El amor según Constantino Bértolo

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No hay nada que le guste más a un enfermo que hablar de su enfermedad con otro enfermo. Si la enfermedad es la misma, la empatía que ambos sienten se parece al amor; las almas enfermas se sienten almas gemelas y el amor es mutuo.

(La cena de los notables; Constantino Bértolo; Ed. Periférica; 2008)

Reflexiones al calor de un agujero

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Los agujeros son mamíferos a los que les cuesta separarse. Hay que ver. La cantidad de agujeros que tenemos alrededor. Todos los seres con una existencia difícil tienen agujeros. Las lavadoras. Los neumáticos. Los huracanes. Todos estos seres no pueden vivir sin su correspondiente agujero. Hasta los culos tienen agujero. ¿Y qué coño es un agujero? Pues eso: un agujero. Nada. Ni una cosa ni otra.  Hay que joderse. Lo leales que son los agujeros. 

Libro de viajes

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Mucho más al sur, en la ruidosa ciudad de Ehtabia, tuve ocasión de comprobar lo charlatanes que resultan sus vecinos. Cualquier momento lo creen propicio para reflexionar en voz alta. No hay ciudadano que no tenga a mano un discurso. A menudo un grupo de amigos se reúne en un gran salón y allí se dedican a charlar. Mueven la cabeza porque rara vez escuchan del otro algo que les agrade pero sorprende la tenacidad con la que siguen escuchándose después de tantos años. Un viajero descuidado diría que no ha conocido ciudad más pacífica y dialogante que Ehtabia pero tras una breve estancia se da uno cuenta de lo mal que, en realidad, funciona todo. Es como si hubiese, en verdad, una gran anarquía. El parlamento es un sitio especialmente detestable. En todos estos años, con tanto discurso, no se ha logrado aprobar una sola ley. Claro que parece que nadie echa de menos las leyes. Un hombre en los suburbios me explicó en voz baja: hablar es nuestra manera de mantener el desorden. Pero otro que transportaba un carro con plantas lo desmintió. He vuelto a viajar a esta ciudad hasta en cuatro ocasiones y siempre tengo la impresión de vivir dentro de un teatro.

El académico según Cocteau

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El académico es un señor que al morir se convierte en sillón.

El tiempo propio

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Hay numerosos tabúes en el sistema familiar (...). Uno de ellos es la prohibición implícita de experimentar la propiedad soledad en el mundo. Al parecer no hay muchas madres dispuestas a dejar de estar con sus hijos el tiempo necesario para que desarrollen la capacidad de estar solos. Se da siempre la necesidad de impedir la triste desesperación del otro, pero en beneficio propio, no del afectado. Ello lleva a una violación de la temporalización, es decir, de la elaboración personal del tiempo, como distinto del simple registro del tiempo del otro, de manera que el sistema necesidad-tiempo de la madre (que es el intermediario más o menos pasivo del sistema necesidad-tiempo de la sociedad global) se impone sobre el niño. Pero éste posiblemente necesite la experiencia en su tiempo o en el de ella, de la frustración, de la desesperación y, por último, de una experiencia de la depresión en toda su plenitud. Según mi experiencia, son muy raros los casos de respeto por el tiempo del otro o por el tiempo que éste necesita tomarse en su relación consigo mismo.

(David Cooper; La muerte de la familia; Ed. Ariel; 1976)

