(Roland Barthes; En el prefacio a "Ensayos críticos"; Editorial Seix Barral)
El escritor no tiene en absoluto que arrancar un verbo al silencio, como se dice en piadosas hagiografías literarias, sino que a la inversa, y cuanto más difícilmente, más cruelmente y menos gloriosamente, tiene que arrancar una palabra segunda del enviscamiento de las palabras primeras que le proporcionan el mundo, la historia, su existencia, en otros términos, un inteligible preexistente a él, ya que él viene a un mundo lleno de lenguaje, y no queda nada real que no esté clasificado por los hombres: nacer no es más que encontrar ese código ya enteramente hecho y tener que adaptarse a él. A menudo se oye decir que el arte tiene por misión expresar lo inexpresable: habría que decir lo contrario (sin ninguna intención de paradoja): toda la tarea del arte consiste en inexpresar lo expresable, arrebatar a la lengua del mundo, que es la pobre y poderosa lengua de las pasiones, una palabra distinta, una palabra exacta (…) Quien quiera escribir con exactitud debe pues trasladarse a las fronteras del lenguaje, y así es como escribirá verdaderamente para los demás. Las escuelas y las épocas fijan en la comunicación literaria una zona vigilada, limitada de un lado por la obligación de un lenguaje variado y del otro por el cerramiento de esta variación bajo formad de un cuerpo reconocido de figuras; esta zona –vital- se llama la retórica.
El escritor no tiene en absoluto que arrancar un verbo al silencio, como se dice en piadosas hagiografías literarias, sino que a la inversa, y cuanto más difícilmente, más cruelmente y menos gloriosamente, tiene que arrancar una palabra segunda del enviscamiento de las palabras primeras que le proporcionan el mundo, la historia, su existencia, en otros términos, un inteligible preexistente a él, ya que él viene a un mundo lleno de lenguaje, y no queda nada real que no esté clasificado por los hombres: nacer no es más que encontrar ese código ya enteramente hecho y tener que adaptarse a él. A menudo se oye decir que el arte tiene por misión expresar lo inexpresable: habría que decir lo contrario (sin ninguna intención de paradoja): toda la tarea del arte consiste en inexpresar lo expresable, arrebatar a la lengua del mundo, que es la pobre y poderosa lengua de las pasiones, una palabra distinta, una palabra exacta (…) Quien quiera escribir con exactitud debe pues trasladarse a las fronteras del lenguaje, y así es como escribirá verdaderamente para los demás. Las escuelas y las épocas fijan en la comunicación literaria una zona vigilada, limitada de un lado por la obligación de un lenguaje variado y del otro por el cerramiento de esta variación bajo formad de un cuerpo reconocido de figuras; esta zona –vital- se llama la retórica.

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