Hace unas semanas fui a la Casa del Libro a comprar un ensayo sobre Proust. La vendedora me preguntó si podía deletrear el nombre de tan desconocido autor. Y luego, viendo en catálogo que el libro que pedía estaba agotado, me respondió que era un libro demasiado antiguo. La fecha de edición era de 1987.
Cada tres o cuatro días recibo un mensaje de texto de Orange. Me informan del número de puntos de que dispongo para renovar mi teléfono. El móvil lo adquirí con ellos, así que la compañía sabe que tiene menos de un año y medio. Se trata, según deduzco de sus llamadas, de un teléfono excesivamente antiguo que ya necesito renovar.
Han tirado abajo muchas aceras de Madrid. Después de una semana de obras, en lo que viene a ser una especie de cirugía estética del espacio urbano, es fácil darse cuenta de que lo único que han hecho es sustituir un pavimento que se conservaba bien por otro más nuevo. Han tirado abajo la Plaza de Callao pero, como en la Plaza de Luna, o en la plaza de Jacinto Benavente, no han puesto, ni creo que el alcalde tenga previsto poner, un banco donde sentarse. Al contrario, hay colocadas en los maceteros de los árboles unas pequeñas verjas para evitar que la gente se siente.
Todo esto viene a cuento de que ayer terminé de leer “Mentira romántica y verdad novelesca”, de René Girard. Dice Girard que el sujeto moderno ha renunciado a la prerrogativa de escoger su objeto de deseo. Nuestro deseo se encuentra mediado por el Otro. Pero es un tipo de mediación, la de hoy, además, interna. Es decir, que donde antes había una persona a la que se admiraba conscientemente, una persona que mediaba externamente en la elección de nuestros deseos, existiendo la posibilidad de renunciar a esa admiración y sustituirla por otra, hoy nuestros deseos son mediados internamente por el Otro sin que nosotros mismos seamos o queramos ser conscientes de ellos. Nos creemos libres y espontáneos y, al contrario, nuestros deseos en estas sociedades libres y democráticas se encuentran más condicionados que nunca.
Y qué mejor herramienta de mediación, hoy, que la publicidad. Se dice en “De la miseria en el medio publicitario”: el poder publicitario no pasa por la ley y la prohibición, sino por el modelo y la incitación. Influenciar a alguien es hacerle hacer algo de tal modo que tenga la impresión de hacerlo espontáneamente. Y es cierto. Qué duda cabe que, llamada tras llamada, uno cada vez se va convenciendo de que el teléfono que tiene es algo antiguo. El día que cambie de teléfono, lo haré convencido de que es una decisión espontánea y libre. Para Stendhal todo esto no era más que la vanidad del hombre moderno. Venía a decir: para que un vanidoso desee un objeto basta con convencerle de que este objeto es deseado por un tercero que tenga, a sus ojos prestigio.
Hace aproximadamente un año asistí a una reunión de trabajo en la que varias empresas nos presentaban a nosotros, funcionarios públicos, cómo debía funcionar la administración pública del siglo XXI. Cuando escuché que describían al hombre del siglo XXI como el “hombre consumidor”, me entraron náuseas y me marché y hoy, cuando cierro las páginas de “De la miseria en el medio publicitario”, me quedo con las dos siguientes frases: “gasto, luego existo. Hoy las marcas se han convertido en vectores de identificación. Comprar un producto es comprar una identidad, tanto más, sin duda, que una utilidad”. Que quien compra unas zapatilla Nike compra algo más que unas zapatillas, de eso no cabe duda.
Pero, honestamente: tenemos que estar llenos de miedo, y sentir un asco inimaginable por nosotros mismos, para haber llegado hasta este extremo.
El título de la entrada está cogido del subtítulo de un periódico francés de principios de s. XXObras citadas:1.Mentira romántica y verdad novelesca; René Girard; ed. Anagrama; 1985
2.De la miseria humana en el medio publicitario; Grupo Marcuse; Ed. Melusina; 2006
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