Facebook: eres cruel

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Si se te cuela entre ceja y ceja la idea de desapuntarte del Facebook, y tecleas -tras mucha indecisión y padecimiento- sobre una casilla que dice "desactivar tu cuenta", y confirmas varias veces que sí, coño, que sí, y explicas -porque te obligan a explicarte para pasar a la pantalla siguiente- los motivos de la decisión, y contestas que te "desactivas" simplemente 1) porque te da la gana, 2) porque no te gusta esa orgía publicitaria y onanística donde la gente cuelga libremente fotos suyas y tuyas para que las vea una multitud voyeaur desconocida, 3) porque no entiendes bien la necesidad de la gente de escribir como públicos ciertos comentarios privados  -Ay, Anita, qué guapa estabas este viernes, ¿nos vemos mañana?- o de estar permanentemente contando  qué se hace y qué se te pasa por la cabeza -normalmente no somos nada interesantes-, 4) porque se te han llenado los contactos de antiguos amigos que era mejor que se quedasen en antiguos y 5) -sobre todo- por la sospecha de que un número creciente de gente confunde luchar y manifestarse por algo con escribir una puta frase en el facebook -"ayudemos a Haiti", "no más violencia de género" "no a las minas antipersonales"- cada vez que hay una desgracia en el mundo -que queda muy bien, vale, te hace cool y de colorines y super progre y solidario pero que por lo general es facilona y está destinada a dejar la conciencia tranquila cuando no se ha hecho nada de nada-, si haces todo eso, decía, en la pantalla final Facebook te cuelga una foto de tu novia, de tu hermano y de algún amigo diciendo que te echarán de menos. Ay, facebook, pero qué cruel eres.

Felicidad: qué bonito nombre tienes.

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Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. (Freud)

El jaguar

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Le regalaron un jaguar. A mi padre. Recuerdo que la noche anterior, de la emoción, ni siquiera pudo dormir. Estuvo toda la noche limpiando la cochera. Se frotaba las manos sólo de imaginar allí dentro al jaguar. A la mañana siguiente lo encontramos con su traje de los domingos. Estaba en la puerta de casa. Esperando. Nos dio tanta lástima cuando vimos llegar por fin al jaguar. Por no tener, aquél animalito no tenía ni dientes.

Diles que no me maten (de Juan Rulfo)

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Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

Con el hocico torcido

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Gogol: "No culpes al espejo si tienes el hocico torcido".
Vaya. Pues apañados estamos.
(Manifesto mi profundo hastío: ahora me toca mirar dentro)

Mrs Caldwell habla con su hijo (de Cela)

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Este texto, para Ina. Que seguro que le encanta:

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el ahogado. Tú fuiste quien me lo dijo. El agua era mudada cada domingo por la noche y el ahogado, un muchacho de provincias que vivía modestamente de dar clases de solfeo, estaba allí, según todos los síntomas, desde el lunes por la mañana. El viernes por la tarde el agua sabe a cloro y tiene un color agrisado, como de leche sucia.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, nadan torpemente, tragando agua, escupiendo agua. En otro tiempo, ¡cómo pasa el tiempo!, había abusos, muchos abusos, tú fuiste quien me lo dijo. Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban, de vez en cuando, y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas. Tú me lo explicabas muy bien, nadando por la habitación como una gorda señora sin encantos. ¡Qué risa daba verte! La empresa, entonces, mandó echar en el agua unos polvitos misteriosos, unos polvitos que inventó un químico alemán, y cuando las gruesas, las remendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, se paraban y sonreían pasmadamente, con un gesto cuya interpretación no ofrecía dudas, los polvitos misteriosos entraban en acción y alrededor de las señoras se formaba una aureola de color encarnado.

-Fue necesario tomar esa medida herorica y vergonzosa -fueron tus palabras, rebosantes de caridad como un limón.

Las gruesas, las tremendas, las monstruosas señoras de la piscina, todas madres, llevaban ya cinco días nadando sobre el joven profesor de solfeo, el joven que había puesto todas sus ilusiones en la conquista de la ciudad.

Vaya. Ahora, con eso de los polvitos misteriosos, sucedía que, a veces, una señora salía del agua y se iba, con el bañador pegado y chorreando, hacia los vestuarios. Algunas se vestían y se marchaban, a disponer sus hogares. Otras, no; otras volvían a echarse a nadar sobre el ahogado, sobre el joven profesor de solfeo que, como nadie cuidó de cerrarle los ojos, parecería, a buen seguro, un joven besugo muerto.

Tú, hijo mío, siempre me has parecido más bien un pájaro, un pájaro encantador.

