Archivos Enero 2010

Reflexiones al calor de un agujero

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Los agujeros son mamíferos a los que les cuesta separarse. Hay que ver. La cantidad de agujeros que tenemos alrededor. Todos los seres con una existencia difícil tienen agujeros. Las lavadoras. Los neumáticos. Los huracanes. Todos estos seres no pueden vivir sin su correspondiente agujero. Hasta los culos tienen agujero. ¿Y qué coño es un agujero? Pues eso: un agujero. Nada. Ni una cosa ni otra.  Hay que joderse. Lo leales que son los agujeros. 

Libro de viajes

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Mucho más al sur, en la ruidosa ciudad de Ehtabia, tuve ocasión de comprobar lo charlatanes que resultan sus vecinos. Cualquier momento lo creen propicio para reflexionar en voz alta. No hay ciudadano que no tenga a mano un discurso. A menudo un grupo de amigos se reúne en un gran salón y allí se dedican a charlar. Mueven la cabeza porque rara vez escuchan del otro algo que les agrade pero sorprende la tenacidad con la que siguen escuchándose después de tantos años. Un viajero descuidado diría que no ha conocido ciudad más pacífica y dialogante que Ehtabia pero tras una breve estancia se da uno cuenta de lo mal que, en realidad, funciona todo. Es como si hubiese, en verdad, una gran anarquía. El parlamento es un sitio especialmente detestable. En todos estos años, con tanto discurso, no se ha logrado aprobar una sola ley. Claro que parece que nadie echa de menos las leyes. Un hombre en los suburbios me explicó en voz baja: hablar es nuestra manera de mantener el desorden. Pero otro que transportaba un carro con plantas lo desmintió. He vuelto a viajar a esta ciudad hasta en cuatro ocasiones y siempre tengo la impresión de vivir dentro de un teatro.

El académico según Cocteau

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El académico es un señor que al morir se convierte en sillón.

El tiempo propio

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Hay numerosos tabúes en el sistema familiar (...). Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propiedad soledad en el mundo. Al parecer no hay muchas madres dispuestas a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos. Se da siempre la necesidad de impedir la triste desesperación del otro, pero en beneficio propio, no del afectado. Ello lleva a una violación de la temporalización, es decir, de la elaboración personal del tiempo, como distinto del simple registro del tiempo del otro, de manera que el sistema necesidad-tiempo de la madre (que es el intermediario más o menos pasivo del sistema necesidad-tiempo de la sociedad global) se impone sobre el niño. Pero éste posiblemente necesite la experiencia en su tiempo o en el de ella, de la frustración, de la desesperación y, por último, de una experiencia de la depresión en toda su plenitud. Según mi experiencia, son muy raros los casos de respeto por el tiempo del otro o por el tiempo que éste necesita tomarse en su relación consigo mismo.

(David Cooper; La muerte de la familia; Ed. Ariel; 1976)

Facebook: eres cruel

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Si se te cuela entre ceja y ceja la idea de desapuntarte del Facebook, y tecleas -tras mucha indecisión y padecimiento- sobre una casilla que dice "desactivar tu cuenta", y confirmas varias veces que sí, coño, que sí, y explicas -porque te obligan a explicarte para pasar a la pantalla siguiente- los motivos de la decisión, y contestas que te "desactivas" simplemente 1) porque te da la gana, 2) porque no te gusta esa orgía publicitaria y onanística donde la gente cuelga libremente fotos suyas y tuyas para que las vea una multitud voyeaur desconocida, 3) porque no entiendes bien la necesidad de la gente de escribir como públicos ciertos comentarios privados  -Ay, Anita, qué guapa estabas este viernes, ¿nos vemos mañana?- o de estar permanentemente contando  qué se hace y qué se te pasa por la cabeza -normalmente no somos nada interesantes-, 4) porque se te han llenado los contactos de antiguos amigos que era mejor que se quedasen en antiguos y 5) -sobre todo- por la sospecha de que un número creciente de gente confunde luchar y manifestarse por algo con escribir una puta frase en el facebook -"ayudemos a Haiti", "no más violencia de género" "no a las minas antipersonales"- cada vez que hay una desgracia en el mundo -que queda muy bien, vale, te hace cool y de colorines y super progre y solidario pero que por lo general es facilona y está destinada a dejar la conciencia tranquila cuando no se ha hecho nada de nada-, si haces todo eso, decía, en la pantalla final Facebook te cuelga una foto de tu novia, de tu hermano y de algún amigo diciendo que te echarán de menos. Ay, facebook, pero qué cruel eres.

Felicidad: qué bonito nombre tienes.

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Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. (Freud)

El jaguar

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Le regalaron un jaguar. A mi padre. Recuerdo que la noche anterior, de la emoción, ni siquiera pudo dormir. Estuvo toda la noche limpiando la cochera. Se frotaba las manos sólo de imaginar allí dentro al jaguar. A la mañana siguiente lo encontramos con su traje de los domingos. Estaba en la puerta de casa. Esperando. Nos dio tanta lástima cuando vimos llegar por fin al jaguar. Por no tener, aquél animalito no tenía ni dientes.

Diles que no me maten (de Juan Rulfo)

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Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

Con el hocico torcido

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Gogol: "No culpes al espejo si tienes el hocico torcido".
Vaya. Pues apañados estamos.
(Manifesto mi profundo hastío: ahora me toca mirar dentro)

Mrs Caldwell habla con su hijo (de Cela)

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Este texto, para Ina. Que seguro que le encanta:

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.

-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.

Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.

Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.

(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)

Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

¡El pez, el pez!

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