Archivos Junio 2009

arder

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De incendio en incendio

ése soy yo

Una mecánica de arder

El espacio

entre dos ideas

Diccionario con luz (letra E)

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ESCRITURA: Es una herida. Una ruptura. El miedo. El miedo a la estepa. El miedo a esa estepa helada con la que se sueña de niño. La estepa habitada por la huella de los límites. La escritura es el miedo a separarse. El miedo a ese profundo deseo de no volver.

Diccionario con luz (letra V)

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VÉRTICES: en ellos muere el aliento sagrado de las bestias. Son enemigos de los vigilantes del hielo. Los vigilantes de hielo hablan su idioma.

La loca historia del mundo

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La loca historia del mundo
Michel Bounan
Ed. Melusina (SIC)



Ortega y Gasset diferenció entre ideas –que se tienen- y creencias –en las que se está-: “De las ideas podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas”. Lo que no ocurre con las creencias. Las creencias nos tienen. Están “en nosotros, pero no en forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento”. “Son nuestro mundo y nuestro ser”. Desde ellas, digamos, pensamos las ideas.



La idolatría del trabajo y la pasión por la acumulación –del progreso entendido como más y más y más- forman parte de ese invisible mundo de las creencias. Y son, además, creencias tan arraigadas en el individuo occidental (individuo al que el trabajo, supuestamente, hará libre; individuo que denomina a sus vecinos, con una soberbia y egocentrismo incomparable, países en vías de desarrollo) que el lector no puede menos que sorprenderse cuando a algún despistado y terrorista ideológico llamado Michel Bounan se le ocurre ponerlas en tela de juicio. Vaya. Como si la idea de la de aumentar la cuenta de beneficios y la de saber más inglés y la de conducir el coche más rápido y la de estar más guapo no tuviesen alcance universal.

¿Pero es que eso no vale para todos los pueblos? Pregunta la señora apoyada en la barra del bar.

Pues va a ser que no.

Se dice que uno de cada cuatro europeos padece de problemas mentales inconfundibles. Pues bien, en la loca historia del mundo, Michel Bounan relata, desde una perspectiva psiquiátrica, la trágica evolución de una Europa insaciable. De una Europa neurótica. De una Europa ávida de propiedades que llenen el vacío, obcecada por un progreso y una tecnología ciega. Y esta perspectiva psiquiátrica viene a cuento, sí. Se podría volver a Ortega, con aquello de verdad y perspectiva, pero me remito simplemente al autor: “la historia de la humanidad no versa solamente sobre su desarrollo técnico o su “progreso” en todos los ámbitos, ni siquiera incluso sobre instituciones y sus revoluciones. También versa sobre sus locuras colectivas, que son las que han permitido ese desarrollo y otras instituciones”.

Hoy el individuo es un átomo. Un consumidor despiadado, vigilante, desamparado.  Y la sociedad, desafortunadamente una acumulación de individuos. Por eso es tan complicado entender al hombre antiguo. Dice Bounan que las “condiciones de la muerte de Sócrates (…) ya son prácticamente incomprensibles para el espíritu moderno”. Pero qué decir del maravilloso párrafo de los ensayos de Montaigne en el que relata, con asombro, a raíz de una visita de tres amerindios a Francia, que en la lengua de esos indios a los hombres se les designa como mitades los unos de los otros.

Mitades los unos de los otros.

Qué lindo.

Peligro de los programas de televenta

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Mi marido tiene insomnio. Eso dice el médico. Dice que tengo que ayudarle. Y te lo dice con una serenidad y un buen corazón que te entran ganas, como poco, de estrangularle allí mismo. Porque lo que no comprende el señor-médico es que, aunque mi marido tiene insomnio, a mí, en realidad, lo que me preocupa es su afición a los programas de televenta. Estos programas en que un par de chicas jóvenes y con el vientre liso te anuncian un juego de cuchillos inoxidables. Mi marido se pasa las horas, con los ojos como platos, tragándose uno tras otro. Se los sabe de memoria. Y, claro, a veces, pues compra. Qué se yo. Compra una plancha de última generación o uno de esos tostadores digitales. Y hasta ahí, vale. Le sigo la corriente. Utilizo la plancha, el tostador o lo que se precie. Porque aunque el médico no me crea, yo, a mi modo, intento ayudarle con esto del insomnio. O, por lo menos, lo intentaba. Porque lo que ahora ocurre es que ha sintonizado con la parábolica un programa de televenta de algún país árabe y se ha aficionado a comprar cosas de allá. ¿Qué cosas? Pregunta el médico. Pues cosas, hijo mío, como un tablón de clavos. Uno de esos tablones que utilizan los faquires para impresionar a los mirones. Con cerca de cuarenta clavos. Todos ellos más afilados que una jeringuilla. Mi marido insiste en dormir sobre él pero en esto, de una vez, que lo ayude el médico.