(En la piscina; Fragmento nº 13 de "Mrs. Caldwell habla con su hijo; Camilo José Cela; 1985; Salvat Editores)

Helena o el mar del verano (de Julián Ayesta)

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Era por la mañana. Íbamos en carro y el carro olía a hierba seca y a manzanas maduras.
    La burra se llamaba “Manolina” y era gris. Gris.
    Íbamos a la estación a buscar a los primeros que llegaban de Madrid a veranear.
    El jardinero, que es el dueño del carro, se llamaba Manuel el Jardinero y era jardinero y arreglaba el jardín para que no salieran boliche y hierba entre las flores.
    Manuel el Jardinero huele a vino y nos daba un vaso cuando íbamos a su casa mientras cenaba y levantaba el vaso mirándolo al trasluz para decir muy serio: “Sangre de Cristo”, y dejaba la marca de los dedos en el vaso y arreaba a la burra con la una vara de avellano muy brillante.
    Unos prados están llenos de rocío y otros ya llenos de sol y de amapolas.
    Olía a fresas de mayo y a sol azul.
    Pasaba don Robustiano en bicicleta chirriándole los pedales, y va siempre en bicicleta a la oficina porque es republicano y espiritista y no está casado por la Iglesia y tiene un pelo gris siempre despeinado como San Juan y parece el fakir Flormax que adivina el Pensamiento.
Cuando nos adelanta el gritamos: “Robustiano, mal cristiano, tienes la cara de ano”, y nos santiguamos y cantamos la Marcha Real.
    En casa nos dicen que le digamos “tienes la cara de enano” en vez de “tienes la cara de ano”, pero aunque “enano” pega también con Robustiano es más divertido decir “ano”, que quiere decir culo.

(Helena o el mar del verano; Julián Ayesta; 1952; Ed. Planeta)

Más Proust

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Escribió Henry Miller en un apasionado estudio sobre Rimbaud titulado El tiempo de los asesinos que hay “hombres que parecen obligarnos a modificar nuestros métodos de percepción”. A mí me ocurre algo parecido con esa luminosa exploración del interior humano, corriente de música y perfume, que es En busca del tiempo perdido.

“Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Lo dijo el propio Marcel Proust. Y creo que está en lo cierto. Como también lo está, nuevamente, Miller: “un artista adquiere el derecho de llamarse creador sólo cuando admite que no es sino un instrumento”. Un artista debe transparentarse. Sí. Debe constituirse en instrumento del lenguaje. Porque las palabras tienen alma además de sentido. Lo escribió Maupassant con motivo de la muerte de su íntimo amigo Flaubert. Cito de memoria: las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, y algunos escritores, tan sólo le piden un sentido.

La voz de Proust. Yo una vez soñé con esa voz. Fue el verano pasado. Había empezado a leer por segunda vez Por el camino de Swann, llevaba todo el fin de semana echado en el silencio del sofá. Creo que soñé con la escena de los campanarios pero de eso ya no estoy seguro. Antes no tenía la sana costumbre de escribir mis sueños. Y ahora deseo creer que soñé realmente que yo era su voz. Que no era nada más que pura voz ardiendo en un espacio vacío.

Se sueña con la voz de un autor porque, como Umbral decía en Mortal y Rosa, por la mañana, al despertar, le duele a uno el ojo derecho. Y es que “la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada se me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino". Es cierto. La voz de Proust tarda en pasar al cerebro. Es una voz que se queda en la mirada. Uno lee a Proust y antes de asimilarlo, necesariamente lo lleva cuajado en el ojo una larga temporada. Yo todavía miro a mi alrededor, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, con esa pasión exploradora, con esa música y perfume que atraviesa En busca del tiempo perdido, tratando de desvelar en todos ellos a la feroz Madame Verdurin, al estúpido doctor Cottard o al querido Swann.

Motines en la ciudad de H.

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Ésta es una ciudad de pequeñas locuras. Llueve hacia arriba. Vuelve a llover hacia arriba. Todos los festivos se manifiestan las partículas, hartas como están de la vida subterránea y de que no haya costumbre de llover hacia arriba. Beben aguardiente, danzan en la acera y después saltan y resaltan con la ayuda de trampolines de gomaespuma. Allí, en las nubes, se quedan unas horas. Hasta que el cielo deja de oler a bicicleta. Y cuando es hora de agotarse, dejan caer los toboganes y entonan himnos fúnebres y en  ese momento a todos nos parece que ésta sigue siendo una ciudad de pequeñas locuras pero vuelta a su reverso, porque por fin llueve hacia abajo. Vuelve a llover hacia abajo.

