Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

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