Una oficina de contabilidad

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En el Coliseo le digo a Ben que los leones devoraban a los cristianos, aunque creo que no es verdad. Me asombran los inmensos arcos exteriores, aunque no me embarga la sensación del pasado como me sucedió en una oficina de contabilidad de Portsmouth. Nos esforzamos por sentir la presencia de los romanos y luego acariciamos a un gato callejero.

(Diarios; John Cheever; Editorial Emecé; pág. 106)

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