Incendios

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De incendio en incendio. Ése fue mi padre. Una mecánica de arder.
En el verano del 74 se inscribió en un cuerpo voluntario de bomberos. Era un cuerpo que organizaba el ayuntamiento para ocupar a los desempleados de la zona. Se encargaban de inspeccionar los bosques de la sierra por turnos.
Ese verano ni siquiera fuimos de vacaciones. A mi padre se le encendían los ojos en cuanto hablaba de los incendios que se iban a producir.
―Nos han dicho que vamos a hacer falta ―comentaba.
Pero que yo recuerde aquél fue el único verano sin incendios. No hubo uno solo. En la radio dijeron que era algo excepcional y, poco a poco, mi padre empezó a saltarse algunos turnos.
Así que un año después enviaron una carta a casa para decirle que había sido expulsado. Fue el año que llegaron juntos todos los incendios. Parecía que la tierra se había puesto de acuerdo para arder. Recuerdo que una madrugada íbamos en coche y a la vuelta de una curva nos encontramos con uno. El incendio estaba en el costado de una montaña cuyos bordes, a causa de la oscuridad, apenas se distinguían del cielo. Era tan pequeño y estaba todo tan negro que allí solo parecía una llamada de auxilio.
―¿Quieres echar un vistazo? ―me preguntó.
Salimos del coche y nos quedamos unos minutos a contemplarlo. Me hubiera gustado escuchar el ruido que hace un incendio pero aquel estaba demasiado lejos. No corría viento. Era algo así como ver arder la propia oscuridad.
―Ponle un nombre ―dijo de repente mi padre.  Las llamas se le reflejaron en los ojos.
―¿Qué?
―Ponle un nombre.
No respondí.
Pero a aquel incendio le puse el nombre de mi padre.
Tardaron varios días en apagarlo.

Un francés revolucionario

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Hablo de Descartes. Hoy es moneda frecuente, cuando se quiere denigrar un pensamiento, describirlo como cartesiano. Tú dices: "Vaya tío más cuadriculado. Menudo cartesiano" y como que ya tienes media discusión ganada. Pero lo cierto es que hoy, muchos de nosotros, de Descartes, no tenemos más que una caricatura.

Descartes fue un revolucionario. Se puede leer lo siguiente en la carta que precede a sus meditaciones metafísicas, dirigida a los decanos y doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París, y que tenía por finalidad el que la Iglesia aprobara su libro:

" (...) que aunque sea absolutamente verdadero que debe creerse en Dios proque así se enseña en las santas Escrituras, y, aunque por otra parte, se deban creer las santas Escrituras que vienen de Dios (porque siendo la fe un don de Dios, aquello que da la gracia para hacer creer las demás cosas, la puede dar también para hacernos creer que existe), no se podrá, sin embargo, proponer esto a los infieles, que podrán imaginar que se comete en esto la falta que los lógicos llaman círculo vicioso".

Pero la carta fracasó. A la Iglesia no le gusto su libro. Creyó Descartes que la Iglesia iba a aprobar su libro porque demostraba racionalmente la existencia de Dios, lo que suponía, según él mismo justificaba, añadir más cemento a la institución eclesiástico, reforzarla, asegurándose mediante la razón la posibilidad de convencer a los infieles de la existencia de Dios. Porque a los infieles que no creían en las Escrituras, decía Descartes, se les podía convencer de la existencia de Dios con la razón.

Pero nada más lejos. La revolución de Descartes -católico convencido, por cierto- consistió en abrir una primera brecha en el poder monopolístico de la Iglesia, cuyo instrumento de control de la vida pública eran las escrituras (al no existir la libre interpretación, se convertían -como se convierten en muchos países islámicos- en un extraordinaria y fácil control de las normas de conducta). Descartes abrió el camino hacia la libertad de pensamiento. Descartes fue un revolucionario. Nos guste o no somos hijos de él.

Ahorremos algo de papel

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Debiéramos repartir la estupidez con menos prodigalidad. Lo digo en serio. Tanta estupidez acaba por cansar. Como que ya tenemos bastante con nuestra estupidez propia para encima tener que cargar con la estupidez de otros. 

