La loca historia del mundo

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La loca historia del mundo
Michel Bounan
Ed. Melusina (SIC)



Ortega y Gasset diferenció entre ideas –que se tienen- y creencias –en las que se está-: “De las ideas podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas”. Lo que no ocurre con las creencias. Las creencias nos tienen. Están “en nosotros, pero no en forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento”. “Son nuestro mundo y nuestro ser”. Desde ellas, digamos, pensamos las ideas.



La idolatría del trabajo y la pasión por la acumulación –del progreso entendido como más y más y más- forman parte de ese invisible mundo de las creencias. Y son, además, creencias tan arraigadas en el individuo occidental (individuo al que el trabajo, supuestamente, hará libre; individuo que denomina a sus vecinos, con una soberbia y egocentrismo incomparable, países en vías de desarrollo) que el lector no puede menos que sorprenderse cuando a algún despistado y terrorista ideológico llamado Michel Bounan se le ocurre ponerlas en tela de juicio. Vaya. Como si la idea de la de aumentar la cuenta de beneficios y la de saber más inglés y la de conducir el coche más rápido y la de estar más guapo no tuviesen alcance universal.

¿Pero es que eso no vale para todos los pueblos? Pregunta la señora apoyada en la barra del bar.

Pues va a ser que no.

Se dice que uno de cada cuatro europeos padece de problemas mentales inconfundibles. Pues bien, en la loca historia del mundo, Michel Bounan relata, desde una perspectiva psiquiátrica, la trágica evolución de una Europa insaciable. De una Europa neurótica. De una Europa ávida de propiedades que llenen el vacío, obcecada por un progreso y una tecnología ciega. Y esta perspectiva psiquiátrica viene a cuento, sí. Se podría volver a Ortega, con aquello de verdad y perspectiva, pero me remito simplemente al autor: “la historia de la humanidad no versa solamente sobre su desarrollo técnico o su “progreso” en todos los ámbitos, ni siquiera incluso sobre instituciones y sus revoluciones. También versa sobre sus locuras colectivas, que son las que han permitido ese desarrollo y otras instituciones”.

Hoy el individuo es un átomo. Un consumidor despiadado, vigilante, desamparado.  Y la sociedad, desafortunadamente una acumulación de individuos. Por eso es tan complicado entender al hombre antiguo. Dice Bounan que las “condiciones de la muerte de Sócrates (…) ya son prácticamente incomprensibles para el espíritu moderno”. Pero qué decir del maravilloso párrafo de los ensayos de Montaigne en el que relata, con asombro, a raíz de una visita de tres amerindios a Francia, que en la lengua de esos indios a los hombres se les designa como mitades los unos de los otros.

Mitades los unos de los otros.

Qué lindo.

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