categorías: ,Lecturas - Otras peceras
Hablo de Descartes. Hoy es moneda frecuente, cuando se quiere denigrar un pensamiento, describirlo como cartesiano. Tú dices: "Vaya tío más cuadriculado. Menudo cartesiano" y como que ya tienes media discusión ganada. Pero lo cierto es que hoy, muchos de nosotros, de Descartes, no tenemos más que una caricatura.

Descartes fue un revolucionario. Se puede leer lo siguiente en la carta que precede a sus meditaciones metafísicas, dirigida a los decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París, y que tenía por finalidad el que la Iglesia aprobara su libro:

" (...) que aunque sea absolutamente verdadero que debe creerse en Dios proque así se enseña en las santas Escrituras, y, aunque por otra parte, se deban creer las santas Escrituras que vienen de Dios (porque siendo la fe un don de Dios, aquello que da la gracia para hacer creer las demás cosas, la puede dar también para hacernos creer que existe), no se podrá, sin embargo, proponer esto a los infieles, que podrán imaginar que se comete en esto la falta que los lógicos llaman círculo vicioso".

Pero la carta fracasó. A la Iglesia no le gusto su libro. Creyó Descartes que la Iglesia iba a aprobar su libro porque demostraba racionalmente la existencia de Dios, lo que suponía, según él mismo justificaba, añadir más cemento a la institución eclesiástico, reforzarla, asegurándose mediante la razón la posibilidad de convencer a los infieles de la existencia de Dios. Porque a los infieles que no creían en las Escrituras, decía Descartes, se les podía convencer de la existencia de Dios con la razón.

Pero nada más lejos. La revolución de Descartes -católico convencido, por cierto- consistió en abrir una primera brecha en el poder monopolístico de la Iglesia, cuyo instrumento de control de la vida pública eran las escrituras (al no existir la libre interpretación, se convertían -como se convierten en muchos países islámicos- en un extraordinaria y fácil control de las normas de conducta). Descartes abrió el camino hacia la libertad de pensamiento. Descartes fue un revolucionario. Nos guste o no somos hijos de él.

Ahorremos algo de papel

| 3 comentarios | Categorías: ,Textos - Mi pecera
Debiéramos repartir la estupidez con menos prodigalidad. Lo digo en serio. Tanta estupidez acaba por cansar. Como que ya tenemos bastante con nuestra estupidez propia para encima tener que cargar con la estupidez de otros. 

Ojito al parche. Entrevista de un "periodista" de Quimera a una "escritora" premiada con el Josep Pla (iba a omitir el nombre, pero no me da la gana: se llama Llucia Ramis y su novela se titula "Egosurfing", denominación que no sé qué iluminado ha inventado para referirse a esa actividad consistente en teclear tu nombre en el google para ver cuánto de famoso eres; fascinante).

- Periodista:

De la "generación IKEA" al egosurfing. ¿los treintañeros empiezan a tener conciencia de sí mismos?"

- Entrevista:

Empezamos a tener conciencia de nosotros mismos desde pequeños. También descubrimos de pequeños que debemos llamar la atención para que nos hagan caso. Internet es un escaparate donde se exponen las vanidades de quienes quieren provocar una reacción. La busqueda de uno mismo a través del reconocimiento en algo es nuevo, al contrario. Nos vendemos constantemente, y la Red es una desmotración explícita de ello. Somos muy infantiles y estamos orgullosos. Nos tomamos en serio, sin embargo, hacemos un montón de tonterías".

Efectivamente, la entrevistada dice un montón de tonterías. Tonterías decimos todos,  claro, yo el primero, pero me preocupa que los profesionales del discurso público sean casi tan prolíficos en estupideces como yo. Y también me sorprende que repartan su cuota de estupidez con tanta generosidad. Que no se sorprendan.

¿Pero no se debieran caracterizar los periodistas por una mirada algo sútil en vez de valerse en sus entrevistas de tópicos? (ahora el tópico es, ya digo, lo de egosurfing; de repente somos toda una generación de "egosurfings", y si no la somos, pues da igual, que decir en el periódico que los treinteañeros son "egosurfings" queda de lo más espontáneo -otro término sería pedante-)

Pero sobre todo me preocupa lo de la escritora. Reconozco que debe de ser difícil contestar a una pregunta así, pero la respuesta no tiene desperdicio. ¿A nadie más que a mí le llena de irritación que un escritora, profesión a la que se supone una profunda sensibilidad y conocimiento de la psicología y sociedad, describa a todos los treinteañeros como muy infantiles y orgullosos. ¿Ha realizado algún tipo de estudio sociológico? ¿ha preguntado a varios amigos y de ahí ha sacado la conclusión? ¿La ha sacado de los Gran Hermanos y las Operaciones Triunfos? A mí, (y a un par de amigos a los que he preguntado) desde luego, no me ha preguntado y, si me lo permite, la entrevista, le diré que ni soy infantil, ni estoy orgulloso. No me siento orgulloso ni de ella ni de mí mismo. Más bien lo contrario.

Mal vamos si los escritores premiados en nuestro país, lejos de destruir los tópicos y los prejuicios, enemigos mortales de la literatura, se sirven de ellos.  Entonces sí que nos quedamos sin literatura. O, peor, nos quedamos con un sucedáneo que se hace "pasar por". Lo dicho. Que estupideces decimos todos pero, por favor, seamos menos generosos. Quedémos con un poco de estupidez en casa. Ahorremos algo papel.

El amor según Constantino Bértolo

| 1 comentario | Categorías: ,Lecturas - Otras peceras
No hay nada que le guste más a un enfermo que hablar de su enfermedad con otro enfermo. Si la enfermedad es la misma, la empatía que ambos sienten se parece al amor; las almas enfermas se sienten almas gemelas y el amor es mutuo.

(La cena de los notables; Constantino Bértolo; Ed. Periférica; 2008)

¡El pez, el pez!

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Comentarios recientes

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