Ojito al parche. Entrevista de un "periodista" de Quimera a una "escritora" premiada con el Josep Pla (iba a omitir el nombre, pero no me da la gana: se llama Llucia Ramis y su novela se titula "Egosurfing", denominación que no sé qué iluminado ha inventado para referirse a esa actividad consistente en teclear tu nombre en el google para ver cuánto de famoso eres; fascinante).

- Periodista:

De la "generación IKEA" al egosurfing. ¿los treintañeros empiezan a tener conciencia de sí mismos?"

- Entrevista:

Empezamos a tener conciencia de nosotros mismos desde pequeños. También descubrimos de pequeños que debemos llamar la atención para que nos hagan caso. Internet es un escaparate donde se exponen las vanidades de quienes quieren provocar una reacción. La busqueda de uno mismo a través del reconocimiento en algo es nuevo, al contrario. Nos vendemos constantemente, y la Red es una desmotración explícita de ello. Somos muy infantiles y estamos orgullosos. Nos tomamos en serio, sin embargo, hacemos un montón de tonterías".

Efectivamente, la entrevistada dice un montón de tonterías. Tonterías decimos todos,  claro, yo el primero, pero me preocupa que los profesionales del discurso público sean casi tan prolíficos en estupideces como yo. Y también me sorprende que repartan su cuota de estupidez con tanta generosidad. Que no se sorprendan.

¿Pero no se debieran caracterizar los periodistas por una mirada algo sútil en vez de valerse en sus entrevistas de tópicos? (ahora el tópico es, ya digo, lo de egosurfing; de repente somos toda una generación de "egosurfings", y si no la somos, pues da igual, que decir en el periódico que los treinteañeros son "egosurfings" queda de lo más espontáneo -otro término sería pedante-)

Pero sobre todo me preocupa lo de la escritora. Reconozco que debe de ser difícil contestar a una pregunta así, pero la respuesta no tiene desperdicio. ¿A nadie más que a mí le llena de irritación que un escritora, profesión a la que se supone una profunda sensibilidad y conocimiento de la psicología y sociedad, describa a todos los treinteañeros como muy infantiles y orgullosos. ¿Ha realizado algún tipo de estudio sociológico? ¿ha preguntado a varios amigos y de ahí ha sacado la conclusión? ¿La ha sacado de los Gran Hermanos y las Operaciones Triunfos? A mí, (y a un par de amigos a los que he preguntado) desde luego, no me ha preguntado y, si me lo permite, la entrevista, le diré que ni soy infantil, ni estoy orgulloso. No me siento orgulloso ni de ella ni de mí mismo. Más bien lo contrario.

Mal vamos si los escritores premiados en nuestro país, lejos de destruir los tópicos y los prejuicios, enemigos mortales de la literatura, se sirven de ellos.  Entonces sí que nos quedamos sin literatura. O, peor, nos quedamos con un sucedáneo que se hace "pasar por". Lo dicho. Que estupideces decimos todos pero, por favor, seamos menos generosos. Quedémos con un poco de estupidez en casa. Ahorremos algo papel.

El amor según Constantino Bértolo

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No hay nada que le guste más a un enfermo que hablar de su enfermedad con otro enfermo. Si la enfermedad es la misma, la empatía que ambos sienten se parece al amor; las almas enfermas se sienten almas gemelas y el amor es mutuo.

(La cena de los notables; Constantino Bértolo; Ed. Periférica; 2008)

Reflexiones al calor de un agujero

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Los agujeros son mamíferos a los que les cuesta separarse. Hay que ver. La cantidad de agujeros que tenemos alrededor. Todos los seres con una existencia difícil tienen agujeros. Las lavadoras. Los neumáticos. Los huracanes. Todos estos seres no pueden vivir sin su correspondiente agujero. Hasta los culos tienen agujero. ¿Y qué coño es un agujero? Pues eso: un agujero. Nada. Ni una cosa ni otra.  Hay que joderse. Lo leales que son los agujeros. 

