Esta maravilla de texto, que he recordado a partir de un escrito de una amiga, es de Richard Ford. Lo podéis encontrar en el relato titulado "Resignación", dentro de su libro "Pecados sin cuento". Me emocioné cuando lo leí, me emociono cuando lo leo hoy y seguiré emocionándome cuando lo lea pasado mañana.
Nueva Orleáns produce hombres como mi padre, o los producía: hombres que frecuentan un club, deportistas de raqueta, diestros marineros en días tranquilos, episcopalianos tolerantes y progresistas, con buena educación y modales innatos, pero con sus secretos. Esos hombres, cuando te los encuentras por la calle o en alguna cena en los barrios altos, parecen los tipos más increíbles que has visto en tu vida. Te entran ganas de llamarlos al día siguiente y quedar con ellos. Parece que desde siempre hubieras sabido que existían, que hubieran estado siempre presentes en la ciudad, pero que hasta entonces no hubieras visto a muchos, sólo alguno aquí y allá. Parecen exóticos, y tu corazón se ensancha al pensar en el inicio de una larga amistad y en que tu vida mundana va a dar un giro inesperado, y para bien. De modo que los llamas y te ves con ellos. Te vas a pescar con mosca delante de Pointe a la Hache. Organizas una cena y conoces a sus bellas esposas. Almorzáis juntos, con calma, en Antoine´s o en Commander´s y decidís repetir la experiencia cada semana de por vida. Sin embargo, al final de uno de sus almuerzos, notas algo raro. De pronto, surge un silenico, y vuestras miradas se encuentran de una manera que podría indicar una profunda complicidad humana a la que nunca deberás referirte. Pero lo que ves, de repente —y es algo tan repentino como fugaz— es a ese hombre lejos, muy lejos de ti, tan lejos, de hecho, que ni siquiera es capaz de calcular la distancia que os separa. Puede que haya una sonrisa en su cara. Puede que incluso acabe de hacer un comentario incisivo, agradable o halagador sobre ti. Pero entonces surge la conciencia de esa lejanía, de esa enorme lejanía, y sabes que no significas nada para él y que, probablemente, nunca volverás a verle, no vale la pena ni molestarse. O, si le ves por casualidad, cruzarás la calle sin esperar a llegar al paso de peatones, buscarás una salida en algún comedor abarrotado, te quedarás sentado más de lo que te apetece en el asiento de tu coche para darle tiempo a doblar la esquina o desaparecer en el mismísimo edificio que he mencionado antes. Le evitarás. Y no es que haya en él nada malo, nada desagradable o imperfecto. Nada sexual. Es sólo que sabes que no es para ti. Y que eso es todo. Es muy sencillo. Aunque es más complicado cuando el hombre en cuestión es tu padre.
Nueva Orleáns produce hombres como mi padre, o los producía: hombres que frecuentan un club, deportistas de raqueta, diestros marineros en días tranquilos, episcopalianos tolerantes y progresistas, con buena educación y modales innatos, pero con sus secretos. Esos hombres, cuando te los encuentras por la calle o en alguna cena en los barrios altos, parecen los tipos más increíbles que has visto en tu vida. Te entran ganas de llamarlos al día siguiente y quedar con ellos. Parece que desde siempre hubieras sabido que existían, que hubieran estado siempre presentes en la ciudad, pero que hasta entonces no hubieras visto a muchos, sólo alguno aquí y allá. Parecen exóticos, y tu corazón se ensancha al pensar en el inicio de una larga amistad y en que tu vida mundana va a dar un giro inesperado, y para bien. De modo que los llamas y te ves con ellos. Te vas a pescar con mosca delante de Pointe a la Hache. Organizas una cena y conoces a sus bellas esposas. Almorzáis juntos, con calma, en Antoine´s o en Commander´s y decidís repetir la experiencia cada semana de por vida. Sin embargo, al final de uno de sus almuerzos, notas algo raro. De pronto, surge un silenico, y vuestras miradas se encuentran de una manera que podría indicar una profunda complicidad humana a la que nunca deberás referirte. Pero lo que ves, de repente —y es algo tan repentino como fugaz— es a ese hombre lejos, muy lejos de ti, tan lejos, de hecho, que ni siquiera es capaz de calcular la distancia que os separa. Puede que haya una sonrisa en su cara. Puede que incluso acabe de hacer un comentario incisivo, agradable o halagador sobre ti. Pero entonces surge la conciencia de esa lejanía, de esa enorme lejanía, y sabes que no significas nada para él y que, probablemente, nunca volverás a verle, no vale la pena ni molestarse. O, si le ves por casualidad, cruzarás la calle sin esperar a llegar al paso de peatones, buscarás una salida en algún comedor abarrotado, te quedarás sentado más de lo que te apetece en el asiento de tu coche para darle tiempo a doblar la esquina o desaparecer en el mismísimo edificio que he mencionado antes. Le evitarás. Y no es que haya en él nada malo, nada desagradable o imperfecto. Nada sexual. Es sólo que sabes que no es para ti. Y que eso es todo. Es muy sencillo. Aunque es más complicado cuando el hombre en cuestión es tu padre.

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