Escribió Henry Miller en un apasionado estudio sobre Rimbaud titulado El tiempo de los asesinos que hay “hombres que parecen obligarnos a modificar nuestros métodos de percepción”. A mí me ocurre algo parecido con esa luminosa exploración del interior humano, corriente de música y perfume, que es En busca del tiempo perdido.
“Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Lo dijo el propio Marcel Proust. Y creo que está en lo cierto. Como también lo está, nuevamente, Miller: “un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento”. Un artista debe transparentarse. Sí. Debe constituirse en instrumento del lenguaje. Porque las palabras tienen alma además de sentido. Lo escribió Maupassant con motivo de la muerte de su íntimo amigo Flaubert. Cito de memoria: las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, y algunos escritores, tan sólo le piden un sentido.
La voz de Proust. Yo una vez soñé con esa voz. Fue el verano pasado. Había empezado a leer por segunda vez Por el camino de Swann, llevaba todo el fin de semana echado en el silencio del sofá. Creo que soñé con la escena de los campanarios pero de eso ya no estoy seguro. Antes no tenía la sana costumbre de escribir mis sueños. Y ahora deseo creer que soñé realmente que yo era su voz. Que no era nada más que pura voz ardiendo en un espacio vacío.
Se sueña con la voz de un autor porque, como Umbral decía en Mortal y Rosa, por la mañana, al despertar, le duele a uno el ojo derecho. Y es que “la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Es cierto. La voz de Proust tarda en pasar al cerebro. Es una voz que se queda en la mirada. Uno lee a Proust y antes de asimilarlo, necesariamente lo lleva cuajado en el ojo una larga temporada. Yo todavía miro a mi alrededor, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, con esa pasión exploradora, con esa música y perfume que atraviesa En busca del tiempo perdido, tratando de desvelar en todos ellos a la feroz Madame Verdurin, al estúpido doctor Cottard o al querido Swann.
Ésta es una ciudad de pequeñas locuras. Llueve hacia arriba. Vuelve a llover hacia arriba. Todos los festivos se manifiestan las partículas, hartas como están de la vida subterránea y de que no haya costumbre de llover hacia arriba. Beben aguardiente, danzan en la acera y después saltan y resaltan con la ayuda de trampolines de gomaespuma. Allí, en las nubes, se quedan unas horas. Hasta que el cielo deja de oler a bicicleta. Y cuando es hora de agotarse, dejan caer los toboganes y entonan himnos fúnebres y en ese momento a todos nos parece que ésta sigue siendo una ciudad de pequeñas locuras pero vuelta a su reverso, porque por fin llueve hacia abajo. Vuelve a llover hacia abajo.
24/03/08
"Por fin me había alcanzado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida (...). Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase".
(Ernst Jünguer; Tempestades de acero; Tusquets editores; trad. de Andrés Sánchez Pascual)
Llevaba años frente a una puerta. Yo deseaba cruzarla pero estaba prohibido. Eso pensaba. Un día descubría que era tan sólo mi deseo de entrar lo que me asustaba de ella.
<<¿Ha observado usted cuánto amamos nuestros dolores? Usted se aferra a sus ideas religiosas y yo a mi quimera de estilo que me desgasta cuerpo y alma. Quizá sólo valgamos algo por nuestros sufrimientos, puesto que todos ellos son aspiraciones.
(Extracto de una carta de Flaubert a Leroyer de Chantepie ; 4 de noviembre de 1857; Querida Maestra - Escritoras en la correspondenci a de Gustave Flaubert; Ed. El Olivo Azul; Nov. 2009)
Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.
Mortal y Rosa (Francisco Umbral)
El domingo compré en La Futigitiva, nueva librería-café en Madrid que recomiendo encarecidamente, Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert (ediciones
Periférica). Es un libro que me apetecía leer desde que lo vi en el escaparte. De hecho, es un libro que ya había comprado meses atrás (en otra librería estupenda, Tres Rosas Amarillas, especializada en relato) pero que, por cuestiones del destino (me encontré en un cumpleaños con las manos vacías), tuve que regalar esa misma tarde. .
Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert es un pequeño tratado que reúne dos textos de Guy de
Maupassant sobre su maestro. Ninnguno de los dos autores era partidario de la crítica biográfica tan de moda entonces (recordemos que fueron coetáneos del reconocido crítico literario Saint Beuve, cuyo método de análisis literario consistía en el estudio de la vida de su autor) así que el libro nos desvela apenas un par de episodios de la vida íntima de Flaubert. Episodios, algunos, emocionantes. Como aquél en el que Flaubert conoce a Maupassant, sobrino de un viejo amigo suyo, muerto hace años. Maupassant llama a la puerta de la casa que Flaubert tiene en París y Flaubert al reconocer el extraordinario parecido que une al sobrino con su viejo amigo, se emociona y le pide que le abrace. O aquél otro episodio en que, viejo ya, Flaubert le pide a Maupassant ayuda. Maupassant viaja hasta la casa cerca de Rouen donde Flaubert vivía y allí ve cómo su maestro, después de echar un trago, se pone a quemar aquella parte de su correspondencia que no ha clasificado. Siéntate en el sillón y ponte a leer, le dice Flaubert a Maupassant. Y Maupassant pasa las horas en ese sillón y de vez en cuando escucha largos suspiros y advierte que entre la correspondencia más antigüa de Flaubert hay una cajita con una zapato de mujer y una flor dentro.
Pero episodios aparte, a mí me ha gustado el libro porque refleja perfectamente la pasión que atravesaba la vida de Flaubert. Maupassant describe a Flaubert como un tipo alegre y esencialmente bueno que sentía un amor desbordante y absoluto por las letras. Dice Maupassant: "Las palabras tienen alma. La mayoría de los
lectores, e incluso de los escritores, le piden tan sólo un sentido". No era, desde luego, el caso de su maestro. Flaubert era de los que pedían alma a las palabras. Le apasionaba la búsqueda del ritmo y la sonoridad exacta de cada frase. Decía: "una frase es viable cuando se adecúa a todas las necesidades de la
respiración. Sé que es buena cuando la he leído en voz alta (...) Las
frases mal escritas no resisten esa prueba, oprimen el pecho,
interfieren con los latidos del corazón y se encuentran de ese modo
fuera de las condiciones de vida".
El libro cuenta también con una especie de borrador del diccionario de estupideces que Flaubert se encontraba elaborando (que yo sepa, tan sólo vio la luz el diccionario de tópicos, al cual echo un vistazo cuando ando necesitado de un poco de mala leche e ironía). A Flaubert, lo dice Maupassant, le afecta profundamente la estupidez humana. Pero lo más bello -la verdadera causa por la que escribo esta entrada- para mí ha sido algo tan anecdótico como descubrir que Flaubert se quedaba escribiendo hasta altas horas de la madrugada, gracias a las dos pequeñas lámparas que había en su despacho, y que los marineros que navegaban por el Sena utilizaban las ventanas
iluminadas de su despacho como faro en la noche.
Como un faro en la noche.
¿Qué tipo de manifiesto estético podía hacer Felisberto Hernández, maestro cuentista, etenro desconocido, sino éste que apareció en la revista La Licorne en 1955?
Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y a ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidad propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuento, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.
(Fragmento extraído de los "Ensayos críticos" de Roland Barthes)
Es cierto que los personajes trágicos manifiestan “sentimientos”; pero estos “sentimientos” (orgullo, celos, rencor, indignación) no son en modo alguno psicológicos, en el sentido moderno del término. No son pasiones individualistas nacidas en la soledad de un corazón romántico; el orgullo no es aquí un pecado, un mal maravilloso y complicado; es una falta contra la ciudad, es una desmesura política; el rencor nunca es otra cosa que la expresión de un derecho antiguo, el de la venganza, mientras que la indignación no es más que la reivindicación oratoria de un derecho nuevo, el acceso del pueblo al juicio reprobador de las antiguas leyes. Este contexto político de las pasiones heroicas rige toda su interpretación. El arte psicológico es en principio un arte del secreto, de la cosa a un tiempo oculta y confesada, pues forma parte de la ideología esencialista el representar al individuo como habitado inconscientemente por sus pasiones: de ahí un arte dramático tradicional, que consiste en hacer ver al espectador la interioridad asolada (…) Por el contrario, el arte trágico se funda en una palabra absolutamente literal: en él la pasión no tiene ningún espesor interior, está totalmente extravertida, dirigida hacia su contexto cívico. Un personaje “psicológico” nunca dirá: “soy orgulloso”; Clitemenestra lo dice, y toda la diferencia radica ahí.
Estaba en el campo. Había dejado atrás el salón de actos donde un momento antes celebraba mi graduación. No corría brisa y hacía un día soleado. Pero yo incendiaba una pila de heno.
Estaba en una plaza del centro de la ciudad. Alguien soltaba centenares de globos azules, blancos y rojos. Miles de ellos. Yo me había parado en mitad de la calle para verlos subir. Los globos se juntaban y volaban hacia arriba y poco a poco se iban transformando en un rascacielos. Uno con los colores de la bandera francesa.
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