24/03/08 

Tempestades de acero (Ernst Jünger)

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"Por fin me había alcanzado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida (...). Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase".

(Ernst Jünguer; Tempestades de acero; Tusquets editores; trad. de Andrés Sánchez Pascual)

Nocturnos

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Llevaba años frente a una puerta. Yo deseaba cruzarla pero estaba prohibido. Eso pensaba. Un día descubría que era tan sólo mi deseo de entrar lo que me asustaba de ella.

Nuestros dolores

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<<¿Ha observado usted cuánto amamos nuestros dolores? Usted se aferra a sus ideas religiosas y yo a mi quimera de estilo que me desgasta cuerpo y alma. Quizá sólo valgamos algo por nuestros sufrimientos, puesto que todos ellos son aspiraciones.

(Extracto de  una carta de Flaubert a Leroyer de Chantepie ; 4 de noviembre de 1857; Querida Maestra - Escritoras en la correspondenci a de Gustave Flaubert; Ed. El Olivo Azul; Nov. 2009)

Felisberto Hernández a la luz de Chéjov

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Chéjov escribió en una carta del 10 de mayo de 1886:

"En mi opinión, las descripciones de la naturaleza deben ser muy breves y tener carácter intencionado. Hay que huir de los lugares comunes del tipo: "El sol poniente, bañándose en las olas del mar que oscurecía, inundaba todo de oro bermejo", etc.; "las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, chillaban alegremente". En las descripciones de la naturaleza hay que recurrir a los pequeños detalles, agrupándolos de manera que después de leerlos, cuando cierres los ojos, surja un cuadro. Por ejemplo, tendrás una noche de luna si escribes que en la presa de un molino brillaba como una estrella un trozo de vidrio de una botella rota y rodaba como un globo la sombra negra de un perro o de un lobo, etc. La naturaleza se animará si no desdeñas usar comparaciones de sus fenómenos con las acciones humanas, etc".
Y hoy, justamente, andaba yo con Felisberto Hernández, cuando me he dado cuenta de que ese texto de Chéjov es la razón por la que la escritura de Felisberto me gusta tanto y me parece tan sensorial y tan plástica.

En el cuento de "El caballo perdido", Felisberto no se empeña en describir lo "oscura" que está la noche -como haría la inmensa mayoría de escritores mediocres- sino que habla de lo "blancas" que están las camisas de los vecinos a los que ve tomar el fresco:

"Cuando llegué a casa todavía se veían bajo los árboles torcidos y sin podar, las camisas blancas de vecinos que tomaban el fresco. Después de acostado y apagada la luz, daba gusto quejarse y ser pesimista, estirando lentamente el cuerpo entre sábanas más blancas que las camisas de los vecinos".
E,  igualmente, pienso que en ese texto de Chéjov se encuentra también la razón por la que los objetos en los cuentos de Felisberto cobran una vida extraña y enigmática -una vida que seguramente se acerque más a la verdadera vida-. Felisberto nos describe las cosas como si fuera la primera vez que las miramos, por eso siempre he pensado que su escritura tiene algo de infantil, de música infantil, todo lo cual me trae a la memoria a los formalistas rusos:

"La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el del extrañamiento de los objetos (...) El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado" (Víktor Shklovki)
Y por eso, Felisberto, en vez de describir aburridamente a un árboles que están están plantados en torno a los alcorques, describe a los árboles como esos seres que salen, perseguidos por unas cuantas losas, y que calculan hasta dónde van a subir para saber cuánto peso podrán aguantar:

"Antes de llegar a la casa de Celina había tenido que doblar, todavía, por una calle más bien silenciosa. Y ya venía pensando en cruzar la calle hacia unos grandes árboles. Casi siempre interrumpía bruscamente eeste pensmaiento para ver si venía algún vehículo. En seguida miraba las copas de los árboles sabiendo, antes de entrar en su sombra, cómo eran sus troncos, cómo salían de unos grandes cuadrados de tierra a los que tímidamente se acercaban algunas losas. Al empezar, los troncos eran muy gruesos, ellos ya habrían calculado hasta dónde iban a subir y el peso que tendrían que aguantar, pues las copas estaban cargadísimas de hojas oscuras y grandes flores blancas que llenaban todo de un olor muy fuerte porque eran magnolias".