Las grandes palabras

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Ahí tenemos a Joyce. Que dice, en el Ulises, por boca de Stephen: "me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices. Se fueron los grandes pero quedaron las grandes palabras". Eso Joyce. Proust, por su parte, a propósito de Madame Bovary, escribe "Seamos, pues, vulgares en la elección del asunto, dado que al elección de un asunto demasiado grande es una impertinencia para el lector del siglo XIX". Y luego tenemos Auschwitch. Ya se sabe. Adorno dixit. "No hay poesía después de Auschwitch".

Entonces, ¿qué nos queda?

Nos queda Richard Ford. Su relato "Great Falls".

Lo nunca dicho sobre Hansel y Gretel.

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¡Malditos hermanos Grimm! ¿Qué clase de monstruosa historia se atrevieron a contarnos cuando éramos niños? ¿Qué pretendían? ¿Llenarnos de angustia y de miedo hasta el día de nuestra muerte?

Albergo serias dudas sobre la versión que conocemos de Hansel y Gretel.

Vamos a ver, para empezar: ¿por qué el padre, si tanto quiere a sus hijos, se deja convencer por la madrastra? En serio: ¿es que un padre que adora a sus retoños, como trata de vendernos el cuento, es capaz de abandonarlos en el bosque simplemente porque su mujer se lo propone? Que una cosa es quedarse sin ver el partido del domingo para que la compañera no se enfade y otra bien distinta es abandonar a tus vástagos en un lugar lleno de lobos. Yo no me creo que haya nadie tan calzonazos. Además, vive en un bosque. Los bosques están llenos de animales. ¿Tan difícil es encontrar comida para cuatro? ¿Con tan poca habilidad se conduce un leñador en el bosque?

Lo más grave llega ahora. El muy veleta no sólo se deja convencer una vez sino dos. ¡Dos veces! La primera, vale, cuela, te puedes creer que el buen hombre se ha equivocado, se ha dejado convencer por la lengua de serpiente de su mujer, pero la segunda ¿qué? ¿Es que acaso la alegría que había mostrado cuando Hansel y Gretel encontraban la casa, gracias a lo de las migas de pan, era en realidad más falsa que un párrafo del Código da Vinci? El sujeto en cuestión los abraza y llora de alegría y poco tiempo después se vuelve a dejar convencer y les vuelve a abandonar. Hay que joderse. ¿Pero qué adulto se va a creer esto?

Por desgracia no termina ahí. Los niños acaban en la casa de aquella vieja bruja que pretende convertirlos en chocolate y devorarlos (esto vale por todos los litros de sangre que se derraman en los dibujos animados de hoy). Vale, supongamos que el padre no tiene nada que ver en todo esto. Que no tenía ninguna clase de trato con esa bruja. El cuento cuenta que los niños escapan, encuentran nuevamente su casa y todos contentos ¿Pero por qué? Porque llegan cargados de todo las piedras preciosas que le han robado a la pobre vieja. Vamos, que vuelven millonarios. El padre finge una alegría inmensa al verles pero ¿alguien tiene claro que se hubiera alegrado igualmente si sus hijos hubieran vuelto con las manos y los bolsillos vacíos? ¿No es lícito dudar de su honradez? Es más. Da la impresión de que en este punto del cuento falta un cacho. Sí, un cacho. De repente el padre cuenta que la madrastra ha muerto. ¿De qué? ¿Cuándo? Nadie sabe nada. Nadie cuenta nada. Da la impresión de que al padre se le acaba de ocurrir lo de su muerte. ¿No será que el padre, al ver de lejos a sus hijos aparecer con tanto dinero, ha llevado a su mujer a la parte de atrás de la casa para estrangularla y así no tener que compartir semejante fortuna? ¿No será que el padre mintió descaradamente cuando dijo que ella era madrastra? ¿No puede ser que era él el padrastro?

¡Ah, malditos hermanos Grimm! ¡Les arrancaría la piel a tiras!

¡El pez, el pez!

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