Libro de viajes

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Mucho más al sur, en la ruidosa ciudad de Ehtabia, tuve ocasión de comprobar lo charlatanes que resultan sus vecinos. Cualquier momento lo creen propicio para reflexionar en voz alta. No hay ciudadano que no tenga a mano un discurso. A menudo un grupo de amigos se reúne en un gran salón y allí se dedican a charlar. Mueven la cabeza porque rara vez escuchan del otro algo que les agrade pero sorprende la tenacidad con la que siguen escuchándose después de tantos años. Un viajero descuidado diría que no ha conocido ciudad más pacífica y dialogante que Ehtabia pero tras una breve estancia se da uno cuenta de lo mal que, en realidad, funciona todo. Es como si hubiese, en verdad, una gran anarquía. El parlamento es un sitio especialmente detestable. En todos estos años, con tanto discurso, no se ha logrado aprobar una sola ley. Claro que parece que nadie echa de menos las leyes. Un hombre en los suburbios me explicó en voz baja: hablar es nuestra manera de mantener el desorden. Pero otro que transportaba un carro con plantas lo desmintió. He vuelto a viajar a esta ciudad hasta en cuatro ocasiones y siempre tengo la impresión de vivir dentro de un teatro.

El académico según Cocteau

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El académico es un señor que al morir se convierte en sillón.

El tiempo propio

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Hay numerosos tabúes en el sistema familiar (...). Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propiedad soledad en el mundo. Al parecer no hay muchas madres dispuestas a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos. Se da siempre la necesidad de impedir la triste desesperación del otro, pero en beneficio propio, no del afectado. Ello lleva a una violación de la temporalización, es decir, de la elaboración personal del tiempo, como distinto del simple registro del tiempo del otro, de manera que el sistema necesidad-tiempo de la madre (que es el intermediario más o menos pasivo del sistema necesidad-tiempo de la sociedad global) se impone sobre el niño. Pero éste posiblemente necesite la experiencia en su tiempo o en el de ella, de la frustración, de la desesperación y, por último, de una experiencia de la depresión en toda su plenitud. Según mi experiencia, son muy raros los casos de respeto por el tiempo del otro o por el tiempo que éste necesita tomarse en su relación consigo mismo.

(David Cooper; La muerte de la familia; Ed. Ariel; 1976)

Facebook: eres cruel

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Si se te cuela entre ceja y ceja la idea de desapuntarte del Facebook, y tecleas -tras mucha indecisión y padecimiento- sobre una casilla que dice "desactivar tu cuenta", y confirmas varias veces que sí, coño, que sí, y explicas -porque te obligan a explicarte para pasar a la pantalla siguiente- los motivos de la decisión, y contestas que te "desactivas" simplemente 1) porque te da la gana, 2) porque no te gusta esa orgía publicitaria y onanística donde la gente cuelga libremente fotos suyas y tuyas para que las vea una multitud voyeaur desconocida, 3) porque no entiendes bien la necesidad de la gente de escribir como públicos ciertos comentarios privados  -Ay, Anita, qué guapa estabas este viernes, ¿nos vemos mañana?- o de estar permanentemente contando  qué se hace y qué se te pasa por la cabeza -normalmente no somos nada interesantes-, 4) porque se te han llenado los contactos de antiguos amigos que era mejor que se quedasen en antiguos y 5) -sobre todo- por la sospecha de que un número creciente de gente confunde luchar y manifestarse por algo con escribir una puta frase en el facebook -"ayudemos a Haiti", "no más violencia de género" "no a las minas antipersonales"- cada vez que hay una desgracia en el mundo -que queda muy bien, vale, te hace cool y de colorines y super progre y solidario pero que por lo general es facilona y está destinada a dejar la conciencia tranquila cuando no se ha hecho nada de nada-, si haces todo eso, decía, en la pantalla final Facebook te cuelga una foto de tu novia, de tu hermano y de algún amigo diciendo que te echarán de menos. Ay, facebook, pero qué cruel eres.

Felicidad: qué bonito nombre tienes.

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Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. (Freud)

El jaguar

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Le regalaron un jaguar. A mi padre. Recuerdo que la noche anterior, de la emoción, ni siquiera pudo dormir. Estuvo toda la noche limpiando la cochera. Se frotaba las manos sólo de imaginar allí dentro al jaguar. A la mañana siguiente lo encontramos con su traje de los domingos. Estaba en la puerta de casa. Esperando. Nos dio tanta lástima cuando vimos llegar por fin al jaguar. Por no tener, aquél animalito no tenía ni dientes.