Fin. ¿Me puse muy pedante?

Referencias:
1. Antón Chéjov: Consejos a un escritor; ed. Fuentetaja.
2. Felisberto Hernández: Cuentos reunidos; ed. Eterna Cadencia.
3. VVAA: Teorías literarias del siglo XX; Ed. Akal

Grandes principios

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Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

Mortal y Rosa (Francisco Umbral)

Las lámparas de Flaubert

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El domingo compré en La Futigitiva, nueva librería-café en Madrid que recomiendo encarecidamente, Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert (ediciones Periférica). Es un libro que me apetecía leer desde que lo vi en el escaparte. De hecho, es un libro que ya había comprado meses atrás (en otra librería estupenda, Tres Rosas Amarillas, especializada en relato) pero que, por cuestiones del destino (me encontré en un cumpleaños con las manos vacías), tuve que regalar esa misma tarde. .

Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert es un pequeño tratado que reúne dos textos de Guy de Maupassant sobre su maestro. Ninnguno de los dos autores era partidario de la crítica biográfica tan de moda  entonces (recordemos que fueron coetáneos del reconocido crítico literario Saint Beuve, cuyo método de análisis literario consistía en el estudio de la vida de su autor) así que el libro nos desvela apenas un par de episodios de la vida íntima de Flaubert. Episodios, algunos, emocionantes. Como aquél en el que Flaubert conoce a Maupassant, sobrino de un viejo amigo suyo, muerto hace años. Maupassant llama a la puerta de la casa que Flaubert tiene en París y Flaubert al reconocer el extraordinario parecido que une al sobrino con su viejo amigo, se emociona y le pide que le abrace. O aquél otro episodio en que, viejo ya, Flaubert le pide a Maupassant ayuda. Maupassant viaja hasta la casa cerca de Rouen donde Flaubert vivía y allí ve cómo su maestro, después de echar un trago, se pone a quemar aquella parte de su correspondencia que no ha clasificado. Siéntate en el sillón y ponte a leer, le dice Flaubert a Maupassant. Y Maupassant pasa las horas en ese sillón y de vez en cuando escucha largos suspiros y advierte que entre la correspondencia más antigüa de Flaubert hay una cajita con una zapato de mujer y una flor dentro.

Pero episodios aparte, a mí me ha gustado el libro porque refleja perfectamente la pasión que atravesaba la vida de Flaubert. Maupassant describe a Flaubert como un tipo alegre y esencialmente bueno que sentía un amor desbordante y absoluto por las letras. Dice Maupassant: "Las palabras tienen alma. La mayoría de los lectores, e incluso de los escritores, le piden tan sólo un sentido". No era, desde luego, el caso de su maestro. Flaubert era de los que pedían alma a las palabras. Le apasionaba la búsqueda del ritmo y la sonoridad exacta de cada frase. Decía: "una frase es viable cuando se adecúa a todas las necesidades de la respiración. Sé que es buena cuando la he leído en voz alta (...) Las frases mal escritas no resisten esa prueba, oprimen el pecho, interfieren con los latidos del corazón y se encuentran de ese modo fuera de las condiciones de vida".

El libro cuenta también con una especie de borrador del diccionario de estupideces que Flaubert se encontraba elaborando (que yo sepa, tan sólo vio la luz el diccionario de tópicos, al cual echo un vistazo cuando ando necesitado de un poco de mala leche e ironía).  A Flaubert, lo dice Maupassant, le afecta profundamente la estupidez humana. Pero lo más bello -la verdadera causa por la que escribo esta entrada- para mí ha sido algo tan anecdótico como descubrir que Flaubert se quedaba escribiendo hasta altas horas de la madrugada, gracias a las dos pequeñas lámparas que había en su despacho,  y que los marineros que navegaban por el Sena utilizaban las ventanas iluminadas de su despacho como faro en la noche.

Como un faro en la noche.


¡El pez, el pez!

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