Libro de viajes

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Mucho más al sur, en la ruidosa ciudad de Ehtabia, tuve ocasión de comprobar lo charlatanes que resultan sus vecinos. Cualquier momento lo creen propicio para reflexionar en voz alta. No hay ciudadano que no tenga a mano un discurso. A menudo un grupo de amigos se reúne en un gran salón y allí se dedican a charlar. Mueven la cabeza porque rara vez escuchan del otro algo que les agrade pero sorprende la tenacidad con la que siguen escuchándose después de tantos años. Un viajero descuidado diría que no ha conocido ciudad más pacífica y dialogante que Ehtabia pero tras una breve estancia se da uno cuenta de lo mal que, en realidad, funciona todo. Es como si hubiese, en verdad, una gran anarquía. El parlamento es un sitio especialmente detestable. En todos estos años, con tanto discurso, no se ha logrado aprobar una sola ley. Claro que parece que nadie echa de menos las leyes. Un hombre en los suburbios me explicó en voz baja: hablar es nuestra manera de mantener el desorden. Pero otro que transportaba un carro con plantas lo desmintió. He vuelto a viajar a esta ciudad hasta en cuatro ocasiones y siempre tengo la impresión de vivir dentro de un teatro.

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