Diles que no me maten (de Juan Rulfo)

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Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

Con el hocico torcido

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Gogol: "No culpes al espejo si tienes el hocico torcido".
Vaya. Pues apañados estamos.
(Manifesto mi profundo hastío: ahora me toca mirar dentro)

Mrs Caldwell habla con su hijo (de Cela)

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Este texto, para Ina. Que seguro que le encanta:

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.

-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.

Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.

Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.

(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)

Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

Más Proust

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Escribió Henry Miller en un apasionado estudio sobre Rimbaud titulado El tiempo de los asesinos que hay “hombres que parecen obligarnos a modificar nuestros métodos de percepción”. A mí me ocurre algo parecido con esa luminosa exploración del interior humano, corriente de música y perfume, que es En busca del tiempo perdido.

“Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Lo dijo el propio Marcel Proust. Y creo que está en lo cierto. Como también lo está, nuevamente, Miller: “un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento”. Un artista debe transparentarse. Sí. Debe constituirse en instrumento del lenguaje. Porque las palabras tienen alma además de sentido. Lo escribió Maupassant con motivo de la muerte de su íntimo amigo Flaubert. Cito de memoria: las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, y algunos escritores, tan sólo le piden un sentido.

La voz de Proust. Yo una vez soñé con esa voz. Fue el verano pasado. Había empezado a leer por segunda vez Por el camino de Swann, llevaba todo el fin de semana echado en el silencio del sofá. Creo que soñé con la escena de los campanarios pero de eso ya no estoy seguro. Antes no tenía la sana costumbre de escribir mis sueños. Y ahora deseo creer que soñé realmente que yo era su voz. Que no era nada más que pura voz ardiendo en un espacio vacío.

Se sueña con la voz de un autor porque, como Umbral decía en Mortal y Rosa, por la mañana, al despertar, le duele a uno el ojo derecho. Y es que “la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Es cierto. La voz de Proust tarda en pasar al cerebro. Es una voz que se queda en la mirada. Uno lee a Proust y antes de asimilarlo, necesariamente lo lleva cuajado en el ojo una larga temporada. Yo todavía miro a mi alrededor, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, con esa pasión exploradora, con esa música y perfume que atraviesa En busca del tiempo perdido, tratando de desvelar en todos ellos a la feroz Madame Verdurin, al estúpido doctor Cottard o al querido Swann.

Motines en la ciudad de H.

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Ésta es una ciudad de pequeñas locuras. Llueve hacia arriba. Vuelve a llover hacia arriba. Todos los festivos se manifiestan las partículas, hartas como están de la vida subterránea y de que no haya costumbre de llover hacia arriba. Beben aguardiente, danzan en la acera y después saltan y resaltan con la ayuda de trampolines de gomaespuma. Allí, en las nubes, se quedan unas horas. Hasta que el cielo deja de oler a bicicleta. Y cuando es hora de agotarse, dejan caer los toboganes y entonan himnos fúnebres y en  ese momento a todos nos parece que ésta sigue siendo una ciudad de pequeñas locuras pero vuelta a su reverso, porque por fin llueve hacia abajo. Vuelve a llover hacia abajo.

24/03/08 

Tempestades de acero (Ernst Jünger)

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"Por fin me había alcanzado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida (...). Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase".

(Ernst Jünguer; Tempestades de acero; Tusquets editores; trad. de Andrés Sánchez Pascual)

Nocturnos

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Llevaba años frente a una puerta. Yo deseaba cruzarla pero estaba prohibido. Eso pensaba. Un día descubría que era tan sólo mi deseo de entrar lo que me asustaba de ella.

Nuestros dolores

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<<¿Ha observado usted cuánto amamos nuestros dolores? Usted se aferra a sus ideas religiosas y yo a mi quimera de estilo que me desgasta cuerpo y alma. Quizá sólo valgamos algo por nuestros sufrimientos, puesto que todos ellos son aspiraciones.

(Extracto de  una carta de Flaubert a Leroyer de Chantepie ; 4 de noviembre de 1857; Querida Maestra - Escritoras en la correspondenci a de Gustave Flaubert; Ed. El Olivo Azul; Nov. 2009)

¡El pez, el